Esta semana se ha inaugurado una exposición muy especial que une la botánica y el arte a través de las obras del Museo del Prado. El lugar es el palacete medieval del CaixaForum de Girona, que imprime una marcada personalidad a las salas, en las que se crean espacios acogedores y coquetos. La propuesta surge de la fructífera colaboración entre la Fundación La Caixa y el Prado, que en el pasado ha generado otras exposiciones tan relevantes como Arte y Mito. Los dioses del Prado o la reciente Rubens y los artistas del Barroco flamenco. En esta ocasión, el título elegido es el de La botánica en el arte. Las plantas en las colecciones del Museo del Prado.
En un recorrido conformado por 53 obras, el visitante podrá descubrir una infinidad de detalles cautivadores con las plantas como las grandes maestras. La muestra está estructurada en cuatro secciones principales que exploran distintos ámbitos en los que aparece esta botánica sugerente: Plantas que cuentan historias, El Prado es un jardín, El gusto por las plantas y Las emociones en el paisaje.
El anhelo de la exposición es el de recuperar un lenguaje perdido, que en siglos anteriores era conocido por las personas que contemplaban las obras, pero el cual ha caído en el olvido para la gran mayoría de los amantes del arte. De esta forma, las plantas servían para una gran variedad de propósitos, como expresar un sentimiento, mostrar el linaje de la casa noble a la que pertenecía el retratado, resumir un ritual mitológico, enseñar alguno de los dogmas de fe de la religión católica… También se pueden rastrear los distintos usos que se les daban a las plantas en otros países, como en el caso de los sauces (Salix spp.), frecuentes protagonistas en los paisajes del norte de Europa. Gracias a estos árboles, y a sus raíces, se contenían las riberas de los arroyos y canales de agua, así como también se construían vallas vivas con ellos o se podaban para conseguir un ramaje fino y flexible con el que tejer cestas de mimbre.

La ceguera vegetal es una constante de la sociedad actual, que no presta la debida atención a las plantas que acompañan a los entornos humanos. Esta falta de interés es todavía más evidente en la contemplación de las obras de arte, una dolencia que esta exposición pretende paliar. Para ello, se sirve de creaciones realizadas en un amplio abanico temporal, desde una escultura del siglo I hasta una pintura de 1910. Asimismo, distintas escuelas encuentran acomodo en este discurso botánico, como la española, la flamenca, la francesa, la italiana… con sorpresas tan agradables como porcelanas inglesas o chinas. Porque este es otro de los puntos fuertes de la muestra, el exhibir piezas menos conocidas de las colecciones del Museo del Prado.

Para conseguir reunir este precioso elenco, desde el Taller de Restauración del museo se ha realizado un encomiable esfuerzo de puesta a punto de un alto porcentaje de las obras, ahora visibles en un estado óptimo. Como el propio Alfonso Palacio, director adjunto de Conservación e Investigación del Prado, manifestó en el día de la apertura, “se trata de una operación de recuperación de patrimonio, con obras impresionantes”.
Otra de las peculiaridades de esta iniciativa es que la gran mayoría de las piezas se muestran emparejadas, para conseguir un diálogo entre ambas que enseñan aspectos complementarios o incluso contrapuestos, con la intención de resaltar la parte educacional. Como ejemplo, el clavel (Dianthus caryophyllus) aparece en dos de estas obras pareadas, en las que añade una simbología antagónica: mientras que en un retrato la flor condensa el sentimiento eterno del amor, en una vánitas a su lado se resume el paso efímero por esta vida.

La intención didáctica de esta propuesta cultural se completa con otras capas de información. Por un lado, cuenta con las hermosas fotos de las plantas al natural realizadas por la artista valenciana Paula Codoñer, unas de propia autoría y otras reinterpretadas. De esta forma, se permite al visitante ver la relación entre la planta en la obra de arte y en la naturaleza, un juego en el que hay que buscar el lugar que cada especie ocupa en el cuadro o escultura, así como ver hasta dónde llega su grado de realismo.
A este aliciente botánico visual se le une el aromático, con cinco estaciones olfativas desarrolladas por la empresa murciana Iberchem, que ofrecen fragancias de plantas que aparecen en el recorrido expositivo, como la del azahar o de la rosa de mayo, con unas esencias realmente cautivadoras. Por último, el sentido del oído también se ve estimulado en una última estancia en la que se recrea el ambiente de un jardín pintado en 1765 por Giovanni Battista Colombo (1717-1793), con el sonido de una fuente o los cantos de mirlos y petirrojos, recreado por el Estudi Carles Mestre. Todo este despliegue está integrado en un delicado y bello diseño de salas llevado a cabo por el equipo de La Creativa, que invita a recorrerlas sin prisa.

Esta exposición y sus obras maestras se podrán visitar hasta el próximo 23 de agosto, pero no será la única oportunidad para verlas, ya que después itinerarán por otras sedes de CaixaForum repartidas por España. Por si no se pudiera acudir, se ha editado un colorido catálogo que recrea la sensación de pasear por la muestra. Para terminar, en una última sala que despide al visitante, se lee un párrafo que ejerce de florido corolario a tanta hermosura: “La brisa desata un murmullo entre las hojas que relata lo innegable: apreciar la botánica en las obras de arte añade un motivo más de disfrute, como cuando se pasea por un jardín, donde todos los sentidos se estimulan al son de las plantas. Esta exposición ha sembrado una primera semilla que germinará y también traerá las primeras flores”.

