En el mundo jardinero, y con el paso de los años, el abanico de gustos de una persona se amplía a medida que se cultivan más y más plantas. Así le ocurrió a Jesús Hernández, cultivador madrileño, aunque informático de profesión: “Al principio no me gustaban los rosales, ni tampoco las especies que tenían flores muy grandes, prefería aquellas más sutiles y pequeñas, y descartaba los floripondios, me parecían excesivos”, puntualiza. Con el correr de los años, su terraza se fue transformando, al igual que sus preferencias. “Un día me regalaron un rosal sencillo, con flores de cinco pétalos, así que me empecé a interesar por ciertos rosales que tenían un aire más silvestre. Y lo mismo me ocurrió con el otro veto que tenía hacia las flores enormes una tarde que estaba navegando por internet, buscando viveros especializados. Cuando vi cómo uno de ellos comercializaba docenas de amarilis, caí enamorado y compré varios para mi jardín en macetas”, recuerda.
La planta a la que Hernández se refiere es una perteneciente al género Hippeastrum, plantas bulbosas con cultivares que generan enormes flores de hasta 20 centímetros de diámetro, bellezones que no dejan indiferente a nadie, ya sea para bien o para mal.
Históricamente, el nombre popular de amarilis ha generado confusión entre los aficionados a las plantas, ya que actualmente es el nombre científico de la belladona (Amaryllis belladonna), de la misma familia que estos Hippeastrum, que anteriormente también estaban clasificados como Amaryllis. Todas ellas se engloban dentro de las amarilidáceas, una familia vegetal repleta de hermosuras botánicas: narcisos (Narcissus spp.), ajos (Allium spp.), crinos (Crinum spp.), cirtantos (Cyrtanthus spp.), agapantos (Agapanthus spp.)… Todas estas monocotiledóneas salen del reino de la fantasía y del colorín, y cada cual es una obra de arte al servicio de los polinizadores y de los ojos humanos.
Aparte de amarilis, a Hippeastrum se le conoce con el apodo peyorativo de “suegra y nuera”, por aquello de que en sus robustas inflorescencias varias de sus flores miran en direcciones opuestas, como si divergieran por la dirección a tomar.

El origen de este género es americano, y su centenar de especies se encuentra desde Brasil hasta Argentina, desde Perú hasta Colombia. Los cultivares que se disfrutan en los jardines europeos son fruto de la hibridación, con patrones de color que normalmente giran entre los blancos, los rojizos y los rosados. A pesar de que su gama cromática pudiera parecer reducida, los diseños variados de sus enormes tépalos añaden una variabilidad que fascina a sus criadores. También se encuentran flores de tonos anaranjados y verdosos; este último color participa del ensueño de Hippeastrum papilio, una especie del sur de Brasil que parece pintada para la ocasión.
Una de las especies más reproducidas es Hippeastrum vittatum, con tépalos blancos y rojizos, si bien lo más frecuente es que se cultive alguno de los híbridos. Estos se reúnen en grupos, dependiendo de su morfología. El grupo más habitual es el Galaxy, con grandes flores de tépalos regulares y simétricos. Dos muy extendidos son ‘Red Lion’, de rojo vibrante, y ‘Apple Blossom’, blanco y encarnado; muy bellos. Una variante de este grupo es el Double Galaxy, con flores dobles con más tépalos, lo que la convierte en un engarce precioso. Los del grupo Spider (araña, en inglés) tienen unos tépalos estilizados, mientras que los Butterfly (mariposa) recuerdan ligeramente a las flores de algunas orquídeas.

Una de las características de estos Hippeastrum es su longevidad: es otra de las plantas que pasan de generación en generación, como les ocurre a las aspidistras (Aspidistra elatior) o a los ficus (Ficus spp.). Y, aunque su procedencia sea de regiones más cálidas, resiste sin despeinarse los inviernos fríos, en los que perderá todas sus hojas para encerrarse en su voluminoso bulbo. Para plantar esta gigantesca cebolla hay que mantener dos tercios de la misma sobre el sustrato o tierra; si se enterrara más de la cuenta, se corre el riesgo de que se pudra, al igual que ocurriría en un terreno que retenga agua en exceso.

Durante el invierno le beneficia que no se la riegue, más allá de esporádicamente o con lo que llueva, ya que esto beneficiará la formación posterior de flores cuando alarguen los días y suba la temperatura. Una vez que la planta esté activa, se regará a demanda, cuidando que el sustrato se seque solo ligerísimamente entre riegos. Entre abril y mayo es cuando formará sus inflorescencias, que mantendrán a la planta colorida durante mes y medio o incluso algo más.
Cuando no florece, habrá que buscar diversas causas muy frecuentes para esta vaguería: falta de sol directo —la principal causa—, un exceso de fertilizante muy nitrogenado… El abono para tomates le viene de perlas, por si se quiere probar a inducir una floración que no llega, aunque siempre es muy conveniente aplicar un par de abonados orgánicos en su etapa de crecimiento (entre marzo y septiembre), para que el bulbo tenga siempre una buena reserva de energía.

Estos amarilis son perfectos para cultivar en un macetón en la terraza, y no les preocupa que sus raíces se queden algo constreñidas, lo que favorece la emisión de flores. Y, aunque se venda también como planta de interior, es mejor cultivarla en el exterior, donde realmente se pondrá bonita. Su facilidad para florecer incluso si el bulbo se mantiene al aire, sin plantar, ha producido un desagradable comercio en el entorno de la Navidad, en el que sus bulbos se ven recubiertos de cera y de jerseicitos de lana, para dejar sobre la mesa del salón, y de los cuales emerge la flor, sin necesitar nada de agua. Esto produce que la planta monte en flor, pero después se queda exhausta, al haber invertido toda su vitalidad en florecer. Desde luego, es mejor comprar el bulbo sin esa parafernalia, plantarlo entre el otoño y el invierno y verlo gozar de la tierra cada año que pasa.
Como a lo largo del tiempo el bulbo principal producirá bulbillos laterales, estos se pueden separar cada cierto tiempo a finales del invierno para regalar y extender su belleza. Seguro que alguien más se acaba de enamorar de estos floripondios excelsos.

