
A última hora del martes 12 de mayo, las redes sociales del mundillo relojero empezaron a arder. En realidad, llevaban una semana al rojo vivo, desde que Swatch y Audemars Piguet anunciaron una colaboración. Había motivos sobrados para la expectación: Swatch, la firma que ha rediseñado el reloj de pulsera en clave accesible, colorista y desprejuiciada, lleva años poniendo patas arriba las convenciones del sector con sus colaboraciones con relojeras de lujo: primero fue Omega, con quien ideó el exitoso Moonswatch, que lleva años encadenando lanzamientos que se agotan a velocidad de vértigo; después, Blancpain, con quien reinterpretó, siempre en su material biocerámico, su célebre reloj de buceo. Pero la colaboración con Audemars Piguet presentaba otros matices. Para empezar, porque no es una marca del entorno del grupo Swatch, sino una orgullosa relojera independiente con 150 años de historia y una apuesta constante por el lujo, asentada sobre todo en su Royal Oak, un modelo con caja de Gérald Genta lanzado en 1972 y que se propuso algo inédito: producir un reloj deportivo y de acero tan exclusivo y lujoso como un modelo de oro.

