
El otro día fui a comprar unas gafas nuevas de ver y pedí algo sencillo: unas gafas que no dijeran nada de mí. Ni discretas, ni intelectuales, ni de diseñador. Gafas mudas. El dependiente sacaba monturas con la paciencia de quien ha visto muchas crisis de identidad, pero todas hablaban. Unas decían arquitecto amable. Otras, algo entre editor cansado y terapeuta caro. Las neutras eran las peores.

