Cada año, cuando llega el 14 de febrero, las redes sociales se llenan de publicaciones con flores, cenas o escapadas románticas y declaraciones públicas de amor. Para algunos es una celebración ligera y divertida; para otros, un recordatorio incómodo de lo que sienten que les falta. En esos segundos casos, el Día de San Valentín, más que generar emociones nuevas, suele amplificar las que ya estaban ahí: inseguridad, comparación o la sensación de no encajar en un modelo afectivo idealizado.
“La vida es habitable sin amor romántico. La vida es habitable sin sentirse completo”, señala la psiquiatra Lucía Torres, directora médica de Tranquilamente. Desde su experiencia clínica, observa cómo muchas personas llegan a consulta con un malestar que no nace del Día de los Enamorados en sí, sino del significado social que se le atribuye. “Tener pareja y sentirse amado o deseado no es solo una cuestión de amor: para muchos, es un símbolo de pertenecer al grupo de los exitosos en la vida”, explica.
En una sociedad cada vez más expuesta al escaparate digital, el relato dominante gira en torno a lo que falta. Torres describe un patrón frecuente tras una ruptura: no solo aparece el duelo por el fin de la relación, sino también la sensación de haber perdido el estatus de “elegido”. “Muchas personas huyen de la vergüenza de sentirse rechazadas y se lanzan, a menudo de manera desesperada, no a encontrar un compañero de vida, sino a quitarse el rótulo de ‘en el mercado”, añade.

Esa urgencia suele jugar en contra. “La búsqueda de pareja desde el estrés y la ansiedad rara vez funciona. Puede dar el pego en el escaparate, pero en la trastienda se percibe la carencia”, sostiene. Por eso, en terapia propone ejercicios que confrontan los miedos habituales: imaginarse cenando en soledad en un restaurante lleno de parejas felices. La escena, lejos de reforzar la exclusión, puede transformarse en una experiencia de disfrute cuando se atiende a los detalles —la música, la conversación alrededor, el ambiente cálido— y se aceptan emociones como la envidia o la tristeza sin juicio.
Para el psicólogo Luis Miguel Real, autor del libro La mentira de la fuerza de voluntad, el impacto emocional del 14 de febrero responde a mecanismos psicológicos bastante previsibles. “San Valentín puede ser un día difícil no porque el amor sea problemático, sino porque activa comparaciones y expectativas poco realistas”, asegura. Según detalla, uno de los procesos más habituales es la comparación social amplificada por las redes. “El cerebro tiende a hacer una lectura sesgada: ‘Todo el mundo está bien menos yo’. Esa conclusión no suele basarse en datos objetivos, sino en una muestra filtrada de la realidad”.
El segundo factor clave son los pensamientos automáticos negativos. Ideas como “si no tengo pareja, hay algo mal en mí” o “si mi pareja no hace algo especial, significa que no me quiere lo suficiente” aparecen con rapidez y se viven como verdades incuestionables. El resultado es un aumento puntual de tristeza, ansiedad o sensación de exclusión, especialmente en personas que atraviesan una ruptura reciente o un periodo de baja autoestima. A esto se suma la focalización atencional en la carencia, es decir, poner toda la atención en lo que no se tiene mientras se invisibilizan otras áreas que funcionan. “Cuando el foco se estrecha de esa manera, la sensación de vacío aumenta”, apunta Real. La consecuencia no siempre es grave, pero sí suficiente para que muchas personas perciban este día como una especie de examen emocional.

Ambos especialistas coinciden en que el problema no está en la fecha en sí, sino en cómo se interpreta. Torres recuerda que la idea de completarse a través de una única relación es poco realista. “Si me sintiera completa en mi ser, no buscaría pareja. Si la pareja me completara del todo, no buscaría amistades. Y si las amistades bastaran, no surgiría la búsqueda espiritual. La vida avanza precisamente porque nunca lo llena todo”, reflexiona. Desde esa perspectiva, la carencia deja de ser una amenaza y se convierte en una puerta hacia nuevas experiencias.
Cómo afrontar San Valentín con o sin pareja
Real propone estrategias prácticas para atravesar el día con mayor equilibrio emocional. La primera consiste en revisar el pensamiento y cuestionar las conclusiones automáticas: ¿estoy confundiendo visibilidad con felicidad?, ¿qué evidencia real tengo de que todo el mundo está mejor que yo? La segunda pasa por ampliar el concepto de vínculo más allá de la pareja romántica. “La evidencia científica muestra que la calidad de las relaciones predice mejor la salud mental que el estado civil”, afirma. Amistades sólidas, relaciones familiares seguras o incluso el vínculo con una mascota pueden actuar como fuentes reales de bienestar y pertenencia. Su tercera recomendación tiene que ver con la conducta. Si el Día de San Valentín genera malestar, quedarse en casa consumiendo contenido que refuerza la comparación suele intensificar el bucle emocional. Programar una actividad —desde una cena con amigos hasta un plan individual significativo— puede cambiar el tono de la jornada. “La conducta influye en la emoción mucho más de lo que pensamos”, explica el psicólogo.
¿Y qué ocurre con quienes sí tienen pareja? Para Real, convertir el 14 de febrero en un examen del vínculo añade una presión innecesaria. El afecto, insiste, no se mide por el gasto económico ni por gestos espectaculares, sino por la consistencia cotidiana. Torres coincide: muchas parejas lo celebran sin tenerlo todo resuelto. “¿Acaso creemos que la pareja perfecta existe? En realidad, se brinda por la capacidad de vivir con la carencia sin dejar de reconocer la abundancia”, señala.

Tal vez ahí resida la clave de un San Valentín más realista: aceptar que ninguna relación —ni siquiera la más estable— elimina la incompletud humana. En un contexto cultural que insiste en mostrar finales felices y vínculos impecables, hablar de imperfección puede resultar incómodo, pero también liberador. Porque, como recuerdan los especialistas, la salud emocional no depende tanto de cumplir con un guion romántico como de aprender a convivir con las propias expectativas. En lugar de rechazar la fecha o idealizarla, la propuesta pasa por reinterpretarla como una oportunidad para revisar qué entendemos por amor, pertenencia y éxito afectivo. Celebrar, quizá, no lo que falta, sino la capacidad de seguir construyendo vínculos —con otros y con uno mismo— incluso cuando la vida no encaja en la postal perfecta.

