Bad Bunny tiene su casita y el colectivo La Perdiz Roja, su castillo; y cabe dudar dónde se disfruta más. Su sábado de contrastes, celebrado el 30 de mayo, empezaba en la sobria Valladolid, donde docenas de jóvenes combinaban botas de vino con corsés con pinchos y gorras de Caja Rural con atuendos medievales con brillibrilli. Prosiguió en varios autobuses surcando la meseta que ya se agosta y donde se ultimaban los disfraces con aderezos, viejísimos de la casa del pueblo o recién comprados en un bazar. “Chavales, he traído popper”, se escucha, y una chica saca el inhalador del asma. Risas.



