Matthieu Blazy saca del bolsillo de sus pantalones un folio y comienza a leer “Chanel es una oruga y una mariposa. Necesitamos vestidos pegados a la tierra y vestidos que vuelen, porque la mariposa no va al mercado pero la oruga tampoco va al baile”. Se trata de una entrevista a Coco Chanel en Le Figaro publicada en los años cincuenta. “Al leerla, pensé, ahí está: función y ficción. Eso es Chanel, contiene esa paradoja”, explica Blazy a un reducido grupo de periodistas tras su desfile de otoño. “De hecho, una vez le preguntaron cuál era su color favorito, esperando que contestara que el negro, pero de repente dijo: a mí lo que me gustan son las cosas iridiscentes. Así que pensé… habrá que hacer estos contrastes, eso es Chanel”, dice.
Durante décadas, las colecciones de Chanel se han explicado a partir de episodios de su biografía: dónde estuvo o con quién, cómo era su apartamento o qué lugares había visitado. Karl Lagerfeld primero y Virginie Viard después daban así una nueva vida, una mirada contemporánea, a la marca más personalista que existe. La única que firma que supo crear una especie de uniforme que no ha pasado de moda en más de cien años, porque la revolución de Coco Chanel (la de concebir una mujer activa y rebelde en tiempos en los que su papel era todo lo contrario) fue mucho más social que meramente estética. Con Blazy, que llegó a la casa hace un año y medio y debutó el pasado septiembre, es la primera vez que no se necesita hablar de la vida de Chanel, sino de su forma de ver la moda y aproximarse a los materiales. El diseñador cuenta que le encanta abrir y cortar prendas antiguas para ver cómo estaban hechas, y rehacerlas desde el esqueleto: “Hay una especie de gramática en la trama de las chaquetas. Y en los forros. A Chanel le encantaba hacer forros, y tenían la misma calidad y la misma importancia que el exterior”, explica. Así que ahora esos forros se han convertido, por ejemplo, en blusas, y el patrón de algunas chaquetas le ha servido para crear prendas de exterior de distintos materiales, del algodón a los tejidos técnicos y de la lana a la seda iridiscente.

Dos días antes de que Blazy presentara esta segunda colección, la primera llegaba a las tiendas. Lo cierto es que tras ver la deriva que estaba tomando la marca en aquel debut, un Chanel más confortable y ligero, pero también más colorista y atrevido que el de sus predecesores, muchos se preguntaron si la clienta de toda la vida iba a reaccionar positivamente al cambio. En un fin de semana, muchos modelos de bolsos y algunas prendas ya estaban agotadas y, al menos en París, las colas para entrar en las boutiques casi daban la vuelta a la manzana.

Blazy repite varias veces que está feliz, y sonríe mientras explica que concibe las colecciones “como una continuación. Esta segunda es una respuesta a la primera, me gusta establecer una especie de diálogo con lo anterior”. Y, mientras relata con entusiasmo cómo concibió casi cada uno de los más de setenta looks del desfile, repite varias veces la palabra movimiento. “Todo es movimiento, es el punto de partida, el movimiento”, dice. En sus años en Bottega Veneta su trabajo fue uno de los más aclamados precisamente porque era capaz de lograr que algunas prendas flotarán al caminar. También porque consiguió jugar al trampantojo de forma magistral, con punto que parecía cuero, y viceversa o con algodones tratados para simular el pelo. “Aquí también hay trampantojo”, comenta. Y señala dos diseños estampados e iridiscentes. “Una periodista hablando del número cinco lo describió como ‘la impresión de una flor’. No el olor a una flor sino la idea de una flor, algo así como un cuadro impresionista, que no es la realidad sino la idea de esa realidad, así que quise jugar con esa visión en la que los estampados y la luz son casi como visiones propias más que copias de la realidad”, cuenta.

Blazy es de esos pocos diseñadores que es capaz de lo más sencillo y de lo más complejo. El desfile, de hecho, lo abría un traje de Chanel convertido en una sudadera con cremallera. “Es la idea de la función pura, no lo puedes reducir más”, dice. Lo cerraba un sencillo vestido negro drapeado. “Sin ningún tipo de adorno superfluo, es como cerrar el círculo. Oruga, mariposa y vuelta a la oruga”. En medio, un despliegue técnico y estético en el que cabe absolutamente de todo. “Trajes, trajes, trajes, en todas sus vertientes”, cuenta. También vestidos de apariencia lencera y otros con la cintura muy baja adornada con un cinturón, un guiño a los vestidos de las flappers de los años veinte y por supuesto a la propia Chanel, que fue flapper a su manera. “En sus primeros años cogía un suéter masculino enorme y se ponía un cinturón en la cadera. Ese gesto me parece magistral y liberador”, explica Blazy. Se nota que se divierte, y mucho, explorando el enorme archivo de la casa. Para un obseso de los materiales como él, la firma francesa le permite jugar de la manera diametralmente opuesta a como lo hacía en Bottega Veneta. Aquí no hace que lo caro y exclusivo, el cuero y la seda, parezcan algodón o punto. Aquí logra que tejidos como el algodón y el punto parezcan caros y exclusivos. “Porque a diferencia de Balenciaga, Chanel no necesitaba materias primas carisimas para diseñar. Ella empezó trabajando con materiales humildes, le gustaba de hecho que fueran telas populares, porque en sus inicios se rodeaba de gente que las vestía”, explica. “Era una mujer que hacía alta costura con prendas deportivas”, dice con entusiasmo. “Además, ella ya hacía trajes con piezas separadas y combinables entre sí treinta años antes de Yves Saint Laurent. Por eso aquí hay tantísimos trajes con distintas piezas, porque ese es el día a día, pero antes era una cosa muy pionera”, añade.

Era muy difícil, casi imposible, que Chanel cambiara para seguir siendo Chanel. La casa necesitaba aires nuevos, frescura y comodidad. También desencorsetamiento para seguir siendo fiel de verdad a la actitud libre y desprejuiciada de su fundadora. Pero Chanel es una casa en la que es fácil traspasar ciertas líneas rojas y, de repente, con un pequeño detalle o un gesto mínimo, convertirla en otra cosa. Blazy ha logrado un complicado equilibrio, no franquear ciertos límites pero a la vez cambiar su posición y su estructura: con sus diseños ingeniosos y practicables, su aprecio por el legado, su casting de modelos de edades, rostros y apariencias diversas que apela a la normalidad y sus campañas optimistas. El público que asistió al desfile pasaba del gesto de asombro a la sonrisa de forma intermitente. Es el único diseñador actual que ha conseguido la unanimidad de crítica, público y clientela. “Me hace feliz trabajar aquí”, comenta tímido al final del encuentro. Se nota.

