La belleza arrebatadora resalta a las personas, pero también puede opacarlas. Para Olatz Schnabel, su belleza nunca fue un problema. “Al revés, lucir bien me ha abierto muchas puertas”, reconoce en conversación con EL PAÍS. “Conozco a mujeres increíblemente guapas que son muy inseguras. De alguna manera, no son capaces de verse bellas. A mí me pasó. De muy joven, no me acababa de ver guapa. Ahora, cuando veo una foto mía de esa época, pienso: ‘Pero si era la bomba. ¿Cómo no me daba cuenta?”, explica sentada en el salón de su casa, un gran ático con vistas al Palacio Real en Madrid. Mientras habla, su perro, Tuno, le lame vorazmente sus zapatos aterciopelados de Manolo Blahnik.
Schnabel, cuyo apellido de soltera es López Garmendia, no exagera cuando afirma que era “la bomba”. A comienzos de los ochenta, con 16 o 17 años y cierto parecido a la actriz italiana Ornella Muti, hizo sus primeros trabajos como modelo en San Sebastián, ciudad en la que nació en un año que no quiere revelar. A su padre, un respetado ingeniero químico que se codeaba con Jorge de Oteiza, Eduardo Chillida y otros artistas e intelectuales donostiarras, no le hacía mucha gracia ver a su hija en vallas publicitarias promocionando el licor Bénédictine o una gabardina de lujo. “Estaba horrorizado”, recuerda. “Pero luego, con el tiempo, vio que era una cosa buena para mí, que me iba bien, que era independiente económicamente y en todos los sentidos. Al final, se le quitaron los prejuicios”.
En 1983, mientras estudiaba Diseño en Barcelona, un fotógrafo la vio en un concierto de The Police en el estadio Narcís Sala de Sant Andreu y se le acercó para ofrecerle trabajo como modelo profesional. No le hizo caso. Un año más tarde, ese mismo fotógrafo se la encontró en un restaurante. Tras insistir mucho, la convenció y le presentó a Natasha, una conocida representante de modelos. “Me pescaron literalmente de la calle”. Ese mismo día la metieron en un taxi y la llevaron a una prueba para una campaña de la marca de cosméticos Margaret Astor. No tenía ni book ni currículum. No lo necesitó. “Me dieron el trabajo ahí mismo”.

Prácticamente de la noche a la mañana, empezó a desfilar y a hacer campañas de moda en París, Milán, Nueva York y Tokio. “Estaba todo el día viajando y trabajaba un montón. Pero me resultaba muy fácil, no me exigía esfuerzo”. Azzedine Alaïa, monstruo sagrado de la costura parisina, la convirtió en una de sus musas. “Alaïa era el mejor. Era un privilegio verle trabajar. Era un escultor. Cortaba y cosía los vestidos encima de tu cuerpo”. Trabajó para todos los grandes: Valentino, Issey Miyake, Gianni Versace. En España hizo los primeros desfiles de Sybilla.
Fue una de las primeras modelos españolas en triunfar internacionalmente en los años ochenta y noventa. En la cúspide de su carrera, conoció al artista y cineasta estadounidense Julian Schnabel, casi 15 años mayor que ella. Se casaron en 1993. Para la boda llevó un vestido de Ralph Lauren y un mantón en homenaje a sus raíces españolas. “Después de casarnos, me fui a vivir a Nueva York con Julian y tuvimos dos hijos, Olmo y Cy. Yo ya no quería viajar tanto, quería dedicarme a los niños. Además, Julian es una persona que requiere mucha atención. Él tenía sus exposiciones y eventos por todo el planeta y era muy difícil compaginar mi carrera con la suya”.
Pasó de musa de Alaïa, uno de los mejores diseñadores de París, a musa de Schnabel, uno de los artistas más cotizados de Nueva York. “No me gusta lo de musa”, aclara. “Yo he sido más colaboradora que musa de Julian. Trabajamos juntos en muchos proyectos durante 17 años: exposiciones, retrospectivas en grandes museos, todas sus películas”. “Se puede decir con bastante seguridad que Antes que anochezca, la película de Schnabel que le valió a Javier Bardem una nominación al Oscar, no podría haber sido posible sin ella”, sentenció The New York Times en 2012.
Olatz siempre supo lidiar con artistas. Su hermano era el reconocido pintor y fotógrafo Alejandro Garmendia. Pero no tardó en volver a la moda. No lo hizo como modelo, sino como diseñadora. En los años noventa, empezó a diseñar pijamas para su marido. “Era la prenda favorita de Julian. Y lo sigue siendo. Como buen artista, le encanta estar cómodo. Le gusta pintar en pijama, así que empecé a hacerlos para él”. A Schnabel le gustaban tanto que iba a todos lados con los pijamas de su mujer: alfombras rojas, bienales de Venecia, galas de los Oscar.

Los diseños de Olatz se pusieron de moda entre la jet set. “De repente, todos querían uno de mis pijamas”. Una de sus primeras clientas fue la actriz francesa Isabelle Huppert, a quien le hizo una bata de terciopelo para una obra de teatro. Luego vinieron Elton John, Madonna, Gianni Versace o Lou Reed. Su lista de compradores famosos es interminable. Poco a poco fue ampliando la oferta con batas y camisones, ropa de cama y de baño. Versace, que era su amigo, le presentó a los fabricantes de telas milaneses con los que trabaja.
Tres décadas después, Schnabel dirige un pequeño emporio de lujo con pijamas de seda de 700 dólares y sábanas de lino hechas en Italia de 800 dólares. También hace encargos a medida. “He dicho que sí a las cosas más locas. A Bruce Weber, por ejemplo, le gustó una de mis batas de mujer rosa, una bata como de toalla, y le hice una igual. A un hijo de Madonna le hice un camisón de mujer. No le digo que no a nadie. Solo digo que no a clientes que se ponen un poco creativos y quieren hacer algo que me chirría”.
En 2010 se separó de Julian Schnabel, pero el artista sigue siendo su mejor cliente. “Julian es el cliente. Él siempre es el cliente”. También siguen siendo amigos. “Hemos sido colaboradores y somos familia”. Sus hijos se dedican al mundo del arte y la creación. Cy tiene una galería en Madrid. “Mira, desde esta ventana se puede ver”, dice, señalando un edificio de fachada pastel donde está el espacio Villa Magdalena. Olmo es director de cine. Debutó en 2023 en el Festival de Venecia con la cinta Pet Shop Days.
Durante la pandemia, Olatz dejó Nueva York. Vivió unos años en Ciudad de México y ahora se ha instalado en Madrid, en un ático amplio y luminoso desde el que se puede ver la plaza de la Armería del Palacio Real y, de fondo, todo el Campo del Moro. “Me apetecía volver a España. En Madrid hay una energía especial, están ocurriendo cosas interesantes”. Ha elegido la capital española para expandir su negocio. Ahora vende a través de internet a todo el mundo. Sus principales mercados son Estados Unidos, el Reino Unido y Australia. “Aunque mis clientes son internacionales y tienen casas en todas partes”, aclara. Lo que más le piden es ropa de cama y, por supuesto, sus lujosos pijamas de seda.

Cuando se pone a diseñar, lo primero en lo que piensa es en la materia prima, la tela: “De ahí viene todo: la comodidad, la elegancia. Si el material no es bueno, la prenda no funciona. Mis clientes se sienten elegantes cuando se van a la cama”. Sus colecciones encajan muy bien con el concepto de “lujo silencioso”, piezas nobles, sin logos ni estridencias, que solo son reconocibles por los entendidos. Esta tendencia, una respuesta al cansancio de la cultura del ruido y de los excesos de la década pasada, se impuso tras la pandemia y no termina de pasar de moda. “¿Lujo silencioso? No había escuchado ese término. Pero soy completamente partidaria del lujo discreto, no me gusta llamar la atención”.
Le gusta tanto la discreción que le cuesta hablar de su amistad con David Bowie, Lou Reed y Caetano Veloso, o de cómo conoció a Cy Twombly, Bernardo Bertolucci y Martin Scorsese. Alguna vez cenó con Gabriel García Márquez y Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna. También compartió un entierro con Lady Di. “Nos conocimos en el funeral de Versace, en Milán. Me impactó mucho su calidez y sencillez. Era una más. Me pareció una mujer increíble”.
En realidad, parece tener una anécdota con todo el mundo: artistas, músicos, actores y actrices de Hollywood, diseñadores de moda, activistas, empresarios y políticos. “Incluso conocí a un personaje que ahora está dando una guerra tremenda”, dice, refiriéndose a un presidente del que no quiere hablar. “Mejor sigamos hablando de Alaïa”. No necesita más que una sonrisa para zanjar el tema. Sin más, la conversación vuelve a donde ella quiere. La belleza arrebatadora resalta a las personas, y a veces las saca de un apuro.

