Hay un tipo de foto que desarma incluso al más fotogénico: la foto de carnet. Ese retrato de unos 32×26 milímetros sin artificios iguala a todos, anónimos y famosos, ricos y pobres, guapos y feos. Todo el mundo necesita una en algún momento y se somete al mismo ritual de sentarse erguido frente al flash con un semblante tan neutro como el fondo de detrás. Hay quien sale bien parado y quien no se siente representado, pero en el caso de las celebridades sucede un fenómeno extraño. Acostumbrados a verlas siempre deslumbrantes y producidas, tener acceso a este pedacito de su intimidad es como conocerlas en su esencia más pura, más honesta, más real. “Hemos fotografiado a más de 800 famosos y ninguno vino acompañado de asistentes, maquilladores ni gente de relaciones públicas diciendo: ‘Haz esto, haz lo otro’. Simplemente, eran ellos mismos”, comenta por videollamada Philip Sharkey (Londres, 60 años), último dueño de Passport Photo Service, el estudio fotográfico londinense más frecuentado por las estrellas.
Este modesto negocio familiar que puso en marcha su padre, el exboxeador David Sharkey, abrió sus puertas en la concurrida Oxford Street en 1953. Philip nació a un minuto a pie del estudio y empezó a trabajar en él en 1973, a los 16 años, así que sus recuerdos en la tienda son los recuerdos de toda una vida. “Cuando mi hermano y yo éramos pequeños nos llevaban al estudio durante las vacaciones escolares. Un día estaba allí Jean Paul Getty haciéndose todas las fotos posibles y mi padre me dijo: ‘Este es el hombre más rico del mundo’. Yo tenía como ocho años y le dije: ‘¿Y por qué no sonríe? Parece muy serio’. Cuando terminó de hacer las fotos, mi padre me animó a atenderle por si me daba una propinilla, pero Paul Getty pidió el mínimo de tres fotos y ya tenía el dinero exacto preparado para pagarme. Supongo que así es como se llega a ser el hombre más rico del mundo”, cuenta entre risas.
Sharkey ha recogido esta y otras muchas anécdotas relacionadas con las celebridades que visitaron el estudio en Passport Photo Service: An Unexpected Archive of Celebrity Portraits (Phaidon), un libro que se publica este lunes 4 de mayo y que funciona como archivo de los cientos de rostros conocidos que inmortalizó su familia entre 1953 y 2019, cuando el negocio bajó la persiana definitivamente. De unos jóvenes Iggy Pop, Kate Winslet, Muhammad Ali, Daniel Day-Lewis o Mick Jagger a unos no tan jóvenes Tom Jones, Ava Gardner, Sting o Valentino, las caras de más de 300 actores, cantantes, directores y deportistas van conformando este recorrido visual inédito.

“Una de las claves para recibir a tantas celebridades era que estábamos muy cerca de la embajada estadounidense, la canadiense y la japonesa”, explica Sharkey. Otra, según narra en las páginas de su libro, es que el estudio presumía de poder tener el resultado listo en 10 minutos en una época en la que el revelado instantáneo era todavía una utopía: “Así es como encontramos nuestro nicho”.

El fotógrafo menciona como especialmente impaciente al actor Donald Sutherland: “Tenía mucha prisa porque la embajada cerraba a las 12 y eran las 11.30 y tenía que volver enseguida para renovar el pasaporte. Le dije: ‘¿Quieres quitarte el abrigo?’. Él respondió: ‘No, no tengo tiempo’. Se levantó el cuello de la camisa y quedó una foto fantástica”. La prueba está en la página 116, donde la mirada penetrante del intérprete de Klute y Los juegos del hambre, inmortalizada el 2 de mayo de 1977 —a sus 41 años—, atraviesa al lector. “Algunos venían con prisa, otros eran un poco más altivos y sabías que no debías hablarles demasiado porque acababan de recorrer Oxford Street para venir a vernos, así que, probablemente, los habían molestado durante todo el camino. Pero, en general, eran encantadores”, reconoce Sharkey.

Tiene todo tipo de historias. La de Christopher Reeve entrando en el estudio en la cima de su fama después de Superman para hacer fotos de carnet a sus dos hijos. “Teníamos fotos de famosos expuestas en la pared y sus hijos dijeron: ‘Mira, ahí están Arnold Schwarzenegger y Donald Sutherland, tú deberías estar’. Él dijo: ‘Ah, vale’ y se sentó y le hice una foto preciosa”, cuenta. El resultado es un sonriente Reeve marcando hoyuelos un 25 de junio de 1988, siete años antes del accidente ecuestre en el que se seccionó la médula espinal. Completamente distinta fue la reacción de Rod Stewart cuando acompañó a una mujer al estudio. “Vino con una chica, no sé si era su mujer o su novia. La fotografié a ella y le dije a él: ‘¿Te puedo hacer una foto?’. Y Rod me dijo: ‘No, hoy no la necesito”, rememora el autor de la recopilación.

Las fotos para el pasaporte suponían entre el 70 y el 80% del negocio, según cuenta. Algunas celebridades confiaban tanto en ellos que acudieron al estudio en repetidas ocasiones, lo que permite ver el paso del tiempo a través de sus retratos. Es el caso de Sean Connery, que en el libro aparece fotografiado en 1977 —año en el que formó parte de Un puente lejano, a los 47 años, con bigote y mirada atenta— y en 1989 —cuando participó en Indiana Jones y la última cruzada, cumplidos los 59, con barba canosa y gesto mucho más relajado—. Joan Collins aparece hasta en tres etapas distintas de su vida: primero en 1971 (a los 38 años), con melena larga y lisa; la segunda es en 1979 (46 años), con la melena rizada por encima de los hombros; y la tercera en 1988 (55 años), con un cardado característico de la época. “Es interesante ver las tendencias de moda”, destaca Sharkey. “Verás que en los años cincuenta y sesenta todos los hombres llevan corbata y luego todo se vuelve mucho más informal. Verás a Pattie Boyd, que estuvo casada con George Harrison y Eric Clapton, vestida como una auténtica hippie. Está maravillosa”, ejemplifica.

Trabajar en el estudio de fotografía le ha permitido a Sharkey conocer a todo tipo de famosos —aunque se le han quedado espinitas pendientes, como Frank Sinatra o Elvis—. Con algunos, como con el comediante y actor Stephen Fry, que ha sido el encargado de escribir el prólogo del libro, hasta ha surgido cierta amistad. “Es cliente desde hace muchos años, desde que era joven, y siempre viene, saluda, me presenta a su marido [Elliott Spencer] y es encantador”, asegura. También recuerda como un encuentro especial el que tuvo con George Michael en 2006: “Lo pasé de maravilla con él porque crecimos muy cerca el uno del otro, en el mismo pueblo. Yo solía repartir periódicos y cuando le conocí para fotografiarle, le dije: ‘Tengo que decírtelo, George, tu padre era genial, era tan generoso’. Porque daba muy buenas propinas. Recuerdo que una Navidad fui a llevarle el periódico y me dio un billete de cinco libras, que en los años setenta era mucho dinero”, rememora.

Cuando la familia de Philip Sharkey inició el negocio en 1953 —con su padre David y su tío Peter como fotógrafos, y su madre Ann como recepcionista—, no era habitual tener una cámara en casa. Sin embargo, con el paso de los años, la digitalización y la cultura del selfi hicieron desaparecer la necesidad de este estudio, que fue indispensable durante décadas. “La embajada de Estados Unidos, que era nuestro principal proveedor de clientes, se trasladó a kilómetros de distancia de nosotros. Además, por aquel entonces ya había llegado la era digital: la gente podía hacer fotos con sus teléfonos, así que supe que el fin estaba cerca. Cuando la gente ya se podía hacer sus propias fotos para el pasaporte, ya no me necesitaban”, lamenta el fotógrafo.
El estudio cerró en 2019, pero él sigue haciendo fotos. Tiene una agencia y está especializado en fotografiar espectáculos de boxeo —hobby que ha heredado de su padre—, imágenes que luego distribuye a través de la agencia Shutterstock. “Nunca se deja de hacer fotos, mientras conserve la vista, seguiré haciéndolas”, garantiza. Lo que no está garantizado es el relevo generacional que él mantuvo: “Cuando mi hijo y mi hija eran pequeños, solían venir los sábados a echarme una mano. Pero hoy ya no les gusta la fotografía, quieren otro tipo de trabajo. Me temo que es una habilidad que está desapareciendo”, opina.

La pantalla de la videollamada muestra a Sharkey siempre sonriente, con un fondo blanco, como de estudio, demostrando la naturalidad y la pericia de alguien que lleva toda la vida perfeccionando retratos. Dice que no le gusta demasiado su foto del pasaporte, pero comparte encantado unos simples consejos para salir lo mejor posible en estos casos. “Tienes que estar erguido y necesitas una buena iluminación”, va detallando mientras lo pone en práctica a través de la cámara del ordenador. “Siempre puedes colocarte un pequeño reflector debajo de la barbilla, quizás bastaría con un trozo de aluminio que te dé luz por abajo. Y relájate. No es tan difícil. Piensa en tus labios: no puedes sonreír, pero con una pequeña curva hacia arriba pareces más feliz. Simplemente, piensa en algo alegre”. Son consejos que ha estado décadas repitiendo a sus clientes, tanto a los que no están acostumbrados a los flashes como a los que sí.

