Mucho ha cambiado el mundo desde que se estrenó hace dos décadas El diablo viste de Prada. Y más aún el de la moda. La cinta de 2006 retrataba un panorama que resulta casi irreconocible hoy, se mire por el ángulo que se mire. Pero si aquella primera película se convirtió en título de culto radiografiando el capitalismo aspiracional, la secuela que acaba de estrenarse se centra en dibujar una caricatura de las derivadas más inverosímiles que han tomado la industria del lujo y la prensa escrita desde entonces.
En las últimas dos décadas la moda se ha transformado en un activo financiero, pero también en fuente de entretenimiento; ya es un contenido más para ser consumido en sesiones infinitas de escroleo desde el sofá. Precisamente sesiones que se compaginarán con el visionado de esta segunda parte cuando llegue a plataformas (estará disponible en Disney+). Lo saben los guionistas, que han plagado el metraje de autorreferencias concebidas para convertirse en nuevos memes, guiños internos e incontables cameos. Porque si en la primera película costó que se sumaran nombres importantes al metraje y solo se atrevieron Valentino Garavani y Gisele Bündchen, en esta la lista de invitados es más suculenta que muchas alfombras rojas: Marc Jacobs, Donatella Versace, Lady Gaga, Karolina Kurkova, Heidi Klum, Domenico Dolce y Stefano Gabbana, Tina Brown, Law Roach…
En 2006 nadie quería asociarse con un título que se consideraba radiactivo. Basado en el libro homónimo de Lauren Weisberger de 2003, el relato inmortalizaba a una todopoderosa y megalómana directora de revista interpretada por Meryl Streep e inspirada en Anna Wintour, directora de la edición estadounidense de Vogue (Weisberger fue su asistente durante unos meses y de aquella experiencia salió su libro y una villana difícil de inventar). Hace 20 años todos temían a Anna Wintour, pero el gran público no la conocía. Hoy es al revés y si se ha convertido en un personaje pop es en parte gracias al papel del libro y la película. Lo sabe y ya ironiza sin rodeos con ello, con meterse en la piel del diablo y posar vestida de Prada, como hizo junto a Meryl Streep para la portada del número de mayo de la revista que ahora coordina (desde el año pasado es directora global de contenidos de todo Condé Nast).

La cinta retrata ese giro, pero también toca todos los temas que han ido marcando estos años. Destaca una trama visionaria, la que narra el actual idilio de los tecnoligarcas con la moda, un giro reciente, con personaje con claros paralelismos a Jeff Bezos. Porque los gurús de Silicon Valley ya salieron de sus garajes y renunciaron al uniforme de nerds. Ahora pululan por la Casa Blanca y, conocedores del poder cultural de la industria de la moda, buscan conquistarla a golpe de talonario. Mark Zuckerberg, de Meta, y su mujer, Priscilla Chan, fueron los invitados de honor en el último desfile de Prada. Jeff Bezos, fundador de Amazon, y Lauren Sánchez, su mujer, fueron la comidilla al asistir a varios desfiles de alta costura en París. Este último matrimonio tiene en la agenda para el próximo lunes su coronación como reyes del mambo visual al ser anfitriones de la Gala Met.
El evento, organizado por Anna Wintour, recauda fondos para el brazo del Museo Metropolitan dedicado a la moda. Aparte de ser una de las citas más mediáticas del año, subir las alfombradas escalinatas del museo ratifica el triunfo social de cualquiera. Al menos lo hacía hasta ahora. “En su afán por recaudar más dinero cada año, Anna ha encarecido tanto el precio de las entradas que prácticamente nadie puede permitírselas, excepto las empresas tecnológicas”, escribía esta semana en su newsletter Amy Odell, biógrafa de Wintour, “esta afluencia de dinero del sector tecnológico a la gala ha mermado su prestigio”. Aunque no para los ultrarricos, a los que les sigue saliendo muy barata su participación: “En 2025, el evento recaudó 31 millones de dólares, lo que, proporcionalmente, significa para Jeff Bezos lo mismo que 10 dólares para un hogar estadounidense promedio con un ingreso de 80.000 dólares”, apunta Odell. Calderilla a cambio de la validación (y público femenino) que les falta, comprando el patrocinio de la fiesta o un asiento en front row.

La moda necesita a los tecnoligarcas y viceversa, porque ellos suspiran por arrimarse al caché cultural y al aura aspiracional de la industria del lujo. Así, volviendo a la premonición (o muy buena lectura de los tiempos) en El diablo viste de Prada 2 se retrata al millonario fundador de una tecnológica que acaba de divorciarse de su mujer de siempre. Tras atravesar su propio glow up, obsesionado con la longevidad y con nueva novia, quiere comprar para esta la revista Runway, el trasunto de Vogue en la pantalla.
¿Anticipación o caricatura? Quién sabe, porque este guion se empezó a escribir en 2024 y el pasado verano se expandieron los rumores de que Bezos planeaba hacerse con Vogue como regalo de bodas para su futura esposa (o como su juguete tras romper el último). Condé Nast, el grupo editor dueño de la centenaria revista negó aquellas habladurías, pero en redes hay quién ve que detrás de sus enésimos recortes, anunciados hace solo unos días, planearía un buen saneamiento de cuentas de cara a una hipotética venta. Quizá la respuesta esté en la película, porque la realidad generalmente supera a la ficción, pero también hay ficciones que pintan bien algunas de las derivas más esperpénticas de ciertos sectores.

La nueva historia toca además todos los temas que han ido marcando estas dos décadas: la precariedad en el periodismo, la dictadura de los clics en internet y la economía de la atención, el papel de las firmas de moda y la caída de la publicidad, la conversión de las revistas en marcas globales, el cambio de mentalidad en las nuevas generaciones, el hate en redes, la pérdida de poder de los editores… Lo que no evoluciona ni una pizca es el relato sobre el trabajo y la ambición, que se queda incluso más atrasado que la primera película. ¿La moraleja? Llega envuelta en lentejuelas y subida a unos tacones: para triunfar en el trabajo hay que renunciar a la vida personal. Así se suelta, sin ápice de crítica ni ironía sino todo lo contrario: como una meta aspiracional.
Otros mensajes del film no se leen de forma tan directa. Unos y otros dicen mucho de las paradojas del sistema hoy. Se aboga por la diversidad corporal con guiños en los diálogos y algún personaje representativo, porque es lo que demanda la corrección política, habrán pensado en la sala de guion. Pero Anne Hathaway se mete en la piel de Andy Sachs con un cuerpo como los que son tendencia hoy en la alfombra roja: extremadamente delgado. Se cuenta cómo las revistas han perdido poder frente a las marcas, una evidencia para cualquiera, y se pinta a las primeras como siervas sometidas a las demandas de las segundas. Solo que las escenas que lo ilustran colocan a enseñas del conglomerado LVMH como tramas en sí mismas. Por supuesto, nada es casual en una secuela cuyo presupuesto supera los 100 millones de dólares según Variety. Dior casi es un personaje más y una joyería de Tiffany & Co. es un escenario clave en una de las secuencias, evidenciando cómo las etiquetas de lujo también se han convertido en ‘mecenas’ del cine y las series. Todo rodado en escenas que parecen concebidas para devenir en reels. Lo mismo sucede con el vestuario, obra de Molly Rogers (responsable también de And Just Like That…), que de excesivo y apabullante resulta olvidable. Como en esas sesiones de escroleo en las que pasa el tiempo, pero nada se fija.

