“Camarero, la cuenta”, pide un joven, sentado en un restaurante italiano del centro de Madrid. Le acompañan otras seis personas, que continúan con la conversación a la espera de que el trabajador les entregue la dolorosa. “Pago yo y luego arreglamos cuentas. Son 27 euros por persona”, añade otro de los chicos. Lo que pasó cuando abandonaron el local solo lo saben ellos. ¿Han pagado todos? ¿Por qué a medias? ¿Han comido todos lo mismo? ¿El reparto equitativo de la cuenta supondrá una disputa posterior?
A esta situación se enfrentan cada vez más grupos, y no necesariamente de amigos. “En una cena con compañeros de trabajo tuve que pagar el doble de lo que me tocaba solo por no quedar mal con los demás. No suelo prestar atención a cuánto paga cada uno, pero en esta ocasión sí que me molestó. Hay personas que cuando saben que esa cuenta va a estar dividida por igual se aprovechan y piden platos que no se comerían en una ocasión normal”, explica Lucía, de 30 años. Además de la comida, las consumiciones y los postres encarecieron la cuenta: “No soy de beber, así que pedí agua. Pero el resto pidió vino y también postre. Al final pagué casi 35 euros por un plato combinado y una botella de agua, y la cena fue en un restaurante normal”.
“Lo recomendable sería aclarar, antes de pedir, cómo se va a dividir la cuenta: si cada uno va a pagar lo que consuma o si se va a dividir a partes iguales. Si hay niños en la mesa, también debe aclararse si contarán como un adulto, medio adulto o no cuentan. Si se decide pagar a partes iguales, estaría bien establecer un límite máximo por comensal”, aconseja David López, psiquiatra y director de menteAmente. Y añade: “Es muy importante porque no todos tenemos el mismo presupuesto”.

Mientras hay quienes prefieren pagar lo que se les dice para evitar discusiones o una escena de tensión, hay otros que no se callan. “En mi grupo de amigos cada uno se paga lo suyo. Llegó un momento en el que no pude callarme más y decidimos que lo mejor para todos, para evitar futuros problemas, era que cada uno se pagase lo suyo. Hubo un amigo que no lo entendió, y precisamente era el que siempre solía pasarse”, expone Sofía, de 27 años. Y puntualiza: “Odio el momento de tener que hacer cuentas porque pagamos todo a medias, pero no todo vale lo mismo. Creo que dejar las cosas claras es lo mejor para que no haya personas que no le den valor al dinero de los demás”.
Las diferencias económicas entre los miembros de un mismo grupo puede llegar a suponer el principio del fin de la relación: “Pueden alterar los equilibrios de poder y condicionar la sensación de pertenencia. Tanto el que tiene menos como el que tiene más que el resto, podrían sentirse excluidos. Uno porque no puede hacer los planes del resto porque no le llega y el otro porque se queda solo en los planes que propone”, explica el psiquiatra. De hecho, un cambio en el presupuesto respecto a los planes iniciales podría interferir en los planes futuros. “Si algún miembro del grupo ha intentado ser comedido pidiendo platos más baratos, evitando bebidas caras y postres, puede sentir injusto haber contribuido a pagar a otro el postre. No solo se ha privado de pedir algo que quería, sino que puede que tenga que renunciar al próximo plan por haber sobrepasado el presupuesto que tenía para esa reunión”, ejemplifica.
Eso mismo le ocurrió a Patricia, de 27 años. “Fuimos a cenar con amigos y nos pedimos un bocadillo cada uno. Uno de mis amigos, en vez de pedirse un bocadillo, se pidió un entrecot. Lo nuestro era siete u ocho euros; y lo suyo 21. Pagamos a medias, pero le dije que la próxima vez no lo iba a hacer. En una cena en la que hubiera pagado 15 euros, pagué 26 euros. No me pareció de ser generoso que todos tuviésemos que pagarle, porque encima él se reía. Cuando vamos mucha gente y todos los precios son más o menos iguales, vale”, explica.

Hablar de dinero continúa siendo un tema muchas veces tabú y, por culpa de esa ausencia de conversaciones sobre finanzas, la relación con el dinero no siempre es del todo sana. “Si hablásemos más entre nosotros se normalizarían las emociones negativas y compartiríamos qué hacemos con el dinero, cómo lo gastamos, lo ahorramos y lo invertimos. Hablar sobre algo mejora nuestro conocimiento sobre esa materia”, apunta López. A veces, no se habla del tema para no parecer un ignorante, un egoísta o alguien que cree estar en una posición superior al resto, pero es importante hacerlo en entornos de confianza. “Parece que solo sabemos hablar de dinero para pedirlo, pero deberíamos hablar mucho más, ya que es un aspecto práctico del día a día”, añade.
La solución más fácil para impedir enfrentamientos y malentendidos es hablar con confianza y dejar claro desde un principio cómo se va a desarrollar la quedada. “Si mantenemos la fórmula igual para todos no nos exponemos al juicio del grupo. Esta evitación tiene un coste: se sacrifica la autenticidad de cada individuo en favor de la comodidad del grupo. Hablar de dinero de forma honesta no tiene por qué destruir la cohesión del grupo, sino fortalecerla porque implica confianza y respeto por las diferencias individuales”, concluye López. No hay que dar por sentada ninguna situación y, para eso, la comunicación es la clave. “Ahora a las cenas con mis amigos voy más tranquila. Si un día me apetece darme un capricho, sé que va a salir de mi bolsillo y que no voy a obligar a nadie a pagar por mi plato. Lo mismo ocurre al contrario: si una semana voy más justa de dinero, sé que puedo elegir según mi bolsillo y no voy a sufrir al ver lo que piden los demás”, comparte Sofía.

