A finales de diciembre, muchas personas maquinan nuevos propósitos para cumplir desde el primer día de enero y del año. Cuando al reloj de arena anual le quedan pocos granos para vaciar su parte superior, muchos analizan cuáles son sus carencias o excesos, y piensan cómo equilibrarlos: aprender un nuevo idioma, hacer más deporte, reducir o eliminar vicios… Sin embargo, cuando se van sucediendo las semanas, esos objetivos van quedando en el olvido por compromisos del día a día, por pereza o por nacer de una ambición desmedida.
“Primero hay que saber de dónde sale esa decisión. Muchos de esos propósitos vienen de un pico emocional, más que de una decisión consciente. Ese pico en un primer momento nos va a impulsar y a generar toda la dopamina que nos hace coger las cosas con mucha motivación”, explica Aurora López, psicóloga sanitaria y directora del centro Más Vida, en Málaga. “Pero esta dopamina no se mantiene en todo el proceso que se tarda en instaurar el hábito. Muchas veces confundimos las ganas de empezar un hábito con estar preparados y tener una estrategia real para que continúe a largo plazo”, añade.
Otros de los factores que hacen desistir de los propósitos de Año Nuevo son la impulsividad o falta de autocontrol, o la autoexigencia y el perfeccionismo: “Hay que tener en cuenta que instaurar un hábito y el proceso de llegar hasta allí no es una cosa lineal. Va a haber mucha recaída y retroceso, y hay que ajustarlos. Además, muchas veces estamos un poco disociados de nuestro yo real, y nos imaginamos un yo ideal en el que el perfeccionismo ocupa un lugar demasiado importante”, destaca la experta.
Una investigación de 2024 de la Universidad de Adelaida (Australia) destacaba que se incumplirán alrededor de un 91 % de los intentos de revertir malos hábitos sin pausa ni plan a finales de enero. “Abandonar los propósitos de Año Nuevo en pocas semanas es algo común porque los planteamos y sabemos que debemos hacerlo, pero no tenemos del todo integrada la idea de cuándo y cómo lo vamos a llevar a cabo”, expone la psicóloga sanitaria Laia Ugarte, también autora del libro Cómo dejar de dar vueltas a todo. “Con el tiempo, acaban cayendo porque no hay una motivación real de fondo. El día a día nos arrasa un poco y el propósito se cae por el camino”, advierte.

Uno de los métodos para evitar dejar de lado los propósitos es no tratar de hacerlo todo de golpe, sino ponerse objetivos a corto plazo: “Cuando haces un esfuerzo para ir al gimnasio o apuntarte a inglés, se puede generar una frustración. Es importante saber cuáles son las recompensas más inmediatas, aunque sean de pequeño nivel. Si solo es a largo plazo, se agota el sistema de dopamina y la motivación va a bajar mucho”, indica López. A todo esto, añade que “tampoco hacemos un plan de emergencia para cuando no se esté motivado o descansado. ¿Cuál será mi plan en ese caso para no perder el hábito?“.
Una encuesta de YouGov de 2025 indica que ejercitarse más (25% de los encuestados), ser feliz (23%), comer más sano (22%) y ahorrar más (21%) son los principales propósitos de Año Nuevo entre los estadounidenses. “Llevo varios años intentando ponerme en forma. Haciendo ejercicio en casa, saliendo a correr o incluso pagando mensualmente un gimnasio, pero en febrero comenzaba a dejar de hacerlo semanalmente y cuando llegaba marzo ya hacía tiempo que lo había dejado. Todo era ponerme en forma”, comenta Sara, una mujer de 27 años. “Pero desde enero de este año voy por objetivos a corto plazo, como por ejemplo correr tantos minutos seguidos un día o hacer tantas repeticiones de pesas dentro de unas semanas”, explica.

Según un estudio en la revista Management Science, los propósitos de Año Nuevo están impulsados por un fenómeno psicológico conocido como Fresh Start Effect o efecto de nuevo comienzo, por el que las personas muestran una mayor predisposición a iniciar cambios después de fechas señaladas, como también lo son un cumpleaños o el comienzo de una temporada académica o deportiva. Sin embargo, la motivación inicial no es duradera y acaba disminuyendo. “Pensar en comenzar a cumplir propósitos en fechas señaladas es porque socialmente estamos acostumbrados. Son fechas con un impacto y, que si te pones a revisar el año, haces autocrítica o te comparas contigo mismo”, indica Ugarte.
¿Cómo se va generando la frustración que provoca que se dejen de lado los objetivos que habían comenzado con mucha motivación? “Parece que hay una lucha contra nosotros mismos, pero tendría que ser algo más desde la curiosidad, al probarnos o divertirnos. Parece que tengo que llegar a tal hito de tal manera, y ya está. No es solo eso o nada. La frustración aparece por la rigidez de que, como no lo he hecho como quería, ya no vale”, apunta Ugarte. Para Sara, esta situación le es familiar: “A finales de año, estaba casi una semana haciendo la estructura mes a mes de lo que iba a hacer: correr tres días, hacer ejercicio dos, así todas las semanas. Aunque sí que es verdad que al principio, cuando me podía la pereza o tenía otros planes, intentaba retomar mi idea. Pero al final había más días que no hacía nada que los que sí seguía mi estructura, y lo acababa dejando casi sin darme cuenta. Así todos los años, aunque intentaba aprender de los fallos del anterior”.
Para intentar mantener la motivación, y que los propósitos no desaparezcan a lo largo de enero o febrero, ambas expertas ofrecen algunos consejos. “Hay que buscar una manera que sea nuestra de hacer los propósitos. No todos podemos hacerlo de la misma forma. Y también es muy importante la flexibilidad y que los objetivos sean progresivos y tengan un sentido emocional”, afirma Ugarte. Para López, es fundamental que los objetivos sean algo que se pueda medir: “Por ejemplo, en el gimnasio, no es lo mismo decir: ‘En enero empiezo’, que decir: ‘En enero iré lunes, miércoles y viernes a las 10”. Además, incide en la importancia de que los propósitos tengan un margen de error, flexibilidad o incluso no cumplimiento: “Es mejor proponer un propósito al 80% y dejar un margen de fallo del 20% que planteárselo a un todo o nada”.

