
Es febrero de 2008. Es antes de ayer, pero también es hace siglos. Es un Hollywood mucho más naíf, menos milimetrado. Es esa época en la que las revistas a todo color se despachan como churros en los lineales de los supermercados (y en los quioscos, cuando todavía había). Y esos últimos coletazos en los que los famosos, hiperexpuestos, microscópicamente analizados, siguen siendo estrellas casi inalcanzables; donde hay exclusivas, sorpresas, sin los planificados circos de las redes sociales (Facebook era público desde hace año y medio, el entonces Twitter era embrionario e Instagram y TikTok no existían). Entonces, en una alfombra roja relativamente pequeña, la de los premios del cine independiente estadounidense, aparecen Brad Pitt y Angelina Jolie. Agarrados de la cintura, él con el pelo disparado, chaqueta de pana y gafas de aviador; ella, con la melena castaña, el ojo muy oscuro y un vestido negro sin nada que ocultar: está embarazada. Otra vez. Por sorpresa. No es niño ni niña (como Shiloh, su primera hija biológica, que llegó dos años antes): son las dos cosas, porque vienen mellizos. Nacerían unos meses después y serían los dos últimos de los seis hijos de los por entonces llamados Brangelina. Este 12 de julio, esas criaturas cumplen 18 años. Y ni ellos, ni sus padres, ni sus hermanos, ni Hollywood, ni el star system son una sombra de lo que fue.

