“Del árabe hispánico alẖayrí, este del árabe clásico ẖīrī, y este del persa xiri”, reza el Diccionario de la Lengua Española sobre la etimología de la bella palabra alhelí, una flor que resume en cuatro pétalos el amor por la vida. Porque pasear por un jardín en el que florezca algún alhelí es dejarse embriagar por su dulzura, gracias a su fragancia elegante y refinada, tan generosa que flota en la brisa, lejos de la flor que la elaboró. Precisamente, ahora es la época para disfrutar de su aroma.
Esta herbácea perenne recibe el nombre científico de Erysimum × cheiri y, aunque se la tilda de poco longeva, se encuentran alhelíes que incluso cumplen un par de decenas de años. Llega a crecer en sitios insospechados, y se sabe que es experta en germinar en las grietas de las paredes, en las cuales no le importa tener solo un poco de mortero como sustrato. Tal es su afición por estos lugares que en inglés la llaman wallflower, flor de muro. En aquella jardinería anglosajona, tan cuidadosa, hasta son capaces de hacer huecos en los ladrillos con tal de verla crecer allí y adornar lo inerte.
Justo así retrató Hans Memling (1433-1494) un alhelí aferrado a una tapia, hace unos 550 años. En su pintura Tríptico de la Adoración de los Magos dio vida a una mata de esta planta en una pared de ladrillos del fondo, visualmente a la derecha de la cabeza de la Virgen María. Y, aunque muy pequeñitos, Memling pintó de forma algo imprecisa sus cuatro pétalos, que en el contexto de la obra simbolizan los cuatro maderos de la cruz donde Jesús sufriría el martirio que le llevaría a la muerte.

El alhelí amarillo, ya que con ese nombre también se le conoce, adora la luz para crecer, y todo el sol del día le parece poco. Como se puede intuir por su querencia parietal, le gusta que sus raíces cuenten con muy buen drenaje, por lo que en los jardines y en las macetas donde se cultive será imprescindible respetar esa condición para no verlo penar a las primeras de cambio.
Una vez que se adquiere un alhelí, es fácil de reproducir, porque su semilla germina presta. De hecho, casi no hay que hacer nada más que dejar que el contenido de su fruto, con forma de vaina, se desparrame por las macetas adyacentes o por la tierra del arriate: con la humedad del lugar, alguna de esas semillas se animará a crecer. Cuando alcance la edad adulta, su floración se alargará durante un par de meses, si no más, porque esta profusión le viene de familia.

El parentesco del alhelí, originario del Mediterráneo oriental, es el de las brasicáceas, que lo hermana con coliflores, repollos, mielarias, jaramagos, lunarias… todas ellas prolíficas florecientes. Y esto es un regalo para muchas especies de insectos, ávidos de recolectar su néctar y polen. Las abejas adoran a los alhelíes y las esfinges colibrí se acercan a besar sus flores, que después también visitarán las mariposas blancas de la col.
Habría que decir que sus pétalos no solo son amarillentos, sino que abarcan la gama tonal de los blanquecinos, anaranjados y rojizos, dependiendo de la genética de cada planta. Lo que está claro es que aportarán unos tonos alegres allá donde vegeten.

Dentro del género Erysimum hay un buen puñado de cultivares con flores de otros colores, en cuyos genes muchas veces se puede rastrear la paternidad o maternidad del alhelí amarillo. Alguna de estas variedades de cultivo es tan fascinante como ‘Leya Purple Glow’, cuyos pétalos cambian de coloración en el transcurso de los días; nacen con un tono anaranjado suave para evolucionar a un violáceo intenso.
Otro alhelí muy popular y amado por los jardineros, esta vez sin parentesco directo con el alhelí protagonista de estas líneas, es Erysimum ‘Bowles’s Mauve’. Sus pétalos son malva, como su nombre en inglés delata. A partir de una almohadilla bastante compacta, este erísimo monta unas inflorescencias que parecen no tener fin, ya que cada varita produce florecitas durante meses y más meses, entre primavera y otoño. También hay un alhelí encarnado (Matthiola incana), de la misma familia, pero de género distinto. Este suele florecer algo más tarde, y su gama tonal se centra en los blancos, rosados y purpúreos.

Cultivar alhelíes es sencillo, e incluso se dejan domesticar en un tiesto en el balcón. En efecto, ahora alguno estará aguardando en la floristería a que le adopten. Lo riegan antes de bajar el cierre metálico, tenía el sustrato algo seco. Mañana, con el nuevo día, abrirá otra de sus flores de cuatro pétalos.

