Delroy Lindo siempre ha estado allí. Aunque muchos no reconozcan su nombre ni su cara, a sus 73 años este eterno actor de reparto suma ya 73 personajes en cine y televisión. La coincidencia numérica podría parecer puro azar, si no fuera porque con su último papel en Los pecadores ha conseguido el reconocimiento a toda una vida dedicada al cine: su primera nominación al Oscar. El camino que le ha llevado hasta aquí ha sido largo y complejo, y la endiablada carrera por el premio no iba a ser menos.
Para empezar, nadie lo esperaba en la terna por hacerse con la estatuilla a mejor actor de reparto. Paul Mescal, la estrella irlandesa del momento, parecía tener asegurado su lugar entre los nominados por su papel en Hamnet, pero entonces apareció Lindo y no entró Mescal. Su desbocada interpretación del pianista Delta Slim le consiguió la plaza final junto a Sean Penn, Benicio del Toro y Jacob Elordi. Después llegó la interminable sucesión de galas de premios y, con los Bafta, surgió la polémica. Mientras Lindo y su compañero Michael B. Jordan presentaban un galardón, un asistente con síndrome de Tourette les gritó: “Negros”.
Ambos continuaron serios con su labor y, a posteriori, Lindo adelantó a Vanity Fair que lamentaba que la organización de la gala no se hubiera puesto en contacto con ellos. Sin embargo, su respuesta oficial no llegó hasta la semana pasada, durante los premios del principal sindicato de actores de Hollywood. “Agradecemos todo el cariño y apoyo que hemos recibido desde el incidente. Es el típico caso de cómo algo que podría haber sido negativo se convirtió en algo muy positivo”, sentenció desde el escenario.

Con esta máxima se podría resumir toda su trayectoria: una vida marcada por el racismo estructural y la migración en su infancia y las crisis y altibajos profesionales en su madurez. “Mi trabajo me ha salvado la vida, me ha ayudado a canalizar mi dolor y mis neurosis. Si no existiera, no sé qué hubiera sido de mí”, explicaba hace unos días al periódico The New York Times. A lo largo del medio siglo que lleva trabajando, Lindo ha coincidido con cientos de estrellas, pero tiene claro que ese poder sanador del arte no se lo enseñó ningún actor. Los responsables fueron una maestra infantil y el mismísimo rey Baltasar.
A los seis años, él era el único niño negro de su colegio en el distrito londinense de Eltham. En la función de Navidad representaban una obra de los Reyes Magos e interpretaba a Baltasar. En los ensayos, una profesora destacó su actuación y le pidió al resto de compañeros que lo imitasen. Este reconocimiento le salvó en uno de los peores momentos de su vida. Según confesó en uno de los últimos episodios de Finding Your Roots, programa estadounidense que investiga las raíces de las celebrities, en esa época vivía alejado de su madre en casa de una familia blanca.

Sus padres venían de Jamaica y su madre, además, era descendiente de esclavos de las plantaciones de azúcar. En los años cuarenta habían emigrado a Londres como tantos otros de la generación Windrush. Así se llamó a los habitantes de las colonias británicas que fueron reclutados para ayudar a reconstruir el Reino Unido después de la Segunda Guerra Mundial. La madre entró a trabajar como enfermera y al año de llegar dio a luz. El padre se desentendió desde el principio, así que tuvo que dejar a su hijo con unos conocidos lejanos, los Craig. “Me sentía muy alejado de ellos, había muchas realidades duras de las que no me podían proteger”, confesó hace tiempo el actor en una entrevista para la revista GQ. Al crecer, empezó a percatarse de todas las injusticias que vivía por ser el único niño negro de la zona: perdió amigos, sufrió acoso y los vecinos más cercanos se llegaron a mudar para no toparse con él. “Todo esto es oro para mí, es mi arsenal. Soy muy posesivo con mi dolor. Primero, porque no me gusta hablar de ello y, segundo, porque mis inseguridades son mi caja de herramientas para el trabajo”, añadía.
Pero aún necesitaría mucho tiempo para llegar a esa conclusión. Con 12 años dejó la casa de los Craig y acompañó a su madre a Canadá para buscarse una vida mejor de la que les había dado Londres. En un viaje a Nueva York pudo ver por primera vez una compañía de actores negros y descubrió que el teatro era el lugar ideal para volcar toda su frustración. Con los años se mudó a San Francisco y decidió finalmente empezar su formación teatral. Allí es donde aprendió la filosofía del verdadero actor de reparto. “No me quiero quitar importancia, pero no me veo como un protagonista. Creo que soy un actor de carácter —secundario, entregado, que interpreta papeles inusuales—. Simplemente pienso en cómo puedo desarrollar al máximo el papel en el espacio que me da el guion”, confesó hace días a la revista The Hollywood Reporter. Durante la década de los ochenta se curtió en los escenarios hasta que, al fin, lo descubrió Spike Lee, director fundamental en el retrato de los conflictos raciales de Estados Unidos.

Lee le entregó el papel de West Indian Archie, el gánster que apadrinaba a un joven Malcolm en la emblemática Malcolm X, pero también el del padre de familia de Crooklyn o el de Rodney, uno de los camellos de Clockers. No tardaron en llegar otras películas como Las normas de la casa de la sidra, pero para comienzos del siglo XXI su carrera empezaba a resentirse. La obsesión de Lindo por pelear por su visión de cada uno de sus personajes, por pequeño que fuera, le hizo perder el favor de los directores. “Ese periodo tuvo que ver con muchos errores que cometí. Me dejaron de ver como un actor deseable. ¿Fue doloroso y frustrante? Completamente”, admitía a GQ. Aun así, no dejó de trabajar: se reinventó, pasó a las series, los telefilmes y las películas independientes. Además, en Sorpresas de la vida interpretó a un inmigrante jamaicano en el Reino Unido que le descubrió otra nueva faceta más: la de académico.
En 2014 completó un máster en la Universidad de Nueva York con una investigación sobre la generación Windrush. Ese interés le llevó incluso a escribir un guion sobre la historia de su familia, con el título Jabari’s People, que ahora también quiere dirigir. Durante esas dos décadas se especializó en secundarios televisivos, como en The Good Fight, hasta que en 2020 llegó de nuevo Spike Lee para revivir su carrera.

En la impactante Da 5 Bloods: Hermanos de armas interpretó a un veterano de Vietnam y hubo quien le auguraba una nominación al Oscar por su regreso a la gran pantalla. No llegó nunca, pero a Lindo no le sorprendió. Siempre tuvo claras dos cosas: la meritocracia no existe y, mucho menos, si eres un hombre negro. “Como persona racializada tienes que aceptar que vas a tener que ser el doble de bueno para conseguir la mitad de las recompensas. Es un cliché, pero es cierto”, contaba a The New York Times. Pero también es cierto que esa recompensa, aunque ha tardado más, ha acabado llegando.
Los pecadores, película de Ryan Coogler que expone a través del terror los horrores de la segregación racial en el delta del Misisipi, no solo le ha consagrado a él. Lindo comparte nominación con compañeros como Michael B. Jordan y Wunmi Mosaku, pero también con gran parte del equipo técnico. Porque, independientemente de cuál sea el fallo de los galardones, Los pecadores ostenta ya un título imbatible: se ha convertido en la película más nominada de la historia de los premios Oscar.

