En 2018, Melania Trump realizó un viaje por varios países africanos —Kenia y Egipto entre otros— para limar asperezas por las declaraciones de su marido del año anterior. Según se rumoreaba, Donald Trump consideraba que estaban en una zona “de mierda”. En su visita, la primera dama recibió fuertes críticas durante un safari por vestir un salacot, prenda indisociable de la imagen tópica del viajero por África, pero también una reminiscencia a la indumentaria de exploradores y soldados coloniales europeos de finales del siglo XIX y principios del XX. En Egipto, conociendo el paisaje de las pirámides, eligió un panamá. No le fue mejor. Se le acusaba de insinuar una superioridad blanca con su indumentaria. Melania Trump reclamó a los medios que deberían fijarse más en lo que hacía —ir a colegios, acercarse a la cultura local— y no en lo que se ponía.
La anécdota, aunque reciente en el tiempo, sirve para condensar el tema del nuevo ensayo de la profesora y periodista Ana Velasco Molpeceres (Valladolid, 1991). Moda y política. Las apariencias del poder (Catarata ediciones), publicado a finales de marzo, es una avanzada más en su labor de investigación en torno al espacio de la moda y sus implicaciones históricas y sociales.
“La moda ha sido el lenguaje político más despreciado y perseguido […] También el más explícito y admirado. […] La legitimidad necesita escenografía. El poder, antes de dictar leyes, construye imágenes. Y la primera de ellas es el cuerpo vestido”, dice en la primera página. Así, el libro se embarca en la recapitulación pormenorizada a lo largo de milenios, desde el imperio persa (550-330 a.C.) hasta las actitudes que pueden encontrarse en el mandato de los actuales Estados Unidos. Allí donde una civilización establecía sus rangos de autoridad y dominio, la moda formaba parte de ellos. Se ponía especial interés en su acatamiento y en el castigo por la desobediencia. El color púrpura de las togas y ornamentos, extraído de los moluscos murex brandaris, se eligió como propio de quienes gobernaban, ya fueran hebreos, romanos o cardenales medievales; unos por distintivo que honrase a los caídos en las batallas y otros por norma en sus oficios religiosos. En la Antigüedad, toda prenda y su tonalidad debían traducir una veneración, cuando no una sumisión.

Es de interés comprobar la transición y aplicación que efectuaron diversas vestimentas y colores representativos de las mismas a lo largo de los siglos. El blanco y malva en las joyas y piezas textiles de las sufragistas, a finales del siglo XIX. El morado republicano en la bandera española (1931-1939) y su herencia en el partido Podemos (desde 2014). Todos ellos, apropiados con fines democráticos de los colores que habían sido emblema de privilegiados y jerarquías, desde época romana hasta el Renacimiento. El cabello largo femenino y los velos que lo cubrían, una amenaza para el cristianismo entre los siglos II y IV, hasta el corte a lo garçon a inicios el siglo XX y la desaparición de los sombreros por las referencias del imaginario cinematográfico —Louise Brooks, especialmente—. En la Rusia revolucionaria, la adhesión de artistas y diseñadoras —Aleksandra Ekster, Nadezhda Lamanova o Alla Levashova—, algunas depuradas previamente por su contacto zarista, que ayudaron a componer el ideal de moda proletario “con diseños abstractos, patrones de formas geométricas, […] caída natural y mangas anchas”, afín a la visión del arte productivista. También el inevitable acercamiento a las modas occidentales en plena Guerra Fría, con la importación de patrones de Yves Saint Laurent o Christian Dior, con desiguales resultados a pesar de los esfuerzos de Levashova, quien dirigió la SKhKB (Oficina Especial de Diseño Artístico e Industrial) del Ministerio de Industria Ligera. Un cierto aperturismo final se vio con el mandato de Slava Zaitsev, jefe de la Casa de Moda de la Unión Soviética, entre 1965 y 1978, apodado en la década de los ochenta como el “Dior rojo”.
Los detalles hicieron la diferencia. Los complementos situaban a los mandatarios y sus acólitos ante la mirada de los súbditos. La capa cubierta de monedas (reales) del Conde de Villamediana y el lema “Son mis amores” en referencia al lujo y el juego extendidos por la corte española del siglo XVII. El colgante enjoyado del corsario Drake, entregado por la reina Elisabeth I, reconociendo sus servicios a la corona inglesa. Los gorros frigios y las escarapelas tricolor de los Miembros de la Comuna francesa (1793-1794). Las camisas rojas, azules, negras y pardas de las milicias del libertador Garibaldi, la Falange Española, y las juventudes de los partidos Fascista italiano y Nazi alemán, respectivamente. La gorra trumpista con el eslogan Make America Great Again, reciclada del mandato de Ronald Reagan…

La vastedad de elementos, desde pines electorales, vestidos de Chanel —ineludible en Jacqueline Kennedy, confeccionado por la casa neoyorquina Chez Ninon—, hasta las gafas de sol lucidas por presidentes —las Ray-Ban Caravan de Pedro Sánchez en el interior del Falcon—, desfilan por las páginas del ensayo visibilizando la delicada línea que separa el clasismo de la integración, lo elegante de lo puramente ambicioso. La moda estructura el sentido de lo que se pretende dirigir o transgredir, además de su inagotable capacidad de emancipación y cambio. No es poco. Mejor estar presentable para cada ocasión.

