
Muchas de las plantas de interior que se cultivan en las casas llegaron a Europa desde costas lejanas. Asia, América, Australia y África abastecieron de bellos descubrimientos vegetales a los jardines botánicos del Viejo Continente, que las cultivaron con frenesí, ávidos de reproducirlas con éxito para aprender de ellas. Y como bien es sabido, si algo no se nombra, desaparece, había que asignar nombres a todas esas novedosas plantas para los europeos. Por ello, seguramente que muchas recibieran antes un nombre popular que uno científico, previo a su correcta clasificación taxonómica.

