Resulta curioso cómo el sex symbol masculino de hoy es el empotrador, en comparación con el seductor de antaño, reencarnado en muchas figuras del cine o la música: Elvis Presley, Paul Newman, Sean Connery, Richard Gere, Brad Pitt… Quizás el personaje de James Bond sea un buen compendio de todas ellas: un tipo elegante, inteligente, atractivo, refinado y experto en las artes amatorias, como sugerían las tórridas escenas de cama siempre presentes en sus aventuras. “Lo que busco, en realidad, es un empotrador”, confiesan concursantes de todas las edades en el programa First Dates. “¡Cómo me gustaría encontrar un hombre de esos que llegan y te ponen de vuelta y media!”, fantaseaba una amiga que llevaba tiempo sin tener sexo con otra persona que no fuera ella misma. No deja de ser sorprendente que, a estas alturas, la fantasía sexual de muchas mujeres sea el nuevo macho alfa, al que se le supone un gran vigor y potencia sexual, una actitud dominante y directa y poco tiempo para la seducción, el flirteo o los preliminares. ¿De verdad que las mujeres no solo nos conformamos, sino que soñamos con este estereotipo?
Se pide que el hombre transite hacia una nueva masculinidad, que sea más sensible, que abrace su lado femenino, que se deconstruya; al mismo tiempo que se suspira por el que empotra. En esta gran incoherencia, los más jóvenes ven cómo los chicos sensibles no se comen una rosca, mientras que algunas canciones de reguetón hacen honor al empotrador: “Mami, te vo’a dar hasta que te duela la popola”, canta Bad Bunny en Where She Goes.
“Espero que el empotrador no sea el sueño erótico de nadie”, afirma Gloria Arancibia Clavel, psicóloga y sexóloga, con consulta en Madrid, “porque eso significaría que volvemos a los roles de género, a la sexualidad normativa, al patriarcado más rancio, al falocentrismo y al coitocentrismo. Y no digo que el aquí te pillo, aquí te mato no tenga su atractivo; pero deberíamos estar ya en una posición en la que demandáramos una sexualidad más elaborada, en la que añadimos placer y erotismo a las relaciones y no nos limitamos a prácticas meramente coitales”.

Sin ser extremistas y entendiendo que, incluso el amante más directo puede tener sus puntos a favor, lo primero que nos viene a la cabeza cuando se habla de este modelo sexual es, básicamente, alguien que (como su nombre indica) empotra. Sin demasiadas florituras ni preámbulos. En la demanda de un personaje de estas características, se intuye también la necesidad perentoria de ser empotrada, consecuencia de un ayuno involuntario y de un hambre que necesita ser saciada lo más rápido posible. En tiempos de lucha contra el coitocentrismo, en tiempos de consentimiento y de “solo sí es sí”, la fantasía sexual femenina recae en el que empotra. ¿Tal vez porque es el que más se acerca o se sitúa en la frontera de transgredir todas estas las normas?
“En todo esto hay una doble lectura”, cuenta Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga clínica y terapeuta del Centro Máxima, en Barcelona. “Yo veo al empotrador como una fantasía, y las fantasías están para excitarnos pero no siempre queremos llevarlas a la práctica. Es un poco como la figura del malote, con el que algunas mujeres fantasean o le atribuyen cualidades sexuales; pero, en realidad, no querrían vivir con él. En el fondo las mujeres piden juego, seducción, preliminares”.
¿Añoranza de una masculinidad en vías de extinción?
En opinión de Raúl González Castellanos, sexólogo, psicopedagogo y terapeuta de pareja del gabinete de apoyo terapéutico A la Par, en Madrid, “la figura del empotrador surge como una añoranza, una morriña de un hombre masculino y una sexualidad más instintiva, animal, pasional. Esta filosofía de las nuevas masculinidades, que pide un hombre más sensible, más cariñoso, más cercano, que exprese sus sentimientos y que sea menos bruto o rudo que el varón de antaño, ha confundido a muchos hombres, que no saben muy bien cómo actuar frente a las mujeres. Muchas jóvenes o adolescentes se quejan de que los chicos se muestran demasiado tímidos, les cuesta hablar con ellas o, como coloquialmente se dice, les cuesta entrarles. El resultado es que las relaciones heterosexuales se dificultan. Ante este escollo, a veces insalvable, algunas mujeres añoran conductas pasadas, poco deseables pero más directas y claras”, explica este sexólogo.
Molero, también directora del Instituto Iberoamericano de Sexología, añade: “En algunos casos de falta de deseo en mujeres jóvenes se ve la siguiente pauta: es una pareja heterosexual que se llevan muy bien. Son parejas muy igualitarias, que llegan a acuerdos, que se comunican y que son muy recíprocas. En la cama, el hombre mantiene la misma coherencia, pero esto produce un cierto desencanto en la mujer, que espera una actitud algo más dominante por parte del varón, que no entiende nada y está muy confundido. Como si en el sexo todavía añoráramos conductas que en la vida diaria ya no aceptamos. En parte, porque todavía tenemos la idea de que la pasión debe ser algo brusco, rápido, donde, necesariamente, tiene que haber fuerza”.

Las preferencias o los modelos erótico-sexuales pueden estar muy influenciados por la cultura o las tendencias, y no ser siempre fruto del verdadero deseo de los sujetos. Nuestra erótica, lo que nos excita o nos deja fríos, se forma con muchos ingredientes: imágenes, ideologías, cine, música, literatura, moda. La pornografía, única capaz de mostrar coreografías sexuales, es muy potente a la hora de mostrar modelos a seguir en la cama. El porno de última generación, desprovisto de erotismo y sensualidad, potencia la figura del empotrador. Ese ser anónimo, al que en muchos casos no se le ve ni la cara, solo los músculos, los tatuajes y los genitales a pleno rendimiento. Una suerte de capitalismo sexual, donde la cantidad es más rentable que la calidad.
Gloria Arancibia da charlas sobre sexualidad en algunos colegios. “Siempre les pregunto qué significa para ellos y ellas el sexo. Exceptuando que las nuevas generaciones son muy inclusivas y no tienen prejuicios en cuanto a las diferentes orientaciones sexuales, lo cierto es que todo sigue girando en torno al coito, a la consecución del orgasmo (si no, no hay placer), y dan mucha importancia a tener un cuerpo que se acerque lo más posible a su idea de la perfección”. Y añade: “No sé muy bien hasta qué punto cuando una mujer dice que quiere un empotrador lo quiere de verdad. Porque también puede ocurrir que lo diga porque es lo que hay que decir ahora para parecer sexy y empoderada. Se llevan a cabo muchas prácticas sexuales, no porque guste hacerlas, sino porque se han visto en el porno, las han hecho los amigos o porque la pareja lo pide con insistencia. Y esto no está bien, porque cuando no hay deseo, sino imposición o autoimposición, eso puede provocar disfunciones sexuales como vaginismo o dispareunia (dolor durante o después de las relaciones)”.
La cosificación del varón, un ‘satisfyer’ de carne y hueso
La figura del empotrador podría verse también como una manera de cosificar al macho, un empoderamiento mal entendido que busca en el hombre un satisfyer de carne y hueso para un futuro de crisis energéticas, con apagones incluidos. “Las mujeres llevan bastante mal que los hombres tengan problemas de deseo”, comenta Molero, “no lo entienden porque está también el mito del hombre siempre dispuesto y deseante; al contrario de la mujer, donde se acepta más que no siempre le apetezca. Esto crea mucha presión en el varón y acaba minando su autoestima”.

¿Qué modelo erótico o sex symbol se podría proponer para una sexualidad más igualitaria y placentera? “Yo creo que no habría que proponer ninguno”, apunta Arancibia. “Más que buscar un estereotipo, lo que habría que hacer es buscar más complicidad, más comunicación, más experiencias compartidas, más espacio para poder expresarse en libertad”.
Para Raúl González es casi urgente “aumentar el deseo y esto se hace con el juego de la seducción, que propiciará el encuentro, con el desempeño que cada cual quiera poner. Yo creo que al empotrador habría que reemplazarlo por el seductor”.
Molero propone “un erotismo del buentrato (todo junto, porque así como existe el maltrato debe existir su contrario), que no está reñido con la pasión ni el deseo. Concentrarse en sentir. Más sensaciones y menos potencia; lo que no quiere decir que se excluya la fuerza o la contundencia cuando el momento lo requiera. Yo imagino a un buen amante como una persona con habilidades para hablar y transmitir emociones y sentimientos, porque eso tiene un gran poder erotizante en el otro”.

