Los caminos del Señor son inescrutables. Julio Sánchez Domínguez (Madrid, 55 años) lo sabe bien porque ha peregrinado por esos senderos. Hace 25 años, cuando estaba a punto de convertirse en sacerdote, tuvo una visión, una epifanía. “En mi mente empezaron a fraguarse imágenes de flores, flores y más flores”, recuerda. Estaba en el momento reflexivo previo a la ordenación diaconal, pero tenía dudas sobre su vocación. “Fue un momento de crisis existencial. No sabía qué quería hacer con mi vida, no terminaba de ver mi camino. Entonces las flores aparecieron en mi cabeza. Fue una revelación en toda regla”.
Sánchez escuchó la llamada y hoy tiene su propia floristería y empresa de eventos, Conde del Cerro, en el barrio madrileño de Chamberí. Vive rodeado de rosas, orquídeas, calas, lirios y gardenias, pero aclara que tuvo que atravesar un jardín lleno de espinas para llegar hasta aquí: “No fue fácil. Un miércoles abandoné el Seminario Conciliar de Madrid y al lunes siguiente estaba empezando un curso de arte floral en Mérida. En el medio ocurrieron cosas”.
Las autoridades del seminario intentaron convencerle para que volviera al rebaño. Le ofrecieron el cielo y la tierra: Roma, el Vaticano, lo que quisiera. “Así es la Iglesia: si recibes una oferta para irte, ellos te la mejoran para que te quedes”. No cayó en la tentación.
En su familia no hay un solo jardinero, botánico o florista. En sus tiempos de seminarista, lo más cercano que estuvo a las flores fue un rosario de pétalos de rosas y los lirios de la misa de Pascua. Por eso, está convencido de que estaba destinado a ser florista. “No tenía nada que ver con este mundo, así que creo que fue un designio. Nací el mismo día y en la misma clínica en la que Rocío Dúrcal dio a luz a su hija Carmen. Llegué al mundo en una maternidad que ya no existe, en una planta llena de flores que no eran para mí”.
Tras renunciar formalmente al sacerdocio, empezó a formarse como artista floral. El florista alemán Gregor Lersch, uno de los mejores del mundo, fue uno de sus maestros. Para pagar sus estudios, empezó a trabajar en la banca. Como conocía al presidente del banco, nunca tuvo que vender hipotecas o atender en ventanilla. “No habría sido capaz de eso, no lo habría aguantado”. Su trabajo era más “distópico”. Formaba parte de un equipo que revisaba los procesos y pensaba nuevas dinámicas de equipo y liderazgo para los empleados.
En esa época también hizo sus pinitos en política. Quiso ser alcalde de Cercedilla, la localidad donde se crió, pero no tardó en descubrir que no estaba hecho para meterse en ese jardín. “Me traicionaron. Eso ocurre mucho en política. Entonces tuve otra crisis personal”. Tras cinco años en la banca, se fue a vivir al otro lado del mundo. Se mudó a Chacarita, un barrio popular de Buenos Aires donde está el cementerio más grande de la capital argentina. Allí comenzó su verdadera formación como florista.
La interiorista argentina Gloria César, famosa por organizar las mejores fiestas de la alta sociedad porteña, se fijó en su talento. “Gloria me acogió como su ahijado y fui su gallego durante tres años. Me llevó por todos lados. Imagínate. Yo era un pimpollo, un teólogo. Venía de mi corte cerebral de Santo Tomás de Aquino y pasé de eso a la noche de Buenos Aires”. Con César aprendió todo lo que sabe sobre flores y grandes eventos: desde convertir un hangar lleno de telarañas en un jardín paradisíaco para una cena de gala hasta transformar una iglesia en un bosque para una boda de ricos.

Cuando volvió a Madrid, le costó abrirse camino en este sector. “Encontré mucha resistencia. Fue un momento muy jodido de curro. Me dije: ‘Si no me dais trabajo, montaré mi propio negocio”. Fue entonces cuando reparó en la figura de la reina Letizia. “No soy de tener ídolos ni soy fan de nadie, pero tengo una especie de comunión con ella y con todo lo que le tocó vivir. No lo tuvo fácil y me identifiqué con eso”, explica.
La Reina se convirtió en una suerte de inspiración o ejemplo para él. Hace cuatro años, cuando abrió Conde del Cerro en Chamberí, le escribió una carta. “Le dije algo así como: ‘Ni en sus mejores sueños, usted hubiera imaginado que sería reina de España y, ni en mis mejores sueños, yo hubiera imaginado que sería Conde del Cerro”. Junto a la nota, envió un ramo de flores. Ahora, semanalmente le manda uno al palacio de La Zarzuela con una tarjeta en la que le desea una buena semana. Dice que es su forma de agradecerle por haberle servido de ejemplo en momentos duros. “No soy de idolatrías, pero a los dioses hay que darles su diezmo, su ofrenda. Con todo lo que ella sufrió, es lo mínimo que se merece”. Felipe VI no tiene motivos para ponerse celoso. “Créeme, no tiene de qué preocuparse”.
Las flores frescas llegan los lunes, así que cada martes por la mañana sale de Conde del Cerro un ramo de flores de temporada rumbo a palacio. Sánchez prepara tres o cuatro similares para vender en su tienda. Los “ramos de la reina” vuelan. En la floristería hay un retrato de Letizia. “Pero no soy monárquico. Lo fui. Ya no. Ahora soy letizista”, aclara. Desde palacio han respondido en un par de ocasiones agradeciéndole, aunque él no renuncia a hacer realidad el sueño de conocer en persona a su ídola. La invita a que lo visite.
Al igual que su musa, Sánchez ha “florecido” en estos años. Ha conseguido romper con la endogamia que impera en su sector y se ha labrado un nombre propio en el negocio. Ahora accede a sitios donde antes no se le permitía y trabaja para marcas de lujo y clientes VIP. Incluso se permite decir que no a algunos encargos. “He hecho montajes muy bonitos y emocionantes que igual ahora no volvería a hacer. Te va a parecer raro, pero tiene que haber una comunión con el cliente”.
Como no pudo cumplir su sueño de dedicarse a la política, ejerce de alcalde extraoficial de Chamberí. En el barrio lo conoce todo el mundo. Dice que la zona ha cambiado mucho en los últimos años. Cada vez hay más extranjeros. Cada vez tienen más dinero. “Sigo teniendo clientes de toda la vida, pero hay una transición. Los hijos están vendiendo los pisos de sus padres a mexicanos y venezolanos de un poder adquisitivo altísimo, gente que tira de tarjeta sin mirar el precio”.
Entre sus clientes está la influencer mexicana Luisa Fernanda Islas. Hace unas semanas, la creadora de contenido, con más de 200.000 seguidores en TikTok y otros 200.000 en Instagram, compartió la historia de Julio y Conde del Cerro. El vídeo tuvo mucho éxito. “Yo soy anti 2.0, pero desde entonces he ganado seguidores y clientes”.
Las floristerías como Conde del Cerro están brotando por Madrid. “Los españoles siempre hemos creído que las flores son para momentos excepcionales. Eso está cambiando”, dice él. No obstante, mucha gente sigue pensando que son un lujo, un capricho que muy pocos pueden permitirse. “Para mí, una caña es más cara que una flor. Los beneficios que te dan las flores las hacen baratas en todos los sentidos. Siempre digo: ‘Si tienes un mal día, cómprate flores’. Lo tengo comprobado. He tenido una vida muy convulsa y he encontrado el equilibrio en ellas”.
Aunque no se ha ordenado sacerdote, sostiene que sigue viendo a Dios cada día. Lo encuentra en las flores. “La belleza y perfección de una flor nos recuerda que hay algo superior. Las flores, como la religión, están en los momentos importantes de nuestras vidas. Cuando nacemos, nos regalan flores; y cuando morimos, nos ponen flores”.

