De aquí a 2028, 775 hoteles se sumarán a los más de 16.600 hoteles que tiene España abiertos en la actualidad, una cifra surgida de un estudio de la consultora EY-Parthenon que da vértigo y que convive con la de las viviendas turísticas, en plena expansión desde hace años. Sin embargo, frente a la abrumadora oferta de hospedajes, en los últimos años ha cobrado peso otra manera de viajar, una opción para disfrutar del destino más allá de las zonas masificadas por el turista. El intercambio de casas gana adeptos año tras año y se posiciona como una alternativa a los alojamientos tradicionales idónea para conectar con la vida local. Aunque la idea de compartir no se limita solo al sector turístico, sino también al intercambio de libros o ropa.
“En la actualidad, España es el segundo mercado más importante en la plataforma, después de Francia y seguido de Estados Unidos”, apunta Pilar Manrique, portavoz del portal de intercambio de casas HomeExchange en España. Según Manrique, “el número de miembros activos en el país ha crecido más de un 400% en los últimos cinco años”. En un contexto marcado por el incremento continuado de los precios de los hoteles, la gran ventaja del intercambio de casas es el ahorro. Pero no es su único punto fuerte.
Ahorro, cercanía y experiencias locales
El modelo de negocio de estas empresas se basa en la suscripción: pagando una cantidad anual se puede acceder a todos los intercambios que se quiera a lo largo de un año, ya sean de larga estancia o para pocos días. Eso sí, esta forma de turismo está limitada a los propietarios de viviendas, quienes viven de alquiler (el 20,2% de la población española, según los últimos datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del INE) quedarían fuera de esta modalidad dado que en los contratos es habitual encontrar cláusulas que impiden que la vivienda la disfrute otra persona que no sea el inquilino.
Desde HomeExchange aseguran que esta forma de viajar supone un ahorro del 35% en el presupuesto total de una escapada, aunque matizan que son otras las ventajas que destacan sus usuarios. “Se trata de una forma de viajar muy cómoda (te sientes como en casa), humana (estás en contacto en todo momento con otros miembros de la plataforma); te permite viajar más despacio y de forma más auténtica (te sientes como un habitante más); y además salir de los circuitos turísticos más masificados”, puntualiza Manrique.

En el mismo sentido se pronuncia Justine Palefsky, CEO y cofundador de Kindred, otra de las plataformas de intercambio de casas más populares (según datos de la compañía, ahora mismo cuentan con 300.000 usuarios, la mitad de ellos suscritos en 2025). En su caso, tienen miembros distribuidos en 150 ciudades de Norteamérica y Europa, con España como “un mercado en crecimiento importante”. “Barcelona es una de las ciudades más populares a nivel global, basado en el número de viajes realizados a la ciudad en los últimos tres meses”, dicen desde la empresa. Aparte de la ciudad catalana, entre los destinos más demandados están “Nueva York, Londres, París, San Francisco, Los Ángeles o Ciudad de México”, enumera Palefsky.
Ambas plataformas coinciden en el tipo de clientes que optan por este tipo de vacaciones: perfiles que teletrabajan, nómadas digitales o personas que viajan solas. Las familias son también un grupo destacado: “Por ejemplo, las familias podrían necesitar cunas, tronas, juguetes… lo que evitaría a los padres el estrés de tener que cargar con tantas cosas en las vacaciones”, señalan desde Kindred como otro de los puntos fuertes del intercambio para familias con niños pequeños.
Intercambiar libros, conectar historias
El intercambio como experiencia no se limita al sector del turismo. Si bien es en esta categoría donde más robusto es el modelo de negocio, también se extrapola a otros ámbitos, como el de los libros o la moda. Hace ya una década, Jorge Gonzalvo, coordinador de Atrapavientos, un equipo creativo especializado en literatura infantil y juvenil y en lectoescritura, lanzó la iniciativa Libros que importan, un proyecto que comenzó con la organización de un intercambio de libros especiales en la Navidad de 2016 en Zaragoza. “Era la primera vez que se hacía y teníamos muchas dudas al respecto de cuántas personas podrían participar. El Ayuntamiento recibió la idea con mucho cariño y la pusimos en marcha en apenas unos días. Después resultó que, desde esa primera edición, fue todo un éxito y se convirtió en un clásico navideño en la ciudad”, explica Gonzalvo. En aquella edición se intercambiaron casi 200 libros y, desde entonces, Libros que importan “se ha celebrado en 21 poblaciones de cuatro países (España, México, Países Bajos y Suecia). Este año se va a realizar en media docena de ciudades más y se han intercambiado casi 17.000 libros”, sostiene. La actividad sigue creciendo sin parar. La próxima parada es el próximo 25 de abril en Filipinas, junto al Instituto Cervantes de Manila, y en junio en Mánchester.
La periodista Sandra Cañedo, creadora de The Blooks, perfil de Instagram que fusiona la literatura y la moda, decidió organizar intercambios de libros motivada por su propia experiencia: “Me mudé sola de ciudad bien entrada en la treintena y me di cuenta de lo difícil que es conocer gente nueva a medida que te haces mayor. En ese momento, recurrí a todo tipo de herramientas para encontrar planes a los que sumarme: meetup, intercambios de idiomas, clases de todo tipo de actividades (desde cerámica hasta yoga, pasando por voleibol). Y siempre me ha encantado la sensación que se genera en ellos; de repente estás hablando con un extraño al que no habrías conocido en ninguna otra circunstancia. Me di cuenta de que sí hay gente abierta a este tipo de experiencias y me animé a organizarlas yo misma”.
El último intercambio de libros ha tenido lugar en la Librería Sant Jordi de Barcelona, un espacio que reabrió sus puertas el año pasado después de estar a punto de cerrar por la gentrificación del barrio. “Para dinamizar el espacio también ofrecen cenas, así que me pareció la combinación perfecta de actividades para pasar una buena noche”, explica sobre la actividad, con un coste de 30 euros (cena incluida).

Tanto Gonzalvo como Cañedo inciden en la idea de que el intercambio de libros no está pensado para deshacerse de esos títulos que no queremos, que no nos han gustado o que ni siquiera hemos abierto. Al contrario, la idea es regalar alguna obra que nos haya conmovido especialmente: “Participar en LQI [Libros que importan] es un acto de generosidad: regalas un libro que te marcó en la vida y explicas los motivos. Te tiene que costar desprenderte de ese libro”, arguye la creadora de The Blooks.
A pesar de que el intercambio de libros no es algo novedoso en sí mismo (por ejemplo, en Madrid lleva años en marcha Metrotecas, “una iniciativa de Metro de Madrid para promover la lectura” que aboga por “el intercambio de libros sobre cualquier género entre los viajeros del metro”), el escaso presupuesto que implica organizar estas actividades y la visibilidad que proporcionan las redes sociales a la hora de publicitarlo han multiplicado los book swaps. Por ejemplo, en el restaurante valenciano El Muelle el amor por los libros de sus fundadoras les llevó a celebrar una cita semanal de intercambio de lectura: “Los miércoles han sido siempre en muchos cines el día del espectador y quisimos hacer del miércoles también el día del lector en El Muelle”, cuentan. “La idea es que la gente traiga un libro con el que haya disfrutado y lo pueda cambiar por alguno de los nuestros”, señalan.
La sostenibilidad del intercambio de ropa
Si viajar de una manera más pausada y barata es el objetivo del intercambio de casas y el fomento de la lectura el del trueque de libros, a la hora de hablar de intercambio de ropa hay una palabra que se repite recurrentemente: sostenibilidad. Esta clase de iniciativas, todavía con poca influencia en España, pero con un crecimiento constante a juzgar por los proyectos que empiezan a surgir, se erige como un antídoto frente al consumismo de ropa y subraya el poder de la economía circular.
El denominado Movimiento universitario de concienciación y activismo en moda de la Universidad Carlos III de Madrid ya ha celebrado 10 ediciones de intercambio de ropa en el ámbito estudiantil. “La participación ha ido creciendo con cada edición. En la primera, #Hilamoselcambio, hubo alrededor de 80 participantes, y ahora en nuestros últimos intercambios hemos llegado a reunir una media de unas 250 personas intercambiando. Somos un evento esperado en la universidad, siempre hacemos una en cada cuatrimestre y la gente nos tiene en cuenta a la hora de renovar el armario en el cambio de estación”, aseguran desde la asociación.
Aparte de hacerse hueco en la vida cultural del centro, el proyecto ha servido de inspiración para otras jornadas de intercambio en otras universidades: “Han surgido iniciativas parecidas a las que hemos tenido el placer de asesorar en Valencia y en Sevilla”.
Ese boca a boca también impulsó el crecimiento del proyecto desarrollado por Rocío Sttopa, profesora y coordinadora de la especialidad de Intervención Socio-comunitaria y coordinadora del proyecto Cambiar está de moda, del instituto Columela de Cádiz. “En la asignatura se me ocurrió trabajar en torno al tema del fast fashion y todas las consecuencias negativas que hay detrás de la industria de la moda, que muchas veces las ignoramos, las desconocemos o no las reflexionamos”, comenta. Bajo esa premisa, organizaron un mercadillo de intercambio de ropa en el barrio próximo al centro escolar, en un espacio cedido por el Ayuntamiento. En la primera edición, celebrada hace dos años, intercambiaron 300 prendas y el año pasado llegaron a mil. “Ya había gente del año anterior e incluso vinieron institutos de otros municipios, de Jerez, de San Fernando, con clases de alumnos y alumnas para intercambiar ropa. No solo era el vecindario, sino que se difundió mucho más”, relata Sttopa.

El pasado marzo celebraron la tercera edición y desde hace un tiempo compaginan este mercadillo anual con una tienda de intercambio de ropa alojada en el propio instituto: “Como todo el mundo quería que lo hiciéramos todos los meses, se nos ocurrió abrir un punto de intercambio en el propio instituto. El alumnado está encantado, es una forma de aprender muy activa. Hemos abierto dos veces y han venido entre 15 o 20 personas al día, y se han intercambiado 60 o 70 prendas en una hora y media, más o menos”. En tiempos de pantallas, moda efímera y turismo desaforado, el trueque contemporáneo no ha hecho más que comenzar.

