Las hay de carey —las menos—, de acetato, de teja alta o más baja, cuadradas o redondeadas, hechas a mano o industriales, más o menos buriladas, más o menos brillantes, de color concha, habana o caramelo, modernistas, isabelinas… No son esculturas, sino objetos personales y artesanales que suelen pasar desapercibidos porque se encargan de sujetar la mantilla y realzar el busto de las mujeres que las llevan. Hablamos de las peinas, un ajuar que normalmente se ha atesorado como una reliquia familiar que solía pasar de generación en generación, pero que ahora, con la recuperación de la tradición de vestirse de mantilla el Jueves Santo, se ha convertido en un elemento indispensable que las abuelas o las madres quieren regalar a la joven de la familia que se inicia por primera vez en el ritual de colocarse esta indumentaria. “Es una tradición que se ha recobrado en los últimos años. Cada vez vienen más personas para comprarle una peina a su hija o a su nieta o a preguntar cómo pueden recuperar la que tenían guardada en su casa”, explica Lola González, especialista en peinas de Foronda, la casa sevillana centenaria referente en mantones de manila y mantillas.
La revitalización de la tradición ha hecho que, antes de comprar una nueva peina, muchas mujeres se hayan preocupado por poner en valor el patrimonio familiar y busquen recuperar la que habían heredado de la abuela o la bisabuela y que llevaba arrinconada años en un cajón. Muchas veces, al abrir la caja en la que estaba guardada, han constatado que una púa estaba partida, en el mejor de los casos, o que la teja —la parte alta de la peina que no se sujeta al pelo— estaba deshecha en pedazos. El problema llega cuando constatan que repararlas es complicadísimo, primero porque la recuperación realmente implica un gran trabajo de restauración, pero, ante todo, porque apenas hay especialistas que se dediquen a ello. En Sevilla, Jesús Lozano, un joven de 24 años que estudió Bellas Artes, es de los pocos, si no el único, y ya se ha convertido en un virtuoso de la rehabilitación de peinas de una manera científica y autodidacta.
“Estaba en tercero de carrera y una amiga de la familia que sabía que estaba estudiando Restauración me preguntó si arreglaba peinas”, cuenta Lozano desde su taller, en el barrio de San Julián. Especialista en textiles, se puso a indagar movido por la curiosidad y, por su deformación profesional, abordó la materia “desde la perspectiva del arte contemporáneo”. “La mayoría de las peinas son de acetato, hablando en términos coloquiales, familia del plástico, y lo enfoqué desde este movimiento porque es la disciplina que utiliza este tipo de materiales”.
Lozano desmonta así el primer mito asociado con las peinas. “Es muy recurrente la señora que llega creyendo que su peina es de carey antigua y tienes que decirle que no. El carey es carísimo, es complicadísimo de obtener, con todas las restricciones que existen, así que las que son de este material son contadísimas”, explica. En el tiempo que lleva restaurando peinas, solo se ha encontrado con “unas seis” fabricadas a partir del caparazón de las tortugas marinas. “La mayoría son de acetatos”, puntualiza el restaurador, que apunta a los años treinta y cuarenta como el momento de la expansión de este compuesto, “cuando empieza a proliferar el uso popular de las mantillas”.
El hecho de que sea de acetato no simplifica el problema a la hora de abordar su recuperación, porque en esta tarea entran en juego muchas variables. “Hay distintos materiales dentro de los propios acetatos y no todos reaccionan igual”, advierte Lozano. Empieza aquí una meticulosa indagación científica para dar con los componentes que respondan a la elasticidad o a su estado friable —la mayor tendencia a desmenuzarse o romperse ante la presión—, además de incorporar el veteado en su precisa intensidad de color o saturación y ajustarlo al tono y al brillo del original. “Aunque parezca muy artesanal, este trabajo realmente es muy científico, y conlleva muchísima investigación, como todo lo que rodea a la restauración”, asegura.

Porque la tarea de recuperación que hace este joven profesional es una verdadera obra de restauración. “Los clientes no lo entienden en un principio, pero el mismo trabajo que implica restaurar un cuadro, un tejido, es el que se aplica para restaurar una peina”, puntualiza. Un cometido que se complica cuando hay que reponer la sucesión de filigranas de las tejas, muchas de ellas hechas a mano. Cuando esas piezas que se han desprendido se conservan, el trabajo se asemeja “al de hacer un puzle con trozos diminutos y frágiles”. Si se han perdido —continúa— “hay que partir de una plantilla que se obtiene del burilado que sigue intacto. Luego hay que ir lijando, puliendo la pieza para que case perfectamente con la laguna que hay que reconstruir”. Algo que se hace más difícil si la peina está hecha a mano, porque no son simétricas. A partir de aquí, hay que buscar las imitaciones del acetato que más se aproximen al que se trata de recomponer, buscar una integración con el tono y el brillo original… “Siempre hay algo que se acaba notando, es imposible que añadiendo un material distinto en espacios tan pequeños la integración sea perfecta; la mínima línea de unión se acaba percibiendo por muy bien matizado que esté y en eso hay que educar a las clientas”, indica Lozano.
En esa labor de pedagogía es esencial transmitir que la recuperación de una peina, por la investigación y la meticulosidad que lleva aparejada, encierra un verdadero trabajo de restauración. El tiempo que implica recuperar una peina oscila desde una semana, en el caso de las púas —la parte que se clava en el pelo— o hasta dos meses, si la teja está muy dañada. De media, los trabajos que requieren de más tiempo cuestan unos 200 euros, aunque el precio depende también de toda la preparación y estudio previo.
En todo este proceso se impone, además, el poso sentimental de unas peinas que han pasado de generación en generación y que, en muchos casos, más allá de reliquias emocionales, son objetos que cargan con un importante valor patrimonial. El buen hacer de Lozano se ha extendido gracias al boca a boca y muchas de sus clientas —algunas de fuera de Andalucía— ni siquiera acuden a él para que les restituya la peina, sino simplemente para recuperar la herencia familiar. Foronda también le traslada consultas de compradoras para ver si puede intervenir tanto en las peinas como en mantillas o mantones de manila —que también restaura—; y los anticuarios le envían piezas para garantizar su conservación. En este camino, el joven se ha encontrado con gratas sorpresas que le ayudan a mejorar en la técnica y a profundizar en la historia de su creación, en la ubicación de estilos y dibujos. “Recuerdo la pieza de un particular que me trajo una peina cercana al modernismo con motivos regionalistas, con una fusión de estilos y técnicas completamente distintas. Era digna de estar en un museo de artes y costumbres”, rememora entusiasmado.
El arte de vestir y conservarlas
“La peina es algo muy personal”, recalca González. En Foronda aconsejan cómo comprarla en función de la altura de quien se la vaya a poner, del tipo de mantilla que vaya a llevar o del color del pelo. “Si eres alta, recomendamos una peina con una teja más elevada y al contrario. La mantilla no interfiere, pero si es muy tupida, se prefiere que la peina sea más clarita; si es más transparente, proponemos una peina más trabajada; y también con el color de pelo, si eres morena, que sea un poquito más oscura, y si eres rubia, de tono más claro para que no corte con la línea de la cabeza…”, explica la experta.

En el momento de la colocación y de cara a su conservación, Lozano advierte contra la costumbre de echar mucha laca para que todo quede muy fijado. “Eso es terrorífico, tanto para el tejido de la mantilla como para el acetato de la peina, porque los compuestos químicos no se llevan nada bien con el material y la debilita, crea secreción de las resinas y eso daña su conservación e incrementa la complejidad de la intervención para recuperarla”, apunta.
Por eso es esencial su buen mantenimiento. “Jamás guardarla en una caja de zapatos o ponerle una gomilla, porque una vez que se cierra no vuelve jamás a su ser, porque se curva y se deforma”, explica González. Lozano también elabora cajas con hormas adaptadas a la curvatura de las tejas y con cartón con PH neutro “que evita o reduce la interacción con la acidez de los cartones normales”. En Foronda también aconsejan que se conserven en los moldes en los que ellos las entregan. “Si no tienes, recomendamos meterle por debajo papel de cera”, señala González.
Lozano reconoce que cuando empezó a estudiar Bellas Artes lo último que esperaba era restaurar elementos cotidianos como las peinas. “Siempre piensas en trabajar en el Prado, en las pinturas murales del Vaticano… pero me siento tremendamente afortunado de que llegase un día una mujer con la primera peina para que la tratara de restaurar”, dice. Además de la investigación y de lidiar con piezas artesanales, lo que más gratifica a este joven, y en lo que coincide con González, es en la satisfacción por “la recuperación de la dinámica cultural propia que es la tradición de las mantillas y las peinas, que sigue manteniéndose tremendamente viva”. Y González enfatiza: “La mantilla y la peina son tremendamente favorecedoras”.

