Es un día cualquiera de abril. Una persona ha quedado con sus amigos para tomar algo. En el devenir de la conversación surgen posibles escapadas para las vacaciones de verano: un fin de semana a la playa, una casa rural a finales de agosto, una semana al norte de Italia para visitar Milán, Bérgamo o Cinque Terre… Pero pronto comienzan a sonar voces discordantes: muchos de ellos no pueden cuadrar fechas por los compromisos ya cerrados. Aún quedan dos meses para el comienzo del verano, pero la utopía de lograr que vivan una experiencia en común se vuelve prácticamente imposible. ¿Por qué tendemos a planificar el verano o el tiempo libre con tanta antelación?
“De ilusión también se vive. Cuando estamos anticipando esas situaciones de futuro, el cerebro también está disfrutando, se planifica como si fuera un simulador. Actualmente, también tendemos a planificar todo en exceso a través del cerebro prefrontal”, explica María García Gómez, doctora en Psicología y docente e investigadora universitaria.
La planificación, por consiguiente, es un modo de imaginar y disfrutar los acontecimientos en el futuro de la manera que se desea y también de mantener el control y la seguridad sobre lo que vaya a pasar. “Esta planificación no es insana o mala de por sí. Lo que pasa es que tendríamos que diferenciar hasta qué punto esa situación nos limita”, alerta Silvia Martínez, psicóloga sanitaria y experta en temas de ansiedad y control. “A veces, nos excedemos en anticiparnos porque hoy tenemos control de todo. Eso nos puede generar incluso ansiedad, y el no planificar, el improvisar, nos puede generar sentir que perdemos el tiempo o planes. Nos da tranquilidad y seguridad el saber qué nos vamos a encontrar”, añade, al mismo tiempo que destaca la importancia de las expectativas de cara a cómo nos queremos sentir en el futuro.
Para algunas personas, la planificación del verano parte de la base de respetar las fechas que se repiten todos los años, como ir al pueblo o algunos eventos que solo se producen en ese periodo. Es el caso de Fernando González, un malagueño de 27 años que a principios de abril ya tenía planeados cinco viajes y otros dos pendientes de confirmarse: “Antes de empezar a organizar fechas, ya tengo dos fines de semana reservados: el del 14 de agosto que son las fiestas de San Roque en Villalpando (Zamora) y la semana siguiente, que es la Feria de Málaga. Entonces, antes de empezar a organizar otro viaje, ya tengo esos dos fijos”. Además, comenta, durante la cena de Navidad ya reservó una casa rural para julio con sus amigos.

La planificación es algo inherente al ser humano porque se trata de una herramienta evolutiva, según explica García: planificamos para sobrevivir, anticipar el peligro y tomar decisiones, entre otros. Sin embargo, alerta la experta, en la actualidad tenemos mucha estimulación y hay un exceso de planificación, lo que puede afectar al cerebro: “Si la parte de la planificación está hiperactiva, esto es negativo, porque sentimos estrés o ansiedad”. Asimismo, expone que hay personas con un sesgo más optimista respecto a la planificación, y hay otros casos como el sesgo o la ilusión del control en el que necesitamos tener certeza de las cosas.
“Nuestra cabeza tiende a ser controladora, y necesitamos saber qué va a pasar en ese viaje y eso implica a las expectativas. Una cosa es lo que te venden y otra cosa es lo que llega”, indica Martínez. La psicóloga además desarrolla las emociones que se presentan tanto en personas con estrés por planificarlo todo como en personas que planifican con normalidad: “El problema es cuando el control es irracional y excesivo. La emoción arrastra todo el control excesivo”.
Para Fernando González, una de las principales razones por las que planifica su verano con tanta antelación es por la presión de que, a falta de una organización temprana, el resto de las personas ya vaya a tener fechas ocupadas. Asimismo, el malagueño trata de equilibrar la planificación de los asuntos importantes con la espontaneidad del día a día: “Me gusta tener reservado el transporte y el alojamiento con tiempo, pero todo lo demás me da igual que sea más espontáneo, salvo quizá organizar las cuatro o cinco cosas importantes que se quieren hacer. Pero llevar un viaje con cada minuto muy estructurado y rígido me da un poco de pereza”.

Hay otros problemas que pueden surgir a la hora de acceder a cualquier plan que se ofrezca: la incapacidad de decir que no a los planes, a no ser que se superpongan, o tener miedo de perderse la experiencia que otros van a vivir (el llamado FOMO —Fear of Missing Out; temor a perderse algo—). “Ahí estás dejando de escucharte, de potenciar el autocuidado, la identidad, la personalidad y la asertividad. Eso te puede afectar a tu autoestima o sentir que estás haciendo cosas que no van contigo”, desarrolla García. Por su parte, Martínez también destaca el papel de la sociedad a la hora de planificar con antelación: “Si no eres tan obsesivo o controlador, también hay una parte de sentido común. Es racional que yo me adelante a coger un viaje porque, sino, luego se me va a duplicar el precio”.
Ambas expertas destacan consejos para personas que se vean identificadas con el estrés y la ansiedad que deriven en una planificación excesiva y con demasiada antelación: “Hay que organizar cosas, pero también dejar espacio sin planificar. Nos escuchamos muy poco para ver realmente lo que pide nuestro cuerpo, como descanso o sol. También hay que confiar en uno mismo, porque el ser humano está preparado para responder a un montón de imprevistos, y hay que ajustar las expectativas”, aconseja García. Para Martínez, la clave es no planificar de más porque pensemos que por eso vamos a disfrutar más. “Al final, la persona va a disfrutar más siempre y cuando esté en el presente y lo haga desde su libertad. La clave es estar presente, porque, si no, no has conectado con ese descanso y no has disfrutado de verdad”.

