De las mil maneras que tiene un hombre para convertirse en un cliché veraniego andante, existen dos particularmente reconocibles. En la primera, uno llega a la terraza de un hotel de Positano con un negroni sbagliato sostenido por las puntas de los dedos, luciendo una camisa abierta hasta el tercer botón, unas gafas de sol de marca visible y el cabello aún húmedo, en mechones que se extienden, fluidos pero milagrosamente inmóviles, desde el nacimiento hasta la nuca. En la segunda, la melena se abulta en bucles aparentemente descuidados y quizá los cubra un gastado sombrero de paja, aunque la prenda principal es una camiseta de manga larga a rayas horizontales, la bebida una copa de Gris Blanc, y el marco el paseo de algún encantador puerto bretón.
Por si hace falta aclararlo, ambas imágenes corresponden a dos modelos de deseo estivales muy extendidos: la primera al hombre italiano y la segunda al francés. Sabemos que la frontera entre lo aspiracional y su parodia es muy estrecha. También que todo tópico nacional funciona como una caricatura, que deforma los rasgos del original sin dejar de hacerlos reconocibles. Por ese mismo motivo logran sobrevivir y también explicar la realidad con cierta solvencia. Es lo que ocurre con estas dos encarnaciones masculinas que, al menos en Europa, llevan décadas operando como perfectos espejos aspiracionales sin dejar de ofrecer al mismo tiempo un amplio potencial autoparódico. Lo que inevitablemente conduce a una pregunta: ¿a cuál convendría más parecerse?
Jasmine Spezie es la fundadora de la agencia de comunicación IC Insight Communications, especializada en moda, arte y hostelería de lujo, con oficinas en Milán y París. Aunque nació en Alemania, Spezie vive entre ambas ciudades, además de pasar algunas temporadas en España. Todo ello la convierte en legítima jueza de esta querella. “Lo que distingue el estilo masculino italiano del francés no es tanto lo que los hombres llevan puesto como lo que intentan comunicar”, explica. “Los italianos construyen su imagen de forma deliberada. La silueta, las proporciones, el color, el cuidado personal: todo está pensado, y el resultado aspira a ser visto. Hay placer en ello, pero también confianza. Las marcas y los detalles de calidad importan, no por inseguridad, sino como muestra de fluidez en un lenguaje compartido de representación. Y el estilo masculino francés funciona de otra manera, porque el objetivo no es parecer arreglado, sino natural: el conjunto parece improvisado, pero el ajuste es siempre impecable y los logotipos brillan por su ausencia. Un francés de cierta posición social recurrirá a una camiseta gastada con la misma intención con la que un italiano elige una camisa de lino, porque la identidad social francesa no depende de la ropa de la misma manera. Aquí cuentan el intelecto y la ironía, y también cierta desenvoltura”.


Una vez asumido que nos deslizamos por el terreno resbaladizo de la generalización, puede deducirse de esto que en la vertiente italiana los hombres parecen saber en todo momento que son mirados, e incluso reclaman esa mirada y acceden gustosos a la condición de objetos; mientras, en la francesa se trata de preservar la capacidad de actuar como sujeto que observa y juzga, para lo cual a su vez resulta esencial adoptar un aparato estético mucho menos llamativo (lo que no equivale a menos trabajado).
No siempre se cumplieron estas premisas. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, el veraneo y sus rituales eran patrimonio exclusivo de la nobleza y la burguesía, por lo que en toda Europa se regían por unos códigos estéticos propios de estas clases; podemos visualizar así a los protagonistas de La muerte en Venecia de Thomas Mann, A la sombra de las muchachas en flor de Proust o, más tarde, El jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani, vestidos de pies a cabeza de lino y algodón en infinitos tonos de marfil o blanco roto. Sin embargo, tras la cesura de la II Guerra Mundial, cuando las vacaciones de verano se popularizan y acceden a ellas otros estamentos sociales, empiezan a aparecer las diferencias geográficas, que el cine explotará casi como rasgos de identidad nacional. En Italia, películas como L’avventura, de Antonioni (1960), o Pobres pero guapas (1957) e Il sorpasso (1962), de Dino Risi, esta última con unos icónicos Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant, contribuyen a la causa. Pero es quizá La dolce vita (1960), de Federico Fellini, donde el estereotipo queda fijado de manera definitiva gracias a ese Marcello Mastroianni que, al amanecer, escapa de una fiesta y pasea por la playa vestido con camisa oscura, traje claro y pañuelo al cuello.
En cuanto al equivalente francés, probablemente no haya un director que haya invertido más esfuerzo en construir la imagen masculina veraniega definitiva que Éric Rohmer. Muy en especial en películas como La rodilla de Clara (1970), con Jean-Claude Brialy vistiendo camisa blanca, sombrero de paja de ala generosa y cárdigan o jersey marino al hombro; Cuento de verano (1996) y un jovencísimo Melvil Poupaud de melena indómita, fluidas camisetas oversize y ocasional guitarra en mano; o Pauline en la playa (1982), donde tres actores parecen representar sendas caras de la masculinidad francesa: el intrigante maduro de Féodor Atkine, el espigado surfero de Pascal Greggory y el posadolescente de Simon de la Brosse, abonado a los minishorts playeros. Como Rohmer, François Ozon ha reincidido varias veces en el tema estival, pero quizá sea en Verano del 85 (2020) donde construye un modelo más consistente gracias a sus dos jóvenes protagonistas, de un registro ochentero ligeramente idealizado.


Mucho antes, en Las vacaciones del Sr. Hulot (1953), Jacques Tati presentaba un veraneante francés medio, pero pasado por el filtro de la comedia. Y, ya en este siglo, Jean Dujardin aportó un interesante tono satírico gracias a las sagas OSS 117 y Brice de Nice, donde la parodia se hacía explícita. Del mismo modo, aquí resultaría imperdonable no citar al atlético Jean-Paul Belmondo y su vestuario de ensueño en El hombre de Rio (Philippe de Broca, 1964) y Pierrot el loco (Godard, 1965). En cuanto al rival de Belmondo como sex symbol galo oficial de los 60 y 70, Alain Delon, se italianiza abiertamente con sus looks de camisa abierta en La piscina (Jacques Deray, 1969) con la complicidad de su compañero de reparto Maurice Ronet. Delon y Ronet ya habían coincidido en A pleno sol (René Clément, 1960), que propiciaba una situación peculiar: en esta adaptación de una novela de Patricia Highsmith, ambos actores franceses interpretan a anglosajones integrados en el verano de la costa amalfitana, en un crossover estilístico que procuraba estimulantes resultados.
Pero, volviendo a separar el trigo de la paja, para entender la diferencia de aproximaciones sobre un mismo concepto de fondo basta comparar las imágenes publicitarias de los perfumes Light Blue, de Dolce & Gabbana (David Gandy a plenísimo sol con un slip blanco frente a los faraglioni de Capri) y Bleu de Chanel (Gaspard Ulliel cubierto por el agua de una piscina nocturna y apenas iluminado, como un beau ténébreux de manual). Es difícil ser más italiano que lo primero, aunque el modelo sea británico, y más francés que lo segundo.
Enrique Rey, colaborador habitual de ICON y autor de Melón con jamón (Temas de hoy), un exhaustivo ensayo sobre el verano como paisaje emocional y artefacto cultural, ofrece algunas pinceladas sobre esta dicotomía transalpina. “Desde la marinière, esa camiseta de manga larga con rayas blancas y azules horizontales que la Armada Francesa usó como uniforme de faena durante el siglo XIX y que más tarde se convirtió en icono de la moda, los hombres franceses siempre han sabido cómo vestirse para navegar”, afirma. “Parece que su especialidad es enfrentarse a lo que Kant identificaba con lo sublime marítimo. Pero, llegadas las vacaciones, saben relajarse, como los personajes de Rohmer. Todos esos marineros aguerridos se convierten en ligeros windsurfistas en agosto, o en ágiles regatistas que dominan catamaranes pequeños y nerviosos. Los italianos son otra cosa, como puede comprobarse en sus películas. Yo me los imagino como los protagonistas de Il Vitelloni, de Fellini: burlones, zánganos, ingeniosos y cultivados casi a su pesar. También son así los hombres de L’avventura de Antonioni y hasta de Il sorpasso: pueriles y descreídos en una época durante la que el papel de galán indeciso y algo descerebrado lo interpretaban actores bastante maduros”.


Comprimidas entre estos dos ejemplares en liza, otras opciones nacionales europeas han tendido a palidecer: resulta difícil identificar un arquetipo masculino estival griego, portugués, noruego o incluso español, por ejemplo. Sin embargo, para Jasmine Spezie sí existen algunos rasgos que caracterizan a nuestro españolito veraniego: “España ocupa una posición propia, y distinta de lo que suele suponerse. La idea de que los hombres españoles visten sin códigos es un malentendido. Los códigos existen, pero son regionales y contextuales antes que nacionales. Además, la vestimenta en España es más ligera y relajada que Italia, pero con una atención al corte y al contexto mayor que la del ideal francés de informalidad despreocupada. Aunque lo que realmente distingue a España es aquello en torno a lo que se organiza la masculinidad. Mientras que el ideal italiano gira en torno a la presentación y el francés alrededor del intelecto y la ironía, diría que la versión española pone más énfasis en la calidez, la espontaneidad y la energía social”.
Por su parte, Enrique Rey nos devuelve la imagen, propia del desarrollismo, del español que en verano trata de aprovechar las migajas eróticas o económicas que dejaba el turismo europeo en nuestras costas, con referentes como el cuento Condenada belleza del mundo, publicado por Luis Martín Santos en 1963, o la película Vivan los novios, de Luis García Berlanga, rodada en Sitges en 1969. En su opinión, tampoco es que la cosa haya cambiado tanto desde entonces, así que para encontrar referentes de estilo propone más bien mirar al Caribe: “Siempre acabamos viéndonos como Quijotes delgados y un poco vapuleados por las circunstancias. Y, para cuando hemos tenido la potencia económica suficiente, todos los imaginarios del verano estaban ya ocupados por nuestros vecinos de mar. Así que quizá solo nos queda surfear la ola más obvia: por la mañana café, por la tarde ron y abrazar las guayaberas. Al fin y al cabo, algunos de nuestros abuelos y bisabuelos fueron indianos que ya lo hicieron con estilo”.

