La maquinaria de prensa funciona a la perfección dentro del palacio que alberga la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) en Madrid. En una galería del edificio modernista, la cantante Rebeca (Barcelona, 47 años) posa para los fotógrafos más madrugadores; es el comienzo de un largo día de promoción del nuevo remix de Duro de Pelar, que este 2026 cumple 30 años. Junto a la catalana están también los responsables de esta versión del éxito de 1996, Sofía Cristo y Dany BPM: “Yo les digo que le han puesto mucha zapatilla. Es Duro de pelar ya a las tantas de la mañana”, bromea la artista. Durante la sesión de fotos, Rebeca se pone y se quita los anillos que le ha pedido prestados a una fotógrafa para un retrato: “¿A que esto no te había pasado antes?“, le pregunta entre risas.
Rebeca es simpática y coqueta; está orgullosa de su piel, herencia de su familia puertorriqueña, como menciona durante la entrevista (sí, está emparentada con el actor Benicio del Toro). Se acuerda de cuando quisieron cambiar su imagen, muy al principio de su carrera, a mediados de los noventa: ”En aquel momento vendía Laura Pausini“. No la querían rubia, ni con rizos, y de hecho se los quitaron para sus dos primeros singles, Más que un engaño y Corazón, corazón: “En uno salía en blanco y negro, para que no se viera si era rubia o no, y con el pelo lisito; y el otro era como rojizo con el pelo alisado, se notaba que a la fuerza”. Pero ella, aunque muy joven, supo plantarse: “Me escapaba de una estilista siempre que podía, y en el álbum Rebeca [donde se incluye Duro de pelar] ya fue mi pelo”, recuerda.
Treinta años después, su melena rubia y rizada sigue intacta, es su seña de identidad, unida inexorablemente a la canción que ahora reedita: “Fue uno de los primeros temas de música dance en castellano, por fin la gente podía entender lo que bailaba, podías enamorarte, desenamorarte y rasgarte las vestiduras en una pista de baile entendiendo lo que decía la letra”, apunta como la razón de aquel éxito. De su letra, una bandera roja a las relaciones tóxicas, también saca pecho: “Íbamos adelantadas a nuestro tiempo sin saberlo. Una canción de verano, muy desmelenada, ya estaba diciendo que la chica no quería quedarse en casa, quería soltarse el pelo, pintarse la cara y no estar en casa por un novio celoso”. El mensaje ha envejecido tan bien como el tema: “Antes se hacían los hits y perduraban en el tiempo. ¿Por qué quedan tantas canciones de toda la vida, de Hombres G, Luz Casal, Marta Sánchez, Olé Olé…? Quedan porque eran grandes canciones”, reivindica Rebeca, pasando de puntillas por la línea de cualquier tiempo pasado fue mejor: “Yo no estoy en contra del reguetón, aunque no me apasiona, sí que hay hits que me pueden gustar, pero ahora todo se consume muy rápido, en un mes está anticuado”, aclara.
Para la artista, Duro de pelar jamás ha pasado de moda, tampoco se ha cansado nunca de defenderlo: “Hay muchos artistas que huyen de su primer hit”, dice Rebeca, aunque no sea su caso: “Creo que no lo he dejado morir, me he sentido muy orgullosa y jamás me ha dado ninguna vergüenza. Durante 30 años lo he mantenido vivo”. Asegura que todavía es “como si fuera de las primeras veces que lo canto. Estoy enamorada del tema, me da mucha energía”. Y añade otra variable a la ecuación de ese éxito: “El mérito de Duro de pelar es del público, que la ha cogido desde siempre como suya. Ya es parte del pop dance en español”. Además, canción y cantante viven desde 2017 una segunda luna de miel gracias a los festivales nostálgicos de los noventa. El próximo 13 de junio, estará en Love The 90’s, en Ifema, con un cartel que encabezan los neerlandeses Vengaboys: “Me siento muy orgullosa de que como cantante española se me se me dé mi reconocimiento en estos festivales”, dice agradecida.

El único festival que se le resiste es el de Eurovisión. Sí representó a España en la edición de 2007, aunque como coautora de I love you mi vida, que defendió D’Nash en el escenario de Helsinki. Seguidora del certamen, cuenta que el Benidorm Fest —hasta 2025, la antesala española a Eurovisión— es su “cuenta pendiente” y presume de tener muy claro cuál sería su propuesta: “Lo del indie no funciona en Eurovisión. Eurovisión es comercial, grandes voces y puestas en escena. Eurovisión no es una persona que canta en pequeñito, es a lo bestia”, resume.
En este punto se acuerda de su compañera de profesión Minerva Pérez (Ku Minerva) y su “apuesta maravillosa” en el último Benidorm Fest, aunque “se quedó a las puertas”. Sobre si ella vivió experiencias similares a Pérez, quien renunció a su carrera en la música cuando era muy joven por culpa de un productor y sus condiciones abusivas, Rebeca tiene para escribir un par de libros (y de canciones eurovisivas). “Minerva y yo primero fuimos rivales en los noventa. Llorando por ti y Duro de pelar eran dos hitazos”, comienza recordando. Luego, relata, las dos divas del dance se encontraron y se conocieron “de verdad” en México, lo que las acercó. Y, aunque a ambas las sometieron a contratos leoninos —“yo tenía que dar un 60% de lo que ganaba”, se lamenta—, su trayectoria fue diferente. Minerva eligió volver a su hogar, mientras que Rebeca aguantó “como pude y no renuncié”.
En su caso, además de con comisiones desmedidas, también tuvo que lidiar con las prácticas de thriller de la industria de aquellos años y con la competencia de los triunfitos, que llegaron justo cuando ella despuntaba: “En el 98, en mi mejor momento, los dueños de Max Music, Miguel Degá y Ricardo Campoy, entran en una lucha personal. Uno intenta matar a otro, o secuestrar a otro; uno se va con todos los papeles de Max Music, todos los contratos, y yo me veo en una encrucijada: seguir con la discográfica que parecía la seria o irme con el que se había largado con el dinero y con los contratos”, relata Rebeca sobre lo que es uno de los capítulos más locos de la industria musical en España (y que contó el documental Megamix brutal, en 2024). Asegura que, amenazada y bajo presiones, se quedó con Degá. Pero al volver de una gira por Latinoamérica, Campoy le ofreció irse con ella a Vale Music, la discográfica que había creado y en la que Narcís Rebollo, ejecutivo musical y hoy esposo de Eugenia Martínez de Irujo, estaba metido. “Era mi road manager, imagínate”, susurra. Tras aceptar y grabar con ellos Supernatural, en 2002, las cosas volvieron a complicarse: “Entonces aparece Operación Triunfo y se para todo. Ellos llevaban todo lo de Operación Triunfo y yo sufrí muchísimo porque nos vimos relegados, no a un segundo plano, sino a un tercero. Apenas apostaron, apenas invirtieron. Ahí empezó mi declive y desde entonces me ha ido muy duro de pelar en cuanto a apoyos“.

Luego vinieron los realities televisivos —le encanta la tele, dice, y ha participado en Supervivientes y La casa fuerte 2, entre otros formatos— y seguir haciendo música por su cuenta. En definitiva, un Juan Palomo de manual que Rebeca lleva a gala desde entonces, aunque cuenta con la ayuda de su madre, la cantante Franciska (María Francisca del Toro), que en los sesenta y los setenta triunfó, más fuera que dentro de España, y que dejó su carrera para criar a su hija junto a José María Pous. Rebeca, que no ha tenido hijos, acabó haciendo los mismos sacrificios por sus padres, llegando incluso a volver de una gira en Latinoamérica antes de que Pous falleciera, hace diez años: “He sido madre de mis padres”, dice la cantante sin una pizca de amargor. A ellos, asegura, les debe ser una “gran profesional”.
A punto de acabar la entrevista, cuenta Rebeca que actualmente tiene un contencioso con un “señor de Valladolid que se ha quedado mi página de Wikipedia”. Y entonces su tono cambia y ya no es tan risueño: “Pone que nací en 1974, cuando yo soy del 78. Y que mi padre es Jesús Hermida [así se publicó en algunos medios hace unos años, aunque actualmente esto ya no figura en la entrada]. No, mi padre es José María Pous y mi madre Francisca del Toro”, sentencia, dura de pelar.

