Antes, cuando Montse, creativa publicitaria de Barcelona de 32 años, salía de trabajar y empezaba a caminar, se ponía los auriculares y escuchaba música, hacía alguna llamada pendiente o llevaba un podcast sonando de fondo. Ahora intenta hacer algo distinto. “Intento no ponerme cascos porque creo que me siento desconectada del mundo exterior”, cuenta. A veces lo consigue. Otras no. “Tengo que decir que noto que escuchar todo el rato música o podcasts me reduce muchísimo la actividad mental. No en el sentido de que me quede babeando, pero me reduce la presión que siento en la cabeza”.
Este testimonio retrata un hábito cada vez más extendido: la mayoría de nosotros siempre estamos escuchando algo mientras cocinamos, cuando caminamos, hacemos deporte, limpiamos la casa o viajamos en metro. Se ha convertido en un hábito del que nos cuesta mucho huir. Quizá las pantallas son las que siempre se nombran cuando se habla de la saturación de información que recibimos cada día, pero esta también nos entra por los oídos.
Según el informe Engaging with Music 2023 de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), citado por Promusicae, los españoles escuchamos una media de 21,6 horas de música a la semana, casi una hora más que la media mundial. El estudio también señala que los consumidores utilizan una media de 7,5 métodos diferentes para escuchar música. En otras palabras, que el acceso es inmediato, portátil y constante. El silencio, en cambio, empieza a sentirse como algo inaccesible.
“En consulta, aunque no suele ser el motivo de la visita, vemos constantemente que hay personas que necesitan tener siempre algo puesto: música, vídeos, podcasts, redes sociales o cualquier otro contenido de fondo para estudiar, trabajar, cocinar, caminar, ducharse o incluso dormir”, explica el psicólogo David Teijido Carpente, del centro de psicología VITEI. “Muchas veces funciona como un automatismo. Aparece en momentos de aburrimiento, soledad o silencio. Casi sin pensarlo, la persona busca un estímulo externo para tapar esa incomodidad”.
La desaparición de los espacios vacíos
La neurocientífica Nazareth Castellanos lleva años investigando la relación entre el cerebro, la atención y los estados de reposo mental. Para ella, este problema no puede entenderse sin observar primero el entorno en el que vivimos. “Nos movemos en entornos muy ruidosos. Especialmente en el urbano”, explica. “Y los ruidos que más nos estresan son los discontinuos: el tráfico, una ambulancia, una obra en el piso de al lado, un claxon. Entonces, escuchar música o conversaciones a través de auriculares es una forma de aislarnos del ruido externo”.
Castellanos insiste en que el cerebro procesa muchos más estímulos de los que creemos. “Aunque yo no me pare a ser consciente de ellos, eso no significa que el cerebro no los esté procesando”. Esa acumulación genera lo que define como “una sobrecarga cognitiva”, un desgaste mental que termina afectando tanto a la concentración como al estado emocional.

La paradoja de esto es que intentamos protegernos del exceso de ruido añadiendo todavía más estímulos. Montse reconoce que hace exactamente eso: muchas veces utiliza los auriculares para aislarse de lo que le rodea. “Si estoy en el tren y tengo un señor que hace ruido al masticar un chicle o a alguien viendo TikTok con la música a tope, pues me pongo de muy mal humor”, cuenta. “Los auriculares te ayudan un poco a no tener que convivir con eso”.
Pero, según Castellanos, esa necesidad de ocupar todos los huecos del día tiene otra consecuencia menos obvia: elimina los momentos de reposo mental. “Cuando llenamos todos nuestros espacios con contenido, no damos a la mente la oportunidad de descansar”, resume Castellanos. “Y esa sobrecarga cognitiva hace que tengamos menos capacidad de creación, de inspiración y menos capacidad para el diseño de estrategias”.
En neurociencia existe un concepto que aparece una y otra vez cuando se habla de silencio e introspección: la red neuronal por defecto. Es el sistema que se activa cuando dejamos de atender tareas concretas y la mente entra en una especie de estado basal. No significa que el cerebro se apague, al contrario: empieza a ordenar emociones, construir narrativas internas, conectar recuerdos y elaborar pensamientos. “Es la actividad que el cerebro emprende cuando no hay una tarea concreta”, explica Castellanos. “Y se ha visto que esos momentos son fundamentales para la resolución de situaciones emocionales, la creatividad y la inspiración”.
David Teijido lo explica desde su propio ángulo. “Estar en silencio, aburrirse o quedarse a solas con los propios pensamientos no es tiempo perdido”, afirma. “Es un espacio donde la mente ordena, conecta ideas, detecta problemas, toma decisiones y procesa emociones”. El psicólogo utiliza a menudo en consulta un ejemplo histórico: “La filosofía al final es pensar muy fuerte sobre algo”, dice. “Muchas ideas importantes nacen precisamente del aburrimiento y de estar a solas con nuestro propio pensamiento”.

Montse reconoce esto mismo, que algunas de sus mejores ideas aparecen precisamente cuando no está consumiendo nada: “Cuando me vienen ideas suele ser por la noche, en la cama. También en la ducha”, cuenta. Aunque no todo es malo: “A veces escuchar cosas me inspira, desde luego, no es el motivo de hacerlo”.
Pero, ¿qué ocurre si decidimos apagarlo todo? Porque si escuchar música o programas todo el tiempo es un problema, el hecho de no hacerlo puede traernos más problemas todavía. “Usamos los auriculares como un mecanismo de defensa ante la soledad”, sostiene Castellanos. “Porque el silencio nos genera una sensación de soledad muy fuerte”. La neurocientífica recuerda que, incluso cuando escuchamos música, seguimos percibiendo una voz o una presencia detrás. Estamos “con alguien”, pero el silencio nos lleva más hacia nuestro interior, “y el interior hay veces que es un poco abrumador”, señala. Teijido coincide con esto: “La señal de alarma aparece cuando ya no podemos elegir”, explica. “Cuando necesitamos ponernos algo porque si no aparece la ansiedad, el aburrimiento o la incomodidad emocional”. Por eso muchos especialistas prefieren hablar de intolerancia al silencio antes que de adicción a la música: “Con el silencio puede aparecer inquietud, ansiedad, irritabilidad, sensación de vacío o necesidad de mirar el móvil”, explica el psicólogo. “No porque el silencio sea peligroso, sino porque la persona ya no está entrenada para estar así”.
La experiencia de Montse encaja con esa descripción: “Me incomoda muchísimo cuando me dejo los auriculares en casa”, admite. “Me enfado y me agobio”. También es cierto que, cuando esto ocurre, intenta adaptarse. “Pienso, me esfuerzo por mirar por la ventana… No está tan mal, creo que lo sé gestionar mejor que algunas personas que conozco”.

Pero la relación con el audio no es necesariamente negativa. La música nos puede ayudar a relajarnos, mejorar la concentración o convertir tareas rutinarias en algo más llevadero. El propio informe de la IFPI señala que el 78% de las personas asegura que la música les ayuda a reducir el estrés. Montse utiliza la música como una herramienta funcional: “Cuando estoy trabajando, utilizo mucho música para concentrarme”, cuenta.
Pensando en las mejores formas de gestionar esto, Castellanos deja muy claro que el descanso mental no requiere de grandes rituales: “No hace falta conseguir el silencio absoluto durante mucho tiempo”, explica. “A veces basta con pequeños microdescansos de uno o dos minutos a lo largo del día”. La neurocientífica habla de “microhábitos”. Pararse un momento. Cerrar los ojos. Respirar. Caminar unos minutos sin auriculares. Detectar cómo está el cuerpo antes de seguir acumulando estímulos. “Ir descansando más que descansar”, resume.
Por su parte, Teijido recomienda introducir pequeñas pausas sin estímulos externos. “Ducharse sin poner nada, caminar diez minutos sin auriculares, comer sin mirar el móvil o dejar los primeros minutos del día sin pantallas ni radios”, enumera. “Lo importante es comprobar que no pasa nada malo por quedarse a solas con nuestros pensamientos”.
Montse todavía no sabe si conseguirá acostumbrarse del todo a caminar sin auriculares. Lo intenta algunos días. Otros vuelve a la música o a las llamadas interminables con su hermana de camino a casa. Aun así, empieza a notar algo distinto cuando consigue resistir la tentación de llenar el silencio: “Necesito conectarme [conmigo misma]”, repite. Y resulta llamativo que use ese verbo en la era de la comunicación para referirse, precisamente, a hacer todo lo contrario.

