
El primer acto de los emperadores Naruhito y Masako de Japón en su reciente viaje de Estado a los Países Bajos no estaba en la agenda. El domingo 14 de junio, tres días antes de que empezara el calendario oficial de su visita, los emperadores nipones fueron invitados por los reyes Guillermo y Máxima a ver el partido de fútbol que enfrentó a sus dos selecciones en la fase de grupos del Mundial. Una foto distribuida por la casa real holandesa en sus redes sociales muestra a las dos parejas en palacio, posando sonrientes con los colores de sus respectivos equipos, como si el partido (que finalmente empataron a dos) fuera un hito más en los 426 años de relaciones bilaterales entre Japón y los Países Bajos. “Quizás se estaba intentando potenciar un sentido de reconocimiento mutuo, de reciprocidad, de generar confianza; el deporte sirve para eso también”, dice al otro lado del teléfono Ernesto de la Cruz, catedrático de la Facultad de Ciencias del Deporte en la Universidad de Murcia. Para De la Cruz, miembro además del grupo de investigación en Salud Pública y Epidemiología en la Facultad de Medicina, el deporte, “a diferencia de otro tipo de entretenimiento, consigue aunar a las personas con un sentido de pertenencia, identidad compartida, emoción colectiva”. Y los datos le respaldan.

