A la hora de crear lazos de amistad, tendemos a relacionarnos con personas más afines a nuestras características, ya sea por género, nacionalidad, gustos o, en muchos casos, cercanía de edad cronológica: los niños suelen ser amigos de los niños, los adolescentes de los adolescentes, adultos jóvenes con personas con un año de nacimiento parecido, y así sucesivamente. Una posible relación de amistad adolescente-adulto o adulto-anciano, por poner dos ejemplos, puede destacar entre otros tipos de convivencia entre amigos más homogénea.
“En los procesos de socialización, muy a menudo se conduce a los seres humanos a una convivencia ‘forzosa’, porque no se les da a elegir en el sistema educativo, con sus iguales etarios. Ahí se producen parte de las relaciones sociales y de las amistades, pero sobre todo se gesta un entrenamiento o presencia de la igualdad de edades como lo positivo o lo correcto”, explica Mariano Sánchez, profesor de Sociología y director de la cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales de la Universidad de Granada. “El cambio de concepto en la práctica de las relaciones de la edad cronológica requiere de varias generaciones. Pero hay un debilitamiento de esta como frontera social, que todavía no ha desaparecido, pero sí que se ha debilitado”, añade.
La edad cronológica es uno de los múltiples criterios de edad que estudian desde la cátedra que dirige Sánchez. Pero también está la subjetiva, en la que la persona puede tener una edad cronológica, y, por experiencias, puede sentir que tiene más o menos; la edad social, en el momento de relaciones sociales; la edad normativa, una cronología convertida en regla, como votar a los 18 años; o las que tienen que ver con etapas profesionales, en las que se habla más de júnior o sénior. “Deberíamos hablar de que una persona tiene múltiples edades, y no una. Creo que es una evidencia. E, igualmente, somos multigeneracionales”, comenta Sánchez.
Desde el punto de vista de la psicología, las personas necesitamos sentirnos identificadas para agruparnos, y esto apoya que las categorías de edad, género o profesional nos ayudan a sentir esa identificación. Así lo indica la psicóloga Beatriz Ruiz, que engloba este concepto dentro de la teoría de la identidad social. “Nos ayuda no solo a sentirnos integrados, sino también a sentirnos parte del grupo. Esto hace que me sienta más segura y más confiada. Todo lo que salga de ese grupo me va a generar una desconfianza automática, pero luego nos damos cuenta de que, si estamos en esa tesitura, no tenemos que ser así”. Además, añade que, cuando una amistad rompe esas categorías, como es el caso de las relaciones intergeneracionales, es cuando la gente puede apreciarlo de una manera extraña.

Es en el entorno escolar en el que las personas más se relacionan con coetáneos. En el ámbito familiar, desde el nacimiento ya existen las relaciones intergeneracionales con padres, tíos o abuelos. Pero el entorno laboral es uno de los que más posibilidades tiene de que surja una amistad entre personas de edades muy dispares. Ruiz considera que las relaciones intergeneracionales sólidas satisfacen necesidades psicológicas complementarias: “Una persona de mayor edad, aparte de tener más experiencia en la vida, tiene muchos más aprendizajes que ofrecer. Y, al contrario, también puede averiguar cosas de las nuevas generaciones y nuevas maneras de comunicarse. Es una retroalimentación o complementación positiva”.
Sánchez está muy ligado a las relaciones intergeneracionales a raíz de una amistad sólida que forjó con un amigo del que le separaba una diferencia de 43 años. Él mismo es un ejemplo de una persona con amistades intergeneracionales: “Con 27 años llegué a la Universidad de Granada y coincidí con un catedrático emérito que tenía 70 [Miguel Guirao, Profesor Emérito de Anatomía Humana de la UGR]. Él era director y yo subdirector, y recibimos el encargo de la universidad de crear un aula para personas mayores. La relación entre ambos la calificamos de amistad, no paternofilial ni de colegas. Sus hijos me consideran un hermano”. Tal es la relación que ambos crearon que incluso escribió un artículo sobre amistades intergeneracionales para el libro de la hija de su amigo ya fallecido, en el que explicaba cómo surgió aquella amistad. “En lugar de acentuar las diferencias, como por ejemplo de edad, Miguel me invitó a que nos concentrásemos en nuestros sueños compartidos, en lo apasionante de un día a día creativo a la par que exigente en términos de gestión del proyecto que nos traíamos entre manos”, explica en el texto.
Un estudio publicado en noviembre de 2025 en Higher Education Quarterly analizaba la comunicación intergeneracional en universidades, y mostraba que, aunque persisten estereotipos de edad, las interacciones efectivas entre generaciones incluyen conversaciones tanto laborales como personales. En una encuesta de la organización Intergenerational England, el 84% de las personas afirmaron estar abiertas a formar nuevas relaciones con personas de diferente generación. También indicaba el 74% de los encuestados que solo tiende a crear lazos de amistad con personas que se incluyen dentro de los 10 años de su grupo de edad.
El germen del nacimiento de una amistad intergeneracional es similar a aquella que es coetánea, dado que la diferencia de años es independiente de que se vaya a producir. La psicóloga defiende que la amistad, independientemente de la categoría de edad, se va a basar en que sea algo recíproco. “Es decir, que los dos tengamos una intención sana hacia el otro, que nos sintamos libres. La edad no determina la calidad del vínculo ni la manera en la que se produce. Puede determinar un poco la manera de comunicarse, porque no vas a hablar igual con una persona de tu misma edad que con una 40 años mayor, pero la relación es igualmente sana”, indica. Para Sánchez, la edad más importante a la hora de afrontar una amistad de edad cronológica es aquella que a una persona le permita enlazar con otra, “porque el enlazamiento de la amistad, entendido como un vínculo, puede venir de muchas razones”.

