La carretera que serpentea hacia Deià tiene algo de descompresor psicogeográfico. A un lado, la severidad vertical de la sierra de Tramuntana, las nubes bajas nublando la cima; al otro, el Mediterráneo cegado por la blanca luz del sol. Sí, se trata del mismo territorio que la opulencia global ha convertido en postal de postureo rústico, colonizando los viejos oficios mallorquines y transformando la piedra en fetiche para fortunas nómadas. Esa inercia del consumo voraz se interrumpe sin embargo nada más pisar Son Rullán. Ni rastro aquí del minimalismo clínico ni del horror vacui que satura las páginas del interiorismo burgués contemporáneo. Lo que emerge encaramado a un risco con vistas infinitas es una estructura que vibra con la mística severa de un monasterio y la fluidez de un taller textil. Tal es el lugar que habita Sybilla Sorondo (Nueva York, 62 años), la creadora que desdeñó los ritmos histéricos de las capitales de la moda para someterse a una disciplina mucho más exigente: la de un espacio vivo que rechaza ser modelado como si fuera tela.

