Probablemente, Sean Hepburn Ferrer (Lucerna, Suiza, 65 años) tenga razón en esas palabras que repite a todo el que quiera escucharle. Tanto que ahora las ha dejado por escrito, negro sobre blanco, en un libro: “[Mi madre] Nunca me hizo sentir como el hijo de una estrella de cine”. Su madre era nada menos que Audrey Hepburn, estrella de la era dorada de Hollywood, icono de estilo, adorada princesa del cine y reina de la cultura popular. Pero el hijo mayor de la actriz está muy lejos del oropel de la industria. Y eso que, durante la larga videollamada desde la buhardilla de su casa de Florencia, Ferrer recuerda y paladea un poquito de su vida más cercana al mundo del cine, de las calles a sus restaurantes favoritos de Los Ángeles. “Ese tailandés cruzando Cahuenga…”, rememora. El hijo de la ganadora del Oscar y del actor y director Mel Ferrer vivió 25 años en la ciudad californiana, entre la gestión del legado materno y su profesión como guionista y supervisor de guiones de cine. Ahora reside en Italia, sin trazas de regresar a un país que, en este momento, desprecia políticamente. Afirma que a su querida madre tampoco le gustaría, ni de lejos. “Diría: ‘Basta, he visto bastante’. Es inaceptable”.
Hepburn Ferrer es el autor del libro que podría considerarse el repaso definitivo a la historia de la actriz, Audrey íntima. La biografía autorizada, que Planeta publica en español este mes de abril. Asegura que será el último que escriba sobre ella. Poco después de morir la intérprete, el 20 de enero de 1993, gabarateó una treintena de páginas de recuerdos frescos sobre ella, que acabaron dando forma a Un espíritu elegante, una de sus biografías más vendidas, con hasta dos millones de copias en todo el mundo, explica. Desde entonces, a su agente le pedían más material en cada feria literaria, que él ha ido soltando a lo largo de los años. Justo antes de la pandemia, cuenta, incluso un libro infantil. Y esta es la traca final: ya no habra más. Lo ha contado todo, incluida su enfermedad y muerte, o las dolorosas infidelidades sufridas por su madre de su segundo marido, Andrea Dotti, y cree que es suficiente.
El escritor y guionista narra de manera cronológica —junto a la también escritora y periodista de guerra Wendy Holden, la que considera su “filtro, como un hígado”— la vida de su madre, tan normal como extraordinaria: una niña europea de padres divorciados, con una madre fría y un padre que las abandonó, a la que la Segunda Guerra Mundial casi mata de hambre, que persiguió una fallida carrera en el ballet que la convirtió primero en corista y después en una de las mayores actrices del mundo. Era, al fin y al cabo, una mujer con la que muchas pudieron identificarse. “La chica de la puerta de enfrente que sale al mundo con un vestidito negro”, sonríe su hijo. Sus amores, de su prometido británico a su primer marido, Mel Ferrer, y su segundo y doloroso matrimonio con Dotti, a su última pareja, Rob Wolders, pasan por el libro, así como sus inacabables ganas de ser madre y sus muchos abortos.

Temas también delicados para Hepburn Ferrer, nada fáciles de poner en letras. “Piensas que si Hepburn, que es un símbolo de belleza, de bondad, de humildad, de amor, puede sufrir infidelidades, entonces no hay nadie que se salve”, reflexiona. “Y ahí hay que tomar responsabilidad: hay que elegir no solo con los ojos, ni solo con el corazón, ni solo con el estómago, sino con la cabeza también. Crecer internamente para atraer a la persona justa. Porque hasta que esas antenas no emitan la señal correcta, no vas a encontrar la persona que te va a hacer bien”, sostiene, en perfecto español. Para él, era importante tocar esos temas, para “traerla a la tierra, humanizarla”: “Era así. No era nada construido. Detrás había una mujer que tuvo que pasar por todo lo que pasamos nosotros, todos”.
Él no quiere ir “al detalle sórdido o absurdo, porque no lo hay, sino contar la esencia”. Por eso se enfoca muy especialmente en lo que llama “el tercer acto de su vida, su trabajo humanitario”, que llenó profundamente a la protagonista de Sabrina (1954) y la convirtió en pionera de cómo la fama puede ayudar a colocar el foco en causas imposibles. Ella se plantaba en un campo de Somalia con 30.000 niños hambrientos a su alrededor, huyendo de vuelos privados y hoteles de cinco estrellas, pagando billetes de avión de su bolsillo y buscando vivir la experiencia con y como el resto de trabajadores. Podía parecer frágil, pero había fuerza ahí. “No se logra ser ese tipo de símbolo, de icono, de leyenda, sin tener cojones. Y perdón por mi español“, se disculpa Ferrer tras el taco. “Porque tenía la fuerza de proteger esa fragilidad, de mantenerla viva, como un pajarito en la mano, pero la mano era fuerte, la que lo mantenía”.
Para él, la estrella decidió dejar ese trabajo humanitario “por razones de salud, en el pico de éxito, en la nota más alta, como una ópera”. “Las grandes tragedias humanitarias no son un temblor, no son un tsunami, no son pandemias: son los horrores que hacen los hombres uno al otro”, explica sobre esas causas por las que luchaba su madre como embajadora de Unicef, viajando de Ecuador a Somalia.
Con ello, quiere reflejar que Audrey Hepburn dejó un legado en el cine, pero también en lo humanitario: hoy, como él mismo dice, no hay famoso que se precie sin aportar a una causa. “Es una mujer verdadera”, opina sobre su madre, con un verbo que, sin querer, se le conjuga en presente. “Tuvo una vida real. Tuvo dificultades, tuvo dolores, tuvo grandes felicidades y dejó esto, este legado increíble que todavía sobrevive, tan potente”.
El legado es también físico. Los Hepburn han conservado cientos, miles de objetos que llevan por todo el mundo en una gran muestra —ahora, viajando por China—. También decidieron hacer una gran subasta hace una década, con 500 lotes con sus objetos. No era una cuestión económica, de hecho, obtuvieron 5,3 millones en la primera jornada, un valor alto pero no impresionante. “Comparativamente con la de Elizabeth Taylor, que ganó más de 100 millones de dólares, creo que ganamos seis, siete o algo así, pero fue la subasta con el multiplicador más alto de la historia de Christie’s”, relata. “Había un montón de cosas en la oscuridad, con aire acondicionado, guardadas en el desierto. Y eso no tiene ningún sentido”, reconoce. “El sueño de esa subasta no era vender cosas de gran valor, sino que una niña enamorada de ella pudiera comprar una flor suya de seda y ponérsela en el pelo. Ese era el espíritu”.
Aun así, lógicamente, él sigue conservando “muchísimas cosas” de su madre, fotos, cartas, papeles. Hepburn no escribía diarios, pero sigue teniendo muchísimo material. “Cuando estamos instalando una exhibición y abrimos una caja que tenía un vestido suyo, hay un golpe de Audrey. Y tiene ya 50 años, pero todavía está ahí ese olor. En ese momento no sé en qué época estoy”, rememora, con una media sonrisa. Él sigue siendo “el guardián de ese legado, de ese trabajo”, que intenta devolverle en parte al público que creó la figura icónica de Hepburn con libros como estos.








Pero lo que más atesora son sus momentos juntos. Reconoce que esos últimos días de la actriz, cuando charlaban juntos con ella ya en su cama, “sentados en la oscuridad, hablando de todo y de nada”, es algo que llevará consigo hasta el final. Ahí era Hepburn, pero, sobre todo, era su madre, a la que agradece especialmente tres cosas: no haberles criado a él y a su hermano, Luca Dotti, en el ambiente de Hollywood; permitirles crecer en “una casa sin ideologías” y ser una madre a tiempo completo, algo que era, al fin y al cabo, la pasión de la actriz. Por cierto, su hermano aun no ha leído Audrey íntima. Trabajan en su legado a diario, comunicándose por mail. Su relación es, según la define, “correcta”. “Obviamente va a ser difícil para él releer y vivir todo lo que tiene que ver con su padre. Va a ser duro. Creo que no me va a enviar flores por eso. Pero también hablo muy directa y muy verdaderamente sobre mi padre”, afirma Hepburn Ferrer.

“Me preguntan a veces, ¿cómo fue ser hijo el hijo de una superstar? Me encanta la pregunta porque me gusta la respuesta: no tengo ni idea”, relata divertido. Para él, ella era la mujer que le recogía en la escuela, acogía a sus amigos, hacía los deberes con él. “Íbamos caminando o en un taxi al centro a comprar calcetines y libros. Se levantaba con el pelo aplastado para hacerme el desayuno. Me hacía pasteles para los cumpleaños. Y ya está”, reconoce. No fue hasta los 14 años cuando descubrió todas sus películas y, con una sábana y un proyector, las vio de una sentada en su casa de Suiza. Ahí supo que era una gran actriz. Tardó aun más en realmente saber quién era esa inmensa estrella. “Creo que no fue hasta que falleció y nuestro pueblecito de 500 personas se hinchó como una especie de Coachella, con miles de coches y 25.000 personas en la calle esperando que pasáramos con su ataúd. Ahí te das cuenta de que no solo es el trabajo de actriz, no solo la elegancia interior, que después se vuelve en esa elegancia que vemos en las fotos, sino también el trabajo humanitario. Había tocado a la gente profundamente”.
Por eso para él es duro ver la situación que vive el planeta. Cree que Hepburn, que fue parte de “la realeza del siglo XX, como decía Bertolucci”, sufriría mucho en este mundo. “Estoy muy amargado por ver cómo mi madre dio su vida por el sueño de una sociedad inclusiva, y nosotros trabajamos hacia eso desde 33 años, siguiendo sus huellas y, si te digo la verdad, se está desmantelando”, lamenta. Recuerda cómo la actriz abogaba siempre por la paz, e incluso abogaba por crear una universidad de la paz para estudiarla y afianzarla. Hepburn estaría ahora a punto de cumplir los 97, sería una venerable anciana, pero si siguiera viva, activa, ¿dónde estaría? ¿Quizá en Gaza? “Probablemente. Viendo a ver quién tiene el coraje de pegarle un tiro. Claro, porque una cosa es pegarle un tiro a un desconocido y otra cosa es pegarle un tiro a Audrey Hepburn”.
En 2029 se celebrará el centenario de su nacimiento. Hepburn Ferrer desea, para entonces, poder volver a Estados Unidos. ¿Qué homenajes le harán? ¿Quizá un museo permanente? Explica que no, que vendieron hace años su casa de Suiza, demasiado grande, y que intentaron hacer un museo en Ámsterdam o Bruselas que no cuajó. Pero él tiene un bonito proyecto: restaurar My Fair Lady con su voz original, “un pequeño sueño”. ¿Estaría Hepburn, actriz y madre, orgullosa de su legado, tres décadas después? “No era alguien que fácilmente sentía orgullo. Y si lo sentía, lo escondía”, reflexiona. “Pero creo que estaría satisfecha porque lo que vio, lo que invirtió y lo que regaló se ha usado bien”.

