Alba, de 27 años, quedó hace tres meses por última vez con una de sus amigas de toda la vida. Cenaron y ella pagó la cuenta de las dos. Nunca recibió el dinero de vuelta. No era la primera vez que su amiga no le pagaba, pero sí tenía claro que esa sería la última. “Con la excusa de que me lo pagaba después, ha acabado debiéndome bastante dinero y yo, por vergüenza, no le he insistido para que me lo pague nunca”, explica. En un caso como el suyo, ¿pesa más la amistad, el dinero o la sinceridad? La reiteración y el aumento constante de esa deuda monetaria acabaron repercutiendo en su relación. “Un día le dije que no quería perder su amistad, pero que mantenerla me estaba costando un desembolso extra del que ella no se estaba preocupando. Seguimos hablando, pero no hemos vuelto a vernos; tampoco me insistió en devolverme lo que le había pagado”, recuerda.
Vernos en la obligación de reclamar una deuda resulta una situación costosa para cualquiera, especialmente si la otra persona no nos da información sobre cuándo nos devolverá el dinero o no saca el tema, según explica Lucía Camín, psicóloga clínica y directora de Alcea Psicología. “Nos deja un poco en una tesitura de tener que ser nosotros quienes tengamos que tomar la iniciativa para resolver la situación, y eso no es agradable”, comenta. Por muy legítima que sea una demanda, siempre es incómodo tener que reclamar algo, pero más para aquellos que tienen “una dificultad especial a la hora de abordar los conflictos y tienden más bien a ignorarlos o evitarlos”, sostiene Camín.
Esta reclamación no solo es una gestión económica de nuestras finanzas. “Es también una gestión emocional propia y de la relación que se mantiene con esa persona a la que has prestado el dinero. No es tanto por el valor de ese dinero, sino por el conflicto que se puede desatar con la otra persona y con la vulneración de la autoimagen como una persona generosa, amable, comprensiva o discreta”, argumenta David López, psiquiatra y director de menteAmente. Esta deuda puede ser de pequeñas cantidades, pero tener un valor emocional mucho mayor para la persona que ha dejado prestado: “El acreedor se da cuenta de que no solo está en juego el valor del dinero prestado, sino que también lo están el vínculo con esa persona, la armonía del grupo al que pertenezcan y la imagen que puedan tener de sí mismos. Uno se puede llegar a plantear: ¿Qué vale más, nuestra amistad o el dinero que le he dejado? La presión está puesta en el acreedor, cuando debería estar en el deudor”, subraya López.
Evitar el conflicto con el deudor solo “desplaza el sufrimiento hacia dentro en forma de ansiedad, rumiación y resentimiento”, explica el psiquiatra, que añade: “Hemos aprendido a callar y a adaptarnos al entorno antes que a comunicarnos asertivamente cuando necesitamos algo”. Eso es, precisamente, lo que le ocurrió a Alba. “Después de aquella conversación no ha vuelto a salir el tema del dinero. Le pagaba las cenas porque ella no tenía trabajo y a mí no me importaba recibir el dinero unos días más tarde. El problema llegó cuando empezó a trabajar y tampoco saldó nuestra deuda. Ni siquiera una parte”, recuerda.

Así que no solo se trata de una pérdida de una cantidad de dinero, también entra en juego el factor emocional que puede llegar a determinar lo que ocurrirá con esa relación. “La persona ha experimentado una pérdida de sus recursos, lo cual es importante, pero más importante aún es sentir la pérdida de confianza, porque el dinero se convierte en un símbolo de amistad”, defiende la psicóloga. Por mucho que se quiera, es un gesto que no se olvida de manera sencilla: “La deuda queda como una cuenta emocional abierta. No se recuerda solo el dinero, se recuerda el gesto, la confianza, el momento en que se ayudó, incluso el esfuerzo personal que supuso. Esto no se olvida”, explica López.
En ese conflicto interno aparecen todas las emociones posibles: “El enfado: ‘Me parece fatal, yo también lo necesito’; la culpa, por no atrevernos a pedirlo; la vergüenza, que es la emoción que sentimos cuando anticipamos o sabemos que alguien piensa mal de nosotros; o el miedo a que la persona se enfade con nosotros, que la relación se deteriore o incluso se rompa”, explica Camín. Según la psicóloga, “ganan la batalla la vergüenza y el miedo. Preferimos sostener nuestro enfado o incomodidad frente a la posibilidad de que piensen mal de nosotros o estropear o perder la relación. Además, siempre está la esperanza de que el otro tome, tarde o temprano, la iniciativa y nos lo devuelva”.
Ambos expertos recomiendan poner una fecha máxima para la resolución de esa deuda, sea de la cantidad que sea, antes de aceptar ese préstamo o pago. “Recordar que te deben dinero es incómodo, puede causar vergüenza y uno se puede sentir inapropiado. Sucede principalmente cuando el préstamo se hizo sin concretar cómo y cuándo se devolvería”, subraya López.

Pero, ¿se trata de un olvido involuntario o premeditado? “Obliga a reconocer que hay algo pendiente, que no se ha cumplido o que se depende del otro. La mente humana tiene una gran capacidad para apartar, minimizar o postergar aquello que daña la propia imagen. Por eso, a veces no hay un olvido inocente, sino un olvido defensivo”, puntualiza el psiquiatra. Cuando la otra parte, ya sea amigo, familiar o conocido, decide ignorar y pasar por alto esa situación, es cuando empiezan los problemas. Esa deuda acaba simbolizando el “resentimiento acumulado, la ausencia de agradecimiento y la vivencia de abuso o desigualdad mantenida”.
Entonces, ¿cómo se enfrenta uno a la situación de pedir el dinero de vuelta? “Es importante ser asertivo en la comunicación, lo cual implica preguntar sobre el asunto amable, directa y concretamente: ‘¿Recuerdas que te dejé este dinero en esta fecha? Me gustaría saber cuándo podrías devolvérmelo’. Por supuesto, evitando a toda costa el reproche, ya que generaría una tensión innecesaria en la conversación”, aconseja la psicóloga. Por su parte, el psiquiatra especifica que es mejor tratar de solventar el problema antes de que sea demasiado tarde: “Este suele aparecer cuando se espera demasiado. Llegado el momento, uno ya está cargado de malestar y no puede expresarse con asertividad. El mensaje debe ser una reclamación serena en lugar de una descarga de resentimiento acumulado”.

