
Algo tan inevitable como la vejez aparece inesperadamente. Como si una de las pocas certezas con las que contamos, el envejecimiento de alguien muy cercano, resultase una sorpresa desagradable. Juana, de 47 años, se apuntó a crossfit poco después de descubrir que su madre ya no era capaz de valerse por sí misma. “Necesitaba hacer algo que me dejase la mente en blanco durante un rato, antes de ir a cuidarla”. Paula, de 42, está deseando ir a trabajar después de acompañar a su padre durante sus largas estancias hospitalarias. Y Miguel Ángel, de 63, lleva más de una década acudiendo a diario a una residencia a unos cincuenta kilómetros de su casa para visitar a su madre, que supera los 100 años. Bromea diciendo que cualquier día él también se quedará allí.

