El taller de Julio Rodríguez ostentaba hasta 2020 el honor —o el pesar— de ser la última botería de Madrid. Nada que ver con el calzado, sino con los tradicionales recipientes elaborados con piel de cabra para conservar líquidos como el aceite y, principalmente, el vino. “Casi todos los días entra alguien preguntando si hacemos botas de vino”, reconoce Verónica Jorge Hernándiz, la violinista valenciana de 45 años que desde hace uno posee las llaves del establecimiento. La respuesta es que no, ya no se hacen botas, pero la duda es comprensible porque la fachada exterior del local apenas ha cambiado desde que el taller se estableció en el barrio de La Latina en 1909, cuando el abuelo de Julio se inició en el oficio como aprendiz. Tras la inesperada muerte del nieto, la botería se quedó sin sucesor. Su hija, Alicia, tardó años en decidir qué hacer con el espacio, hasta que la idea de Verónica la convenció. “Con el tiempo, algún vecino me ha contado que tenían mucho miedo de que Alicia pusiera aquí una lavandería o un piso turístico”, cuenta la nueva inquilina.
Nada de eso. La Botería es ahora una asociación cultural que llevaba años gestándose en la creativa mente de Verónica, pero que ni siquiera ella esperaba materializar. “Me acuerdo de que entramos y estaba todo tal cual lo había dejado Julio. Había una mesa de trabajo enorme. Él tenía aquí como la rebotica y allí vendía las botas y tenía unos cubos para calentar la pez”, señala Verónica: “En este rincón estaba esa silla con la bata y las botas tal cual las dejó”. El local mantiene el nombre, la esencia y gran parte del ajuar con el que trabajaba su anterior propietario, pero también ha cambiado mucho. Ahora, en vez de botas, se hacen simposios, proyecciones, catas, degustaciones, talleres, exposiciones, conciertos, lecturas, podcasts, rodajes… “El viernes se va a leer el texto ganador del concurso de relato corto Calle Relatores, que hemos llamado así en homenaje a la calle donde vivió la madre de Julio. ¿Ves? Me invento cosas y aquí pueden ser realidad”, demuestra sonriente la violinista.
Empezó a darle forma a su idea ella sola, pero enseguida se apuntó la primera socia, su “grandísima amiga” y colega de profesión Seo Perucho. En el sencillo perfil de Instagram de La Botería hay un registro de todos los socios que se van sumando a la iniciativa y en poco más de un año ya han formado una comunidad de 142 personas. Cada uno paga una cuota mensual de cinco euros para apoyar el proyecto y puede aprovechar y aportar al espacio de la forma que quiera. “Se trata de que aquí pueda venir todo el mundo. Ni yo soy Gunilla von Bismarck, ni esto es la élite, ni yo me quiero comprar un chalé en Marbella. Yo quiero tocar el violín, criar a mis peques [es madre de dos hijos] y estar con amigos y pasarlo bien. Y, evidentemente, que no me cueste dinero”, defiende Verónica.

Entre los socios hay muchos músicos y artistas, desde actrices y escultores hasta fotógrafos, escritores, costureras, diseñadores o galeristas. Pero sus puertas están también abiertas a ingenieros aeronáuticos, agentes inmobiliarios, enfermeras, cirujanos o inversores, y a cualquiera que comparta cierta inquietud artístico-cultural, que es la que los une a todos. “De repente hay una lechera, la madre de la primera socia”, menciona Verónica para demostrar la gran diversidad de perfiles. “Aquí se apunta todo el mundo y, de hecho, quiero que esto también tire sin estar yo. Ahora mismo hay como cuatro o cinco llaves”, explica. Los únicos que no son del todo bienvenidos son los perros y los niños, con contadas excepciones. “No por nada, pero no me parece un sitio preparado para ellos”, justifica.
Dice que La Botería genera “cosas muy bonitas” a nivel cultural, pero, sobre todo, a nivel humano. “Es una pasada, flipo cada día. La gente se conoce, intercambia gustos, surgen amistades. Los mensajes que recibo me hacen sentir como cuando tocas en un concierto y la gente te da la enhorabuena, pero multiplicado por 5.000, porque estás haciendo feliz a la gente sin producir nada, con algo que simplemente pasa”, expone. Uno de esos mensajes se lo envió en forma de audio el guionista David Navarro —socio número 130—, que está rodando escenas de su nuevo documental en La Botería. Verónica lo comparte orgullosa. “No sabes de qué va el documental, pero es muy emocional y hay gente que llora, que cuenta cosas muy personales”, comienza David. “La Botería está siendo para mí un lugar íntimo, de diálogo, muy sensible. Es como un lugar a salvo, además agradable, en medio de la ciudad”, resume en el audio. “Yo lloro con estas cosas”, agrega ella al volver a escucharlo.




Verónica insiste en que la agradable atmósfera que se respira entre estas cuatro paredes no es mérito suyo. “¿Qué he hecho? ¿Decorar un local que ya está precioso y que tiene mucha solera? No es nada del otro mundo, lo puede hacer cualquiera”, considera. Igual parece poca cosa, pero cada vez es más difícil encontrar un sitio así de honesto y particular en una época en la que manda lo artificial, lo rápido y lo homogéneo. Disponer —y compartir— de un pequeño oasis ajeno al ajetreo de la ciudad, donde dar rienda suelta a la creatividad o simplemente desconectar, sí puede considerarse algo excepcional. “Sí, pero esto ya estaba, ¿no?”, insiste, “son ellos los que lo hacen especial”.
La valenciana cuenta que, a veces, detenerse a observar con mirada externa lo que ocurre de puertas para dentro es como vivir una experiencia cinematográfica. “Aquí abres la puerta, le das al play, y de repente hay una película de Luis García Berlanga; otras veces, parece una de [Julio] Medem”, confiesa riendo. Es lo que ella llama el concepto “sala de estar”. En La Botería se hacen muchas actividades, pero también se va a no hacer nada, a leer, ensayar o simplemente reunirse, tomar un café y estar. “A la gente le cuesta ir a un no bar, pero muchas veces cuando yo tengo tiempo y no hay nada programado, me piden la llave y aquí se puede hacer cualquier cosa”, propone.

Cualquier cosa, menos fiestas con música alta y mucho ruido. En La Botería se han propuesto honrar a su manera el legado de Julio y su familia, y eso incluye respetar el vecindario que los acogió durante más de un siglo. “Aquí hay gente muy mayor, hay dos señoras que tendrán… yo qué sé, casi 90 años, y me cuentan anécdotas de cuando venían de jóvenes. Son encantadoras, a veces me traen cosas”, comenta Verónica. Reconoce que sí hubo un día en el que los decibelios subieron más de lo habitual. Fue una tarde en la que surgió un concierto improvisado, con piano, violines y dos contrabajos. “Los mejores músicos del país estaban aquí, pero ese día un vecino se molestó”, recuerda. Por suerte, ya es una más de ellos y sabe cómo actuar en estas situaciones: “Le hice un bizcocho y ahí lo arreglé”.

