“He conocido a una modelo española increíble”, comentaba Laura Ponte durante la semana de la alta costura de París, el pasado enero, cuando ambas desfilaron para Chanel. En aquel momento las redes sociales se centraron en Ponte porque, de hecho, el primer trabajo de Silvia Arenas que aparece en la web de referencia del sector, models.com, es ese desfile. Empezaba (o retomaba) su carrera con el show más importante de todos. Silvia se acercó a Laura para saludarla y decirle que la admiraba. Laura enseguida le dio apoyo y conversación. En febrero volvieron a encontrarse en París, en los desfiles de Tom Ford y Chanel. Silvia, además de para esos dos, desfiló para Givenchy, Balenciaga, Gabriela Hearst y Lacoste. Es decir, hizo buena parte de los desfiles más importantes de la temporada, con 34 años y tras una vida tranquila como fotógrafa de arte en Róterdam. Pocos días después de esta conversación, la primera entrevista de Silvia, ambas volvieron a desfilar para Chanel, esta vez en Biarritz y ya como amigas que se escriben casi a diario y hacen planes juntas cuando les toca improvisar, es decir, cuando las llaman para plantarse en un desfile casi de un día para otro. Nos colamos en una conversación entre ambas.

Pregunta: Supongo que te da cierto pudor decir: “Hola, me llamo Silvia y esta es mi pequeña historia”.
Respuesta: Bueno, creo que es lo interesante de las entrevistas, ¿no? Poder ver qué hay detrás de esa imagen que vendemos o que transmitimos. Y ver que detrás hay una persona normal que se fue a Róterdam a vivir con su pareja y a buscar un proyecto de vida. Y que se vea que es real todo lo que ha pasado, que para mí está siendo un sueño y es como muy de película. Pero al fin y al cabo le puede pasar a cualquiera… Es mi primera entrevista y tengo un poco de síndrome de la impostora, creo que me voy a equivocar o voy a decir algo mal, pero luego pienso: es mi vida, no puedo equivocarme con mi vida. Es como lo que hablamos tú y yo siempre, que tú en las sesiones de fotos te lo pasas bien y los desfiles te cuestan más… Yo mientras esté en el personaje de modelo hago lo que me pidan y me lo paso bien, pero de repente me toca hablar de mí y pienso que a nadie le va a interesar, no sé.
P. Yo siento que, con toda esta movida de las IA y los retoques en todos los sentidos, tanto físicos como mentales, incluso en esta industria, hay una sensación de: “No, llega a mí, conoce lo que hay detrás”. Aunque tengas esa vergüenza de pensar que a nadie le interesa tu vida, estamos en un momento en el que se busca eso.
R. El casting de Chanel, por ejemplo, era un poco así, ¿no? Buscar mujeres que tenían un discurso detrás de una imagen. Una identidad real. Buscar una realidad, que no tiene por qué ser siempre increíble. Puedes ser ama de casa, por ejemplo. No tienes por qué ser siempre artista.
P. Tú ahora eres fotógrafa, pero empezaste como modelo a los 15 años, muy chiquitita…
R. Bueno comenzó como una mezcla de intereses. Yo hacía ballet, pero de repente empecé a crecer demasiado para bailar. Y lo de modelo surgió a partir de ahí. Soy alta, siempre me ha interesado la moda y demás, pero nunca fue un trabajo a tiempo completo, o sea nunca pensé: “Voy a ser modelo”. Porque no iba a ser lo principal. Quería mantenerme en el club y hacer ballet por las tardes, cuando pudiera, y seguir estudiando. Luego tenía trabajos normales, nunca lo vi como un modo de vida.
P. ¿Por qué dices eso de un trabajo normal?
R. Porque te dicen que muy pocas llegan al nivel para vivir de esto. Muy pocas hacen buenos trabajos, o siempre están las hijas de, o las modelos reconocidas… Yo lo veía como un complemento, pero no como mi trabajo.
P. Pero por ejemplo a un abogado no le dicen que si no lleva cuatro grandes casos no es abogado. Es algo que he criticado siempre. Los trabajos menores también son trabajo. ¿Crees que todavía no ha cambiado ese discurso de las agencias?
R. Bueno, es que en mi caso todo ha ido de cero a cien. Cuando volví de París me tuve que parar a pensar qué había pasado. Nunca imaginé que podría pagar el alquiler siendo modelo. Piensas, ¿qué hago ahora?, porque no puedo decir que no a esto que me está ocurriendo. Pero bueno, también me pasó con mi profesión. Me costó mucho asumir que era fotógrafa, que me ganaba la vida como fotógrafa.

P. ¿Cómo te convertiste en fotógrafa?
R. Pues empecé Psicología, estuve un par de años, y al final me fui a Bellas Artes, que es lo que siempre quise hacer. Llevo siempre una cámara conmigo desde pequeña, me encanta hacer fotos y conocí a mi pareja y nos vinimos a Róterdam y poco a poco fui encontrando mi nicho retratando obra de artistas. Descubrí un libro llamado El arte invisible de documentar el arte y ahí me di cuenta de que podía hacer de eso mi trabajo, porque al principio no valoras la idea de documentar el arte de otros, que eso tenga un peso y sea importante.
P. Al final son los demás los que nos completan las historias; es decir, en tu caso ahora estás delante y detrás de la cámara.
R. Y es muy guay poder estar dos días delante de la cámara y, a la vez, usar mi propia experiencia cuando me piden una foto para una entrevista. De repente tienes delante a gente que no tiene ni idea de cómo ponerse ante una cámara y les das una pequeña clase: “Siéntate, tranquila, yo te hablo”. La gente también se relaja contigo porque sabe que has pasado por eso. Y al revés: cuando voy a una sesión siempre estoy pensando qué cámara van a utilizar, qué luz, cómo se va a ver. Es curioso.

P. No sé si es el ballet o la fotografía o las dos cosas, pero tienes un control del cuerpo que al final cuesta mucho aprender, y me pregunto si para ti lo de desfilar es en parte, ya después de tantos años, algo casi terapéutico, de soltar y dejar ir.
R. Mira, en el desfile de Tom Ford nos daban directrices de cómo salir y al final tú y yo teníamos que juntarnos y Haider Ackermann [director creativo de Tom Ford] nos decía: “Que se note que hay algo, que no se sepa el qué”. Me recuerda a cuando hacía ballet y salía el escenario. Es como si el desfile fuera la obra de final de curso. Te preparas días, estas nerviosa, y al final es un minuto de baile y dices, ya está, ya ha pasado.
P. ¿Pero eres consciente del impacto que ese minuto tiene a veces? Yo lo pienso mucho. Ya no digo para la gente, sino también para el diseñador, para la marca, que estés ahí con su diseño, enseñándolo, contando una historia.
R. Bueno, poco a poco. Luego lo veo en Instagram o YouTube y digo: “¡Ah, claro! ahora entiendo la historia que querían contar”. No sé, poco a poco. Me acuerdo de cuando hice el casting de Chanel, nerviosísima, y de repente me llega Matthieu Blazy [director creativo de la firma] y me dice: “Bienvenida a la familia”. Pensé que me iba a poner a llorar, pero vas haciendo y te ves ahí como una más… Por ahora todo ha sido bastante relajado, o yo lo estoy viviendo así, hay buen rollo y la gente suele estar tranquila.
P. Yo lo digo mucho, pero tantas horas ahí dentro se genera como una pequeña familia, ¿no?
R. Sí, es como que llegas con extrañeza, nerviosa, y de repente van surgiendo conversaciones, cómo es tu día a día, de dónde vienes… Sobre todo con las que ya tenemos cierta edad, no sé si es porque ya tenemos un bagaje vital o tenemos otro tipo de vida, que notas que agradeces el estar ahí, da igual lo famosa que seas incluso. Claro, luego ves a las jóvenes, que tal vez es su desfile 25 y tienen cara de que les da un poco igual, y entonces pienso: “Pero anímate, que estás, no sé, en Balenciaga”. Supongo que su vida es esa desde hace mucho, que entraron en una agencia y empezaron a hacer cosas importantes desde el principio. Yo es que quiero disfrutarlo todo y no perderme nada.

P. ¿Sientes que esto que está pasando es efímero, que puede acabarse?
R. Llevo bien el no. Y no soy alguien que tenga grandes planes. Al final me vine aquí a Róterdam improvisando, sin casa, sin trabajo ni nada. Improvisando. Es verdad que ahora salen cosas todas las semanas y tienes esa sensación de deber estar disponible, pero a la vez piensas que también tienes otra vida ya establecida. Si me dicen de repente que me tengo que mudar a París, pues no sé, me lo pienso, pero sobre la marcha.
P. Yo creo que esta industria ha cambiado, que ya no hace falta irse a vivir a París o a Nueva York, como cuando yo empecé. La gente viene de todas partes y puede complementar sus vidas.
R. Sí, yo también lo creo. Cuando terminaron los desfiles de París mi agente me dijo que me fuera a casa y descansara y pensara qué quería hacer. Yo estuve unos días procesando qué había pasado, me salió trabajo de fotógrafa… No sé, está bien que te espere otra vida, tener otro plan.
P. Ahora que los medios te van a reclamar, ¿hay algo que te gustaría reivindicar?, ¿algo que creas que desmitifica nuestro trabajo?
R. Bueno, yo creo que ha cambiado todo mucho. Me acuerdo de cuando estaba empezando, que me decían que llevase en la mochila manzanas y zanahorias y yo pensaba: “Mira, yo voy a parar a comer, yo tengo que comer. Y luego sigo con los castings”. Ahora lo que me he encontrado es gente que me dice que me cuide, que coma y duerma bien. Me acuerdo de que antes me agobiaba tener noventa y tantos centímetros de cadera, porque pensaba que iba a ir a la agencia y me iban a decir algo por eso, y ahora la verdad es que a la gente le da lo mismo. O que siempre por mis facciones me ponían de andrógina o de rockera.
P. Un clásico, el de las etiquetas.
R. Con 15 años me decían que me operara la nariz. Pues no. Esta nariz soy yo, es mi historia, es la nariz de mi familia. Pero entiendo que haya chicas que sí lo han hecho. No sé, a veces he tenido conflicto con esto, con la idea de contribuir a una industria que en ocasiones es tóxica, aunque creo que eso está cambiando, que aparecen otros referentes.

P. Es que la palabra modelo de por sí es complicada. Está bien ser un modelo de algo, pero en la sociedad al final una modelo es una señora alta y joven de piernas largas…
R. O tener que ajustarte a una idea. Recuerdo una sesión donde me pedían que me pusiera todo el rato de perfil y luego agrandaron mi nariz y pensaba que esa no era yo. O que me quitaran los lunares de la espalda. Claro, y le empiezas a dar vueltas pensando por qué no les gustas así o por qué te han llamado a ti.
P. ¿Tú, por ejemplo, cuando vas a una sesión de fotos, te sientes insegura sobre lo que esperan de ti? Cómo poner el cuerpo, las manos, el gesto.
R. No demasiado. Ahora, por ejemplo, llego y cuando me visten y me maquillan pienso: “Vas a ver, soy capaz de esto”. Intento transformarme y dar lo mejor. Luego me encanta ir por la calle y que nadie crea que soy modelo, ser capaz de hacer ese cambio en el trabajo.
P. Admiro esa calma que desprendes con todo lo que te está pasando.
R. Bueno, tiendo a pensar que muchas de las decisiones que he tomado en mi vida me han llevado donde estoy ahora. Y además esto me ha pillado en una época en la que estoy tranquila conmigo misma. Creo que es bueno que haya pasado a los 34 y no antes.






Créditos
Estilismo: Juan Cebrián.
Maquillaje y peluquería: Jordi Fontanals (Ana Prado) para Chanel y Miriam Quevedo.
Diseño de set: Virginia Sancho.
Producción: Cristina Serrano.
Producción local: Sara Rentería (Room Service).
Asistentes de fotografía: Dani Gallar y Alejandro Perales.
Asistente digital: Jéssica Rodríguez.
Asistente de estilismo: Paula Alcalde.
Asistentes de producción: Javier Rentería y Xulio Verea.

