
Cuando se pone de gala, la política suele mostrarse torpe. Zuhal Demir, la implacable ministra de Educación, Justicia y Trabajo en el Gobierno de Flandes —punta de lanza del nacionalismo flamenco por el partido conservador N-VA—, buscó en 2024 el fetiche del Departamento de Moda de la Real Academia de Bellas Artes de Amberes para celebrar el Día de la Mujer. Quería una foto molona, así que acudió a la escuela para que le prestara su aura, instando a los alumnos a que la vistieran para la ocasión. “Dije: ‘Hagámoslo, dialoguemos’. Porque estoy abierto al debate. Había mucha gente en contra. La de críticas que recibí…, pero creía necesario abrir una vía de contacto de ámbito estatal”, resume Brandon Wen, director artístico de la que, seguramente, sea la academia de moda más prestigiosa de la que haya noticia. Sentado en la terraza de un bar cercano al que acuden chavales y docentes para desconectar, hoy recuerda aquel envite como un pecado de ingenuidad que le ha dejado regusto amargo: al cabo de unos meses, Demir le daba las gracias con un decreto ley que elimina la mayor parte de la financiación gubernamental para los estudiantes internacionales. “Ahora solo podemos tener un 2% de matriculados extracomunitarios. El problema es que nosotros, dentro de Flandes y Bélgica, somos uno de los centros de enseñanza con mayor presencia foránea”, expone. Un misil al corazón de una escuela en la que entre el 43% y el 48% del alumnado llega de lejos para seguir alimentando el mito del diseño belga.

