
Pepe, de 66 años, señala el portal de la tienda donde estuvo durmiendo al raso, el mismo lugar en el que, una noche, recibió una paliza y donde muchos días pensó si no era mejor morirse. Está en la misma calle madrileña (Bravo Murillo) en la que tuvo un bar durante 20 años. “Cerré en 2019. Empecé a trabajar repartiendo periódicos y comida para una empresa francesa, pero llegó la pandemia y me quedé sin los dos trabajos. Cuando se me acabó el dinero, me echaron del piso de alquiler donde estaba y me vine a esta esquina. A mi familia no le dije nada, quería resolver el problema solo, pero una vez que estás en la calle es muy difícil salir. Por aquí pasaba gente que conocía de cuando tenía el bar, y que incluso me había pedido ayuda, pero muchos miraban para otro lado, hacían como que no me habían visto”. Pepe es uno de los cuatro protagonistas de documental que el actor Richard Gere y su esposa, Alejandra, acaban de presentar junto a la entidad Hogar sí: Lo que nadie quiere ver. Los cuatro tienen perfiles muy diferentes, lo que demuestra que en el llamado sinhogarismo, que afecta a 37.000 personas en España, según el cálculo de la entidad, no hay perfil. EL PAÍS pasó un día con ellos. Esta es su historia.
La primera noche en la calle
“La primera vez que mi madre me echó a la calle tenía 12 años”, relata Mamen, de 54, malagueña de la barriada de Los Girasoles. “Recuerdo dar vueltas de noche, muy asustada, cerca del colegio. Unos chicos me vieron, me trajeron mantas y se pusieron a cantar y tocar la guitarra para que dejara de llorar”. Ha pasado más de dos décadas sin hogar.
Javi, de 52 años, cuenta que todo empezó a torcerse al separarse de la madre de su hijo. “Tenía una hipoteca, una pensión que pagar y dos trabajos, pero no me daba. Cuando me vi sentado en un banco, sin tener a dónde ir, no me lo creía. Pensaba: ‘¿Cómo he acabado aquí?’. Era como un mal sueño. Luego pasa un día y otro y otro y te vas acostumbrando. En total, he estado cuatro años y pico así, con idas y venidas“.
Latyr, senegalés de 52 años, relata que se vio en la calle por una estafa. “Yo había estudiado económicas en París y trabajaba en Bruselas con proyectos de la Comisión Europea para países menos desarrollados. Hablo inglés, francés, español, flamenco y dos lenguas africanas”. Cuenta que unos amigos estadounidenses le pidieron ayuda para invertir en España, pero lo hicieron con un cheque falso. “Mientras duró la investigación, cuatro años, tuve que entregar mi pasaporte y acudir cada mes al juzgado. En España no conocía a nadie, así que cuando se me acabó el dinero, terminé durmiendo en una tienda de campaña en un parque. Tenía mucho miedo, no sabía qué hacer…”.
“Estás en la calle, al aire libre”, prosigue Latyr, “pero de alguna manera es como estar en la cárcel porque pierdes totalmente el control de tu vida. Cualquier cosa que antes hacías sin pensar, mecánicamente, como ducharte, desayunar, ir al baño… de repente se vuelve muy complicado. Como me daba vergüenza pedir a la puerta de un supermercado, para conseguir algo de dinero acudía los días de mercadillo a ayudar a descargar camiones o me ponía a señalar sitios libres por si alguien me daba una moneda por ayudarles a aparcar”.
“Una temporada”, recuerda Mamen, “viví en una cueva en Málaga, entre ratas. En ese momento trabajaba cuidando a una persona mayor, así que me despertaba, bajaba la cuesta para ir a ducharme a la Cruz Roja y me iba a currar. Cuando terminaba, con toda mi pena, volvía a la cueva”.
Pepe recita de carrerilla los sitios de Madrid donde hay fuentes —“cada vez menos”—, baños públicos, duchas. “Mi obsesión”, recuerda Javi, “era estar afeitado, limpio. Para mí era más importante el cómo te ven que comer porque descubres que puedes estar una semana sin llevarte nada a la boca y que no te pase nada. Trabajé de muchas cosas, incluso disfrazado: de Papa Noel, de perrito caliente, de vampiro, en un circo…”.
Los peores momentos: matarratas y agresiones sexuales
“En la calle”, explica Pepe, “aprendes a conocer a la gente según la ves, y los hay muy buenos y muy malos”. “Los que me pegaron la paliza eran cuatro chavales jóvenes. Salían de una discoteca que estaba cerca, me tiraron los cubatas encima y luego me patearon. A partir de ese momento, yo me ponía la alarma en el móvil para despertarme antes de que cerrase la discoteca e irme un par de horas por ahí, para que no me vieran”.
A Javi estuvieron a punto de matarlo. “Una señora mayor que vivía por el barrio me trajo un día unas lentejas. Al probarlas, me supieron raro y me dio miedo que la mujer se intoxicara. Lo comenté con otra chica que pasaba mucho por donde yo estaba y que trabajaba en un laboratorio y se las llevó para analizarlas. Resultó que tenían matarratas. Me enteré porque cuando la señora volvió, se acercó la policía, a la que había avisado la chica del laboratorio, y cuando le empezaron a preguntar, la mujer mayor dijo: ‘Hay que terminar con esta lacra’. Creo que no estaba muy bien de la cabeza porque no entiendo que quieras hacerle daño a alguien a quien ni siquiera conoces”.
El peor momento de Latyr fue cuando enfermó. “Yo tenía EPOC [Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica] severa y en una revisión, tras hacerme unas pruebas, me detectaron cáncer de pulmón, pero el oncólogo me dijo que estando en la calle no podía recibir el tratamiento de quimioterapia y radioterapia porque me mataría. Necesitaba comer bien, descansar… para poder aguantarlo”.
Es difícil señalar un peor momento en la vida de Mamen. Con 17 años, se quedó embarazada en una violación y se casó con el agresor para alejarse de su madre, que cuando era niña, relata, la ataba a la cama cuando ella salía y luego le daba palizas por hacerse sus necesidades encima. Su primer marido era traficante de hachís. Su segunda pareja la maltrataba. Los tres terminaron en la cárcel. “En prisión me quitaron a mi hija pequeña para darla en acogida. No la volví a ver. Se llama Mireia y ahora tiene 15 años. Todas las noches pienso en ella”.
Cuando salió, durmió al raso en Málaga, Córdoba, Sevilla, Jaén, Almería… “Una vez que estaba durmiendo en la playa, dentro de un saco, llegó un hombre y empezó a meterme mano. Quería violarme, pero logré escapar. Y estando en Málaga, dos chicos me metieron en un coche, me llevaron a un descampado y me desnudaron. Aún no me lo explico, pero logré huir. Cuando me vio una pareja mayor, ensangrentada, desnuda, me echó una manta, me subió a su casa y llamó a la Guardia Civil. No sé cómo estoy viva”.
Y los mejores: “Volví a sentirme persona”
No se emocionan al relatar las palizas o las perrerías que les hicieron mientras estuvieron en la calle, pero sí al recordar algunos buenos gestos de la gente que se cruzaba con ellos, unos destellos de humanidad entre miles de días largos, muy largos. “En uno de los cajeros en los que estuve durmiendo en Málaga”, cuenta Mamen, “hubo un grupo de vecinas que me ayudaron muchísimo. Me traían el desayuno y si estaba dormida, me lo dejaban con mucho cuidado al lado, para no despertarme… Lo pienso ahora y se me ponen los pelos de punta”.
En una ocasión que Pepe llevaba cinco días sin comer y pensaba en tirar la toalla, se le acercó una mujer. “Me trajo un cocido que me devolvió la vida y ahora cuando la veo por el barrio, siempre charlamos un rato y se lo recuerdo. Otra vez se sentó al lado una familia en una terraza y de repente la niña se acercó, abrió su bolsito y me dio cinco céntimos. Ahí se me cayó el alma”.
Para Javi, lo mejor que le pasó en la calle fue conocer a una familia. “Un día un hombre que me dijo: ‘Lo siento, no puedo ayudarte mucho’. Yo le dije que no se preocupara y le pregunté si podía ayudarle yo en algo. ‘Pues tengo un mueble que no puedo bajar a la calle solo’. Le ayudé, claro, y quería pagarme un dineral, pero le dije que no. A partir de ese momento, cuando pasaban por delante su hija y sus nietos siempre se paraban a hablar conmigo. Me hicieron sentirme persona otra vez”.
Javi y Pepe relatan que una de las secuelas que les provocó la calle fue quedarse sin voz. “Si no utilizas las cuerdas vocales, si te pasas un montón de tiempo sin hablar con nadie, eso se atrofia. En Alicante, donde estuve seis meses”, recuerda Javi, “todo el mundo pensaba que era mudo”.
La nueva vida
Gracias a la ayuda de Hogar sí en colaboración con los Servicios Sociales los cuatro han conseguido tener una cama, una llave en el bolsillo, un buzón. Volver a existir, dejar de ser invisible, explica Pepe, no es fácil. “Tenía deudas con Hacienda y en Hogar sí me ayudaron a ir arreglando los papeles. Menos mal, porque para que te dieran uno necesitabas tres. Me explicaron cómo pedir un abogado de oficio y a tramitar la jubilación. En cuanto tuve una cama, retomé el contacto con mi familia, que me echó una buena bronca por no haberles pedido ayuda. Ahora trato de ayudar yo a la gente sin techo que veo cuando paseo”. Lo cuenta en la cafetería Mil delicias, a la que acude cada día a tomar café porque cuando estaba en la calle se lo llevaban a él. Cuando entra por la puerta, Sheyla González y Mileidy Guamo, las camareras, le saludan con cariño. Quiere apuntarse al IMSERSO, aunque se conoce bastante bien España. “De joven trabajé una temporada colocando en los quioscos los toldos de EL PAÍS”, revela al final de la entrevista.
Latyr terminó el pasado febrero el último ciclo de quimioterapia. “Ahora estoy bien, el tumor se ha estabilizado, vivo en Córdoba, con mi novia, y si todo sale bien, en enero empezaré a trabajar de intérprete. Lo que más disfruto es la libertad, la rutina de tomarme un café por la mañana o ducharme sin tener que pensar cómo o dónde voy a poder hacerlo”.
Mamen cuenta que ha hecho cursillos de camarera y para trabajar en un hotel. “En mayo hace dos años que tengo techo. Cuando noto la llave en el bolsillo, me pellizco, aún no me lo creo”.
Javi trabaja de repartidor y paseando perros. “Esta llave para mí significa todo porque cuando me ayudó la gente de Hogar sí yo ya me estaba rindiendo. Una de las cosas que más disfruto ahora es cocinar”.
Una encuesta reciente de 40dB. para Hogar sí (1.500 entrevistas online) reveló que un 22,4%, es decir, el equivalente a nueve millones de personas, habían tenido que alojarse temporalmente en casas de conocidos por motivos económicos; que un 10,9% (4,5 millones) habían dormido en coches o portales; un 10,1% (4,1 millones) habían dormido al menos una noche en su vida en la calle y un 8,1% (3,3 millones) habían acudido a algún alojamiento de emergencia (albergues). Pepe, Javi, Mamen y Latyr insisten en un mensaje final: esto le puede pasar a cualquiera. Un problema que se junta con otro, una mala racha, la vergüenza que impide pedir ayuda… y una vez en la calle, es muy difícil salir. Por eso aceptaron participar en el documental, aunque al principio pensaron que les estaban tomando el pelo. “Imagínate que te llaman”, dice Pepe, “y te preguntan que si quieres salir en una película con Richard Gere. Pero era verdad”. Mamen recuerda que la primera vez que lo vio en Pretty Woman, pensó: “Qué tipo más guapo y qué pinta de buena persona. Cuánto me gustaría conocerlo. Y mira por dónde…”.

