
Hasta ahora, parecía bastante claro que nuestro desempeño sexual dependía de nosotros mismos, de la educación recibida y de las experiencias vividas. Se era una máquina sexual o se era una estrecha, tal vez por haber estudiado en un colegio de monjas. Se era un picha brava, porque se había salido al abuelo, o se era un huevón. Sin embargo, el adjetivo bio-psico-social, que acompaña siempre a la dimensión sexual humana, hace tiempo que empieza a invertir estos términos. ¿Y si lo social tiene tanta importancia como lo bio?

