A Meghan Markle se le han echado en cara a lo largo de los años infinidad de cosas, pero uno de los tropiezos que escamó con mayor fuerza a los amantes del protocolo será siempre haber cruzado las piernas por la rodilla en el Palacio de Buckingham durante la entrega de los Premios de los Jóvenes Líderes de la Reina. Tras demostrar el dominio de la denominada Sussex Slant, que supone cruzar las piernas a la altura de las rodillas con un ángulo muy pronunciado hacia un lado, cuando se sentó junto al príncipe Harry y la reina Isabel, cruzó las piernas accidentalmente por las rodillas durante unos segundos. ¿El problema? El protocolo establece que debe ser con las piernas a un lado o cruzadas por los tobillos. Aunque recuperó rápidamente la (com)postura, el momento ya había sido capturado y los cuchillos, afilados.

Pilar Domínguez, creadora del Método Pilar Domínguez -cuyo objetivo es que la consciencia y la corrección postural ocupen un lugar relevante en el ámbito de la salud y del deporte-, recalca, al margen del protocolo, que la postura Sussex Slant es delicada. “Al poner una pierna encima de la otra, es necesario ir alternando de pierna para no entorpecer la circulación. Quien se siente de esta manera tiene que aprender, al poner la pierna encima de la otra, a no levantar la cadera. Markle, al sentarse siguiendo esta postura, la tiene un poco levantada y eso puede perjudicar a las lumbares. Siempre tenemos que buscar la simetría”, puntualiza.
La postura Cambridge y el cruce delicado
María José Gómez y Verdú, formadora y especialista en protocolo y etiqueta, explica a S Moda que la llamada postura Cambridge, en su acepción más mediática, se refiere a una forma concreta de cruzar las piernas al sentarse: las rodillas permanecen juntas y las piernas se inclinan ligeramente hacia un lado, normalmente con los tobillos alineados. “El nombre se popularizó en medios internacionales al asociarse con figuras de la familia real británica, especialmente a la princesa de Gales, Kate Middleton, quien ha adoptado este gesto en numerosos actos públicos”, asegura. Sin embargo, basta con echar un vistazo al archivo de imágenes del pasado para ver que Diana de Gales posaba en esta postura en numerosas ocasiones, incluyendo la ya histórica imagen ante el Taj Mahal en 1992.

Luciana Soria, es médico de Blua Sanitas y recalca que el principal problema no es únicamente cruzar las piernas, sino permanecer muchas horas sentados y en una postura estática. “El sedentarismo prolongado disminuye la activación de la musculatura de la pantorrilla, reduciendo la función de ‘bombeo’ que tienen los gemelos. Esto dificulta que la sangre vuelva con fluidez hacia el corazón. La falta de movimiento enlentece la circulación venosa y puede favorecer la aparición de cansancio, rigidez o sensación de hinchazón en las extremidades inferiores”, advierte antes de señalar que esta postura es especialmente delicada en personas con hipertensión arterial. Cruzar las piernas a la altura de las rodillas puede alterar temporalmente las cifras de presión arterial, especialmente durante su medición. “Esta postura genera cambios hemodinámicos que pueden producir un aumento transitorio tanto de la presión sistólica como de la diastólica, modificando la fiabilidad de la lectura”, dice.
Janin Barboza, autora de Fundamentos prácticos de etiqueta y protocolo (PanHouse, 2024), sí alude a cuestiones protocolarias y asegura que esta postura es aclamada por motivos de estética y modestia. “Al inclinar las piernas, evitamos que las rodillas apunten directo a la cámara y alargamos la figura. Al margen del largo de la falda, la postura siempre será decorosa y profesional”, comenta. Añade que también evita que la persona se ‘hunda’ en el asiento, manteniendo una actitud de alerta y presencia activa durante eventos que pueden durar horas. Yolanda Suárez, fundadora de la empresa Enchúfate a la vida, quiere hacer un apunte. “El cuerpo no necesita posturas perfectas, sino movimiento frecuente y variado”.
Sexismo sobre la silla
Irene Montero publicaba en sus redes sociales un vídeo al que titulaba Protocolo para mujeres: desaparecer, en el que denunciaba que se exija a las mujeres sentarse de una manera determinada. “Lo importante es ocupar lo menos posible y sonreír mucho, especialmente cuando somos muchas mujeres. En el sofá estás en una reunión con más gente, pero lo importante no es tu opinión porque no puedes hablar: tienes que estar concentrada en permanecer muy recta y con las piernas en una posición perfectamente correcta”, dice. “Recordad, chicas, que el protocolo para ser una buena mujer es hacer lo sea para desaparecer y que José Luis pueda participar plenamente en la conversación teniéndote a ti como el perfecto complemento a su maravilloso discurso”, asegura con ironía.
No es la única que cree que las normas acerca de cómo han de sentarse las mujeres y la fijación por la postura Cambridge tienen unas raíces profundamente misóginas al imponer restricciones físicas y normas de comportamiento exclusivamente a las mujeres. Estas reglas se centran en la modestia, la vigilancia constante del cuerpo femenino y estándares de género anticuados. “¿Cuántos vídeos hemos visto en Instagram recomendando a los señores cómo se pueden sentar de forma elegante? Ninguno, ¿verdad? Es además una cuestión muy clasista. Sinceramente, quien es elegante y cruzas las piernas, sigue siéndolo, del mismo modo que si eres una persona absolutamente vulgar, por más que cruces las piernas imitando a Kate Middleton, serás solamente una imitadora”, dice Joan Callarissa, periodista experto en realeza y moda.
Anna Ruth Mason-Mackay señala en el estudio Gender, Sex and Desk-Based Postural Behaviour: A systematic review re-interpreting biomechanical evidence from a social perspective Author links open overlay panel (Género, sexo y comportamiento postural en trabajos de escritorio: una revisión sistemática que reinterpreta la evidencia biomecánica desde una perspectiva social) que mientras que la masculinidad se asocia con el dinamismo y con posturas poderosas y expansivas que separan las extremidades del cuerpo, la feminidad se asocia con “la quietud y con posturas sumisas y contraídas que mantienen las extremidades cerca del cuerpo”. Asegura que la literatura de las ciencias sociales ha analizado exhaustivamente el efecto del género en la postura y el movimiento, destacando el potencial de las normas de comportamiento basadas en el género para actuar como limitaciones en los patrones posturales y de movimiento que una persona se siente capaz o autorizada a utilizar. “Este potencial de las normas de género para crear limitaciones biomecánicas mediadas socialmente conlleva la posibilidad de que dichas normas contribuyan a la baja variabilidad mecánica asociada con diversas disfunciones y síntomas musculoesqueléticos”, dice antes de apostillar que los estudios que investigan el dolor musculoesquelético subrayan una mayor prevalencia de dolor en los grupos de participantes femeninas. Porque quien prioriza la modestia y la elegancia a una postura corporal saludable, termina por sufrir las consecuencias.

¿Tiene sentido para quien no es royal?
Mar Casas, consultora internacional en protocolo y comunicación ejecutiva, considera que limitarlo a una postura simplifica en exceso el concepto, pues remite a una forma de control corporal vinculada a una herencia cultural consolidada: el cuerpo educado como vehículo de distinción y el cuerpo disciplinado como código de pertenencia. “El término ‘Cambridge’ no designa entonces una técnica sino una categorización estética: contención, precisión y conciencia del propio cuerpo como parte del lenguaje social”, asegura antes de apostillar que el protocolo sigue siendo importante en la actualidad porque ordena la presencia. “La percepción es determinante en contextos donde la imagen es decisiva. La elegancia no depende de cruzar o no las piernas, sino de la coherencia, el control y la adecuación al contexto. No es la forma lo que importa, sino lo que comunica”, señala.
Callarissa no está de acuerdo. “Puede llegar a tener cierto sentido en contextos donde el protocolo es muy relevante, pero ninguno de los que consumen estos vídeos y este contenido que dice que te tienes que sentar con modestia va a sitios donde se espera eso de él”, asegura. La propia Meghan Markle explicó que el protocolo real le hacía “sentir inauténtica”. “Aunque es un ejemplo tonto, es una buena manera de reflejar que cuando puedes vestirte como quieres, puedes decir la verdad y puedes presentarte en ese espacio de forma orgánica y auténtica, eres capaz de sentirte cómoda contigo mismo”, aseguró. Y en este combate entre los defensores de la importancia de la postura corporal por motivos de salud, los que creen que la manera de sentarse es una aliada de la elegancia y quienes creen que se trata de normas arcaicas y machistas, Barboza se sitúa en el segundo equipo al señalar que la etiqueta es para todos. “No pertenece a una clase social, sino a quien quiera proyectar respeto y seguridad. Se le enseña a mujeres profesionales, ejecutivas o cualquier persona que deba estar frente a un público o cámaras. En un mundo tan visual, saber sentarse correctamente es parte de nuestro mensaje de liderazgo”, explica a S Moda.
“Este tipo de control postural se trabaja en tres ámbitos: la formación en protocolo y etiqueta —históricamente vinculada a élites, aunque hoy más transversal—, ciertos entornos profesionales de alta exposición, como directivas, portavoces, diplomáticas o figuras públicas, y aquellos contextos en los que la imagen actúa como capital simbólico”, comenta Casas, que como mentora en protocolo y etiqueta, se centra precisamente en la gestión de la presencia en escenarios de alta exposición.
Pilar Domínguez, que por supuesto se engloba en el primer equipo, reflexiona acerca de la postura que nos ocupa. “Siempre discuto cuando dicen que hay que sentarse con la espalda erguida. Sentarte sobre los ciscos estirando la espalda erguida, es dificilísimo. ¿Qué pasa con la persona que se pone así? Que acaba metiendo las lumbares para adentro por cansancio y se destroza la espalda. Yo siempre digo: sentaros hacia atrás y relajad el cuerpo hacia delante”, asegura a S Moda. “La mujer contemporánea entiende que su postura es su primera carta de presentación. La elegancia es una técnica que cualquier mujer puede dominar para ganar confianza en cualquier entorno, desde una reunión de negocios hasta una tarde de té”, explica Barboza en este ring protocolario.
María José Gómez y Verdú aclara que pese a que su popularidad proviene de entornos institucionales y figuras públicas, no está ligada a una clase social concreta ni a una profesión específica. “Este tipo de recurso se enseña habitualmente en formación de protocolo, comunicación, imagen personal o preparación mediática, dirigida a perfiles muy diversos: directivas, portavoces, profesionales de atención al público o cualquier persona interesada en mejorar su presencia. Más que una cuestión de estatus, responde a una lógica práctica: adaptar el lenguaje corporal al contexto para comunicar de forma más eficaz y coherente”, dice.
Los mitos de la postura Cambridge
Los defensores de esta postura indican que la gente cree que es una norma rígida y exclusiva de la aristocracia y matizan que lejos de estar codificada en ningún manual, se trata de una práctica observada, heredada y repetida en determinados contextos. “Otro equívoco es restringirla a una cuestión de elegancia superficial. En realidad, pertenece al ámbito del lenguaje no verbal y se articula en torno a dinámicas más amplias de percepción social, contexto y jerarquía”, comenta Casas. “También se interpreta como una postura obligatoria. Convertirla en norma implica una lectura reducida y simplista de la etiqueta y del comportamiento social, al ignorar su carácter contextual y no normativo. En realidad, se trata de una opción dentro de un amplio repertorio de comportamientos formales, cuyo sentido depende siempre del entorno en el que se desarrolla”, dice la experta en protocolo, ceremonial y consultoría de imagen.
“Por último, persiste la idea de que basta con imitar el gesto para proyectar estatus. Sin embargo, reproducir la forma sin entender el fondo —el contexto y las circunstancias— genera el efecto contrario. Un gesto aislado no es sofisticado. Lo importante es la coherencia global de la presencia”, asegura antes de dar la pincelada final. “La llamada postura Cambridge no es una norma, sino un síntoma que es el resultado de una conciencia corporal. Y, como es propio de todo lenguaje protocolario, no busca imponer una forma, sino eliminar el ruido innecesario”.
El problema es que el ruido sigue siendo profundamente machista, por lo que las imposiciones acerca de cómo las mujeres han de sentarse no dejan de controlar sus cuerpos y de contribuir al borrado. Porque al enseñar a Pilar Domínguez la imagen en la que Meghan posa junto al hijo menor de Diana de Gales y de Isabel II, tiene muy claro a quién señalar. “El que indudablemente está sentado fatal es él. ¡Que cierre las piernas!”. Pero nadie le echó en cara semejante manspreading, porque los segundos en los que su esposa cruzó las piernas por las rodillas fueron los que acapararon los titulares.

