Ha llegado el momento de suspirar al son de las flores de las espíreas de Van Houtte (Spiraea × vanhouttei). Este arbusto de nombre aristocrático se clasificó por primera vez allá por 1876, como señala la web de los Kew Gardens, en honor del viverista belga Louis Benoit van Houtte (1810-1876). Se podría decir que es una planta pasada de moda, frecuente en los jardines de trazado paisajista, aquellos de caminos curvilíneos y vericuetos románticos, con praderas en las que crecía esta espírea acompañada de otras arbustivas de flor, como los aromáticos celindos (Philadelphus coronarius).
A pesar de que alguien la vea perteneciente a otra época, sus ramas largas y arqueadas no entienden de los gustos humanos, y todavía se pueblan con florecitas blancas de cinco pétalos y centros amarillos, en un alarde de delicadeza. Sus mazos de flores se reúnen en umbelas, que a su vez se asientan sobre delgadas ramillas que brotan del suelo como si fueran chorros de una fuente barroca.
La espírea de Van Houtte es un híbrido que surge de la mezcla genética de dos especies asiáticas: la popular corona de novia (Spiraea cantoniensis) y la espírea de hojas trilobuladas (Spiraea trilobata). De hecho, la primera especie es tan corriente que es posible que, si estos días se localiza algún ejemplar de espírea en flor, se trate de una corona de novia, que posee hojas más alargadas que la espírea híbrida. En cambio, las de esta última son más cortas y anchas, con tendencia a generar pequeños lóbulos en la punta de la hoja.

La espírea de Van Houtte luce mejor aislada, para apreciar la elegancia de su porte combado. Aunque su momento álgido es justo entre marzo y abril, con su exquisita floración, el otoño también le reclamará un tributo tonal antes de quedarse con sus ramas desnudas. La espírea, obediente al mandato que dicta la disminución tanto de horas de luz como de la temperatura, teñirá entonces sus hojas de amarillos, anaranjados e incluso de púrpuras, dependiendo de la vitalidad e insolación que tenga el arbusto: cuanto mayor sea la luz bajo la que crezca, más variada será la paleta de color.

Para mantener la fuerza de esta vigorosa espírea, es habitual cortar a ras de suelo aquellas ramas más envejecidas justo después de la floración, para que nuevos brotes desde el suelo rejuvenezcan la planta, cual ave fénix. Más allá de este cuidado anual, su cultivo es muy sencillo, porque resiste tanto temperaturas gélidas invernales como la chicharrera veraniega, siempre y cuando no le falte humedad en sus raíces para sobrevivir a este último extremo. Será a pleno sol donde genere mayor floración, aunque no es raro verla en sitios algo más sombreados.
Reproducir esta rosácea —de la familia de las rosas (Rosa spp.), de la fresa (Fragaria vesca) y del manzano (Malus domestica)— es sencillo a través de esquejes. Un momento idóneo para hacerlos es después de la floración, entre junio y julio, cuando los tejidos de la punta de los tallos han endurecido algo, pero sin ser leñosos del todo.

Aunque ya se ha mencionado que lo más habitual es verla crecer aislada, o incluso en pequeñas masas de unos pocos ejemplares, en otros países es común verla integrada en setos mixtos en forma libre. Estas barreras vegetales son un potente aliciente estético en los jardines, compuestas por diferentes arbustivas que generan una franja llena de contrastes. En consecuencia, se mezclan espíreas, fotinias (Photinia spp.), eleagnos (Elaeagnus spp.), forsitias (Forsythia spp.), aligustres (Ligustrum spp.), viburnos (Viburnum spp.)… El resultado es fascinante, al convivir especies caducas con otras perennes, además de arbustivas de flor con otras cultivadas por un follaje atractivo.
El grupo de las espíreas es más amplio de lo visto en estas líneas, y se disfrutan de otras especies y cultivares de flores rosadas y purpúreas, como la espírea japonesa rosada (Spiraea japonica ‘Anthony Waterer’), otro regalo para la vista. En todo este género de plantas, muchas pequeñas flores se juntan para crear un gran efecto.

