En Pequeños delitos abominables (2010, Ediciones B), un manual agudo, irreverente y lúcido sobre buena educación, la editora Esther Tusquets describe un inventario de conductas y situaciones que se abrochan con una útil propuesta de decálogo. El mandamiento número 10 dice así: “Digan lo que digan los moralistas, la ética no lo es todo. También la estética desempeña un papel importante. Huid en lo posible de la fealdad (…) que nos acosa y ¡llenad vuestra vida de belleza!”. Entre lo bello, lo protocolario y lo elegante, se configura una manera de vivir con una puesta en escena en la que destaca una estética rotunda que evita lo cursi y deslumbra con aparente ligereza. El buen gusto adquirido no siempre es una cuestión de dinero, sino el resultado de haber visto y aprendido elecciones y combinaciones posibles entorno a la apariencia; también refleja las normas y buenas formas que puedan aplicarse en la vida en general y en una velada gastronómica en particular.

