Puede que Beyoncé haya llevado a su familia y un traje de plata y cristales, cual esqueleto, en su primera aparición en 10 años en la gala del Met. O que Bad Bunny pareciera un venerable ancianito vestido de Zara. Puede que las Kardashian hayan sacado la artillería pesada, y los corsés, para la escalinata más famosa del mundo. Pero este año, más allá de celebridades, vestidos hermosos, mucha y necesaria inclusión y mensajes sobre la conversación entre arte y moda, la gala del museo Metropolitano de Nueva York se recordará por otra cuestión, una que parece todavía más importante que poner de relieve la diversidad corporal, o de cómo la propia moda también es arte: la de cómo la riqueza, cambiante en cada generación, puede modificar la narrativa, hacerse con la cultura y enrarecer los ambientes hasta suponer un cambio de era.
Sí, era el primer lunes de mayo y, como es costumbre desde hace ocho décadas, el Museo Metropolitano de Nueva York se llenó de celebridades, presididas por Anna Wintour, para celebrar la exposición de moda anual, logra recaudar fondos para el mismo y festejar el inequívoco vínculo entre arte y moda. Pero esta vez había algo más: la presencia de los Bezos, Jeff y Lauren, como patrocinadores de la gala a título personal, con una aportación de entre seis y diez millones de dólares, lo cambió todo. No es la primera vez que empresas tecnológicas financian el gran evento de la filantropía y la moda global. Ni la primera a la que acude la pareja. Pero sí la primera vez que parecen pagar su presencia a título personal, y bajo el sello de garantía de Wintour.
Los Bezos han legitimado su acceso a la más alta cultura gracias a este evento, precedido de reportajes y hasta portadas en Vogue, paseos por desfiles de moda y encuentros con representantes sociales y culturales. Muros de Nueva York llevan días empapelados de protestas contra el cuarto hombre más rico del mundo y su segunda esposa, contra las políticas laborales de Amazon, contra su apoyo a la Administración de Trump. Sin embargo, sus millones parecen haber valido más para la siempre progresista Wintour y su adorado Instituto de la Moda del Met, su gran protegido.

No ha sido una pataleta particular. La oposición ha sido tan discreta como el lujo que refleja este evento puede lograr disimular, pero en ocasiones, frontal. Ha habidos algunos, pocos, pero ruidosos, manifestantes frente al evento. Hasta el flamante alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, se ha negado a acudir al evento. Pero Wintour ha legitimado a sus protegidos de todas las maneras posibles. En la misma mañana del lunes, en la presentación de la exposición ante la prensa, la dueña y señora de la gala hacía un gesto inédito: tras décadas al frente del evento, por primera vez hablaba ante la prensa. Y sin gafas de sol, un hito.

Hablaba la ya exdirectora de Vogue, en un juego de palabras, de que la exposición era “para todo el mundo, para todos los cuerpos” y alababa a las coanfitrionas, Beyoncé, Nicole Kidman y Venus Williams. Pero sobre todo a Lauren S. Bezos, allí presente junto a ella. No ha dudado en explicar profusamente cómo la donante ha acudido “a cada reunión importante cargada de entusiasmo y de ideas”. De ella y de las tres celebridades ha afirmado que “tienen un deseo por cambiar las cosas cuando todos estamos de acuerdo en que los cambios son necesarios”. Luego ha invitado a hablar a la propia Bezos, a la que ha calificado de “gran amiga y gran apoyo del museo”. Por la tarde, en la gala, entraron juntas, las primeras.
Hasta el director de la institución era preguntado por el asunto. Tras la rueda de prensa de presentación de la mañana, Max Hollein atendía a las cuestiones de varios medios españoles, entre ellos EL PAÍS, sobre esta gala y sobre la polémica presencia de los Bezos, y sobre un posible boicot. La lista de invitados nunca está confirmada, por tanto, nunca se sabe a ciencia cierta quién falta. Pero este año hay famosos que han faltado, quién sabe si por compromisos o por la incómoda presencia de los magnates. “Estamos celebrando el museo, celebrando la moda”, explicaba Hollein. “Celebramos lo que podemos ofrecer a millones y millones de visitantes. Esta es una institución que depende de la generosidad y el apoyo de nuestros donantes y filántropos. Y eso es precisamente lo que esta exposición ha representado durante muchos años y continuaremos haciendo eso”, afirmaba, evitativo.

De momento, la atención mediática sigue siendo inmensa. Decenas de famosos pasan por la célebre escalinata y, este año, debían ceñirse a la temática Fashion is art, La moda es arte, muy ligada a la de la exposición, Costume Art, el arte del vestir (que se podrá ver desde el 10 de mayo). De ahí que se haya visto mucha inspiración puramente artística, de pinturas, cuadros, esculturas, en chaquetas y vestidos, de lo arty a lo grecorromano: el vestido de la cantante Sabrina Carpenter, de Dior, estaba hecho de rollos de película; el de la modelo Paloma Elsesser, cargado de manchas y golpes de pintura; el infinito de tul de Versace de Blake Lively era multicolor; el de la actriz Anne Hathaway, de Michael Kors, contenía dibujos grecorromanos; hasta alas en la cabeza llevaban las intérpretes Elizabeth Debicki y Suki Waterhouse, o un barco como sombrero la cantante Madonna. Muchas prendas mostraban torsos y traseros semidesnudos, como los vestidos de Gigi Hadid, Kate Moss, Simone Ashley.

Ha habido momentos escultóricos, entre ellos, los de las Kardashian: el cuerpo en plástico naranja de pechos puntiagudos de Kim; el corsé de Kylie Jenner, con un vestido desabrochado de Schiaparelli que dejaba ver su supuesta su piel, con los pezones y el ombligo falsamente marcados; el vestido drapeado de Kendall, también con un trampantojo de pecho al aire. También han jugado a la inspiración del arte el bustier dorado con falda azul de Hailey Bieber (sin Justin), el vestido de Chanel enrollado sobre el cuerpo de Margot Robbie y el polisón tipo bailarina de Degas de Olivia Wilde. Ha habido rostros cubiertos, como los de Katy Perry, Rachel Zegler o de Gwendoline Christie, con una máscara imitando su propia cara, pero pocos han jugado con la apariencia como Bad Bunny, irreconocible como un anciano, en un guiño más a la temática de la exposición que a la de la gala.
El puertorriqueño vestía de Zara, con un look diseñado ad hoc por la marca gallega y su equipo. Ha habido buena ración de moda de marca España, porque el vestido de terciopelo con sombrero de copa de la cantante Stevie Nicks, en su primera gala del Met a sus 77 años, era también de Inditex, en concreto creado al hilo de la futura colección de Zara por Galliano, que llegará en septiembre. La presidenta de la firma textil gallega, Marta Ortega, y su marido, Carlos Torretta, también han paseado por la alfombra roja, en la que es oficialmente su primera gala del Met. Ella, de azul oscuro, también iba de Zara por Galliano; él, de Zara. Además, el traje de cuero de corte erótico de Luke Evans estaba creado por Palomo Spain.

Por su parte, Lauren Sanchez Bezos se ha cubierto con vestido de corsé azul noche de Schiaparelli, en una inspiración muy clara al cuadro Madame X de John Singer Sargent, el retrato que cuelga del Met de la esposa de un adinerado banquero francés de finales del siglo XIX. Por si había dudas de la inspiración. Eso sí, el juego del tirante se ha repetido en actrices como Julianne Moore y Claire Foy. Curiosamente, y pese al abultado cheque, Jeff Bezos no ha aparecido en la alfombra.
Cuando la escalera se ha vaciado, tras casi cinco horas de interminable paseíllo, los invitados se han marchado a cenar al interior del Museo. Cada entrada cuesta alrededor de 100.000 dólares por persona (los precios no son públicos). El público en general no tiene acceso a la gala, como mucho, a mirar por un hueco frente a su entrada, en la Quinta Avenida. La prensa acreditada, muy poca, solo llega hasta la escalinata, copada por centenares de fotógrafos que se tambalean con sus cámaras en un espacio diminuto.

En realidad, la gala del Met en los últimos años, especialmente las últimas dos décadas, se ha ido convirtiendo en una burbuja cada vez más y más inflada. El motivo final es la filantropía, pero esa incesante búsqueda de dinero puede acabar siendo la tumba del evento y quien sabe si del espacio expositivo. Si el Instituto de la Moda se convierte en sostenible por sí mismo, más allá de la fiesta —según The New York Times lleva alrededor de una década con superávit y ahorrando para el futuro, y podría volar solo en entre dos y cuatro años— y la figura de Wintour se va diluyendo, quizá también lo haga el propio evento, o al menos su naturaleza cambie. Por ahora, la aparición de los Bezos parece ser más la bisagra a una nueva época de multimillonarios en busca de visibilidad y poder público, y a una reflexión. Pero la gala del Met sigue muy viva.

